Capítulo 28
El lunes por la tarde, después de la reunión que había durado exactamente el tiempo de la agenda y había terminado sin el minuto extra que se había vuelto habitual, Mara se quedó sola en la sala. Y se quedó ahí.
No con documentos. Solo se quedó.
Era el tipo de cosa que ella no hacía. Había construido un modo de funcionar que no dejaba espacio para quedarse quieta sin propósito; siempre había un siguiente punto, la siguiente llamada, la siguiente planilla que necesitaba revisión antes de que terminara el día.
Ese modo de funcionar había sido útil en los primeros dos años después de la muerte de su padre, cuando detenerse significaba sentir el tamaño de lo que había quedado a medias, y sentir ese tamaño hacía más difícil seguir adelante.
Ahora había una razón distinta para no detenerse.
La razón tenía el nombre que ella todavía no había dicho en voz alta.
La reunión había sido correcta. Vitor había llegado a tiempo, había presentado los ajustes del Norte con la precisión de siempre, había respondido cada punto con la atención de quien se había preparado antes de llegar.
Ella había respondido de la misma forma.
Los dos habían trabajado con la eficiencia de los meses de acuerdo: el idioma que habían desarrollado, los atajos, el ritmo que ya no necesitaba instrucción porque estaba incorporado.
Y a lo largo de toda la reunión había estado presente la conciencia del café del sábado, de la revisión del miércoles, del sí que había llegado antes que el filtro, y de la nota de su padre con la letra inclinada, y de todo eso junto formando un peso que ella cargaba dentro de la forma profesional, como si la forma profesional pudiera contener el peso indefinidamente.
No podía.
Ella lo sabía. Había gestionado demasiadas cosas durante demasiado tiempo como para no saber cuándo la gestión había llegado a su límite.
El celular estaba sobre la mesa. Había un mensaje del comprador potencial de la empresa: Paulo Elman, que había enviado su propuesta tres meses atrás y había respetado el pedido de tiempo con la paciencia de quien sabía que presionar costaba más que esperar.
El mensaje era simple: Cuando hayas definido tu posición, estoy disponible para conversar.
Ella había abierto el mensaje a las diez de la mañana y no había respondido.
Se quedó mirándolo ahora.
Abrió la laptop.
No para responderle a Elman. Para hacer lo que hacía cuando necesitaba pensar y no podía pensar quieta: trabajar en otra cosa mientras el pensamiento que no cabía en el trabajo se organizaba por debajo.
Abrió la planilla de margen del tercer trimestre.
Se quedó mirando los números. Los números eran buenos; mejores que el segundo trimestre, mejores que cualquier proyección que hubiera hecho a principios de año.
La alianza con Monteiro había hecho lo que había prometido hacer: crear espacio para un crecimiento que ella no habría alcanzado sola en el plazo en que lo había alcanzado.
Eso también era información.
A las cinco y cuarenta, Marina tocó la puerta.
—Mara, Elman llamó a la oficina. Quiso dejar un recado —dijo ella, con el cuidado de quien sabía que el nombre tenía peso—. Dijo que no es presión, que puedes llamar cuando quieras, pero que hay una ventana de decisión que se cierra a fin de mes.
Fin de mes.
Diez días.
—Gracias, Marina. Puedes irte.
Marina se fue. Mara se quedó mirando la planilla con los buenos números del tercer trimestre y la ventana de decisión de diez días y la nota manuscrita de su padre en la carpeta digitalizada del sistema y el sí de Vitor que había llegado antes del filtro una mañana de sábado en un café de la calle Augusta.
Había algo que necesitaba decidir que ya no podía seguir postergándose.
El problema era que las dos decisiones —la empresa, el resto— estaban entrelazadas de una forma que ella no había planeado que estuvieran, y separar una de la otra exigía primero saber qué quería de cada una por separado, y ella todavía no lo sabía de ninguna de las dos.
Cerró la laptop.
Tomó el celular. Abrió, no el contacto de Elman, sino el de Camila.
¿Estás libre esta semana para un café?
La respuesta llegó en dos minutos: Mañana a las diez. ¿El lugar de siempre?
El lugar de siempre, confirmó ella.
Dejó el celular. Se quedó mirando la ventana de la sala: la zona industrial afuera, el galpón de atrás que había sido vendido en el segundo año de la crisis, el espacio vacío donde había estado, que ahora era el estacionamiento de una empresa de logística que lo había alquilado después.
Había vendido el galpón en el segundo año porque era el sacrificio correcto para salvar el resto.
A veces la salida correcta costaba algo que no querías perder.
El problema era distinguir cuándo el costo era el precio de la elección correcta y cuándo era señal de que la elección estaba equivocada.
Ella todavía no lo sabía.
Pero había, por primera vez en semanas, la conciencia de que necesitaba dejar de gestionar la pregunta y empezar a responderla.
Antes del lunes. Antes de otra reunión con agenda puntual y un segundo nivel creciendo en el silencio entre los puntos.
Antes de que se volviera más difícil distinguir qué quería de la empresa de qué quería del resto.
Apagó la luz. Tomó el bolso. Salió.
En el pasillo, pasó por la oficina de su padre sin detenerse. Había días en que se detenía. Hoy no era uno de esos días; había algo que detenerse le iba a costar y que todavía no estaba lista para pagar.
Salió por el ascensor, por el lobby, hacia la calle.
La tarde estaba cerrando hacia la noche con la velocidad de octubre: a las seis ya estaba oscuro, y la calle frente al edificio tenía el movimiento de fin de jornada, gente yéndose, luces de autos encendiéndose, el ritmo de una ciudad que cambiaba de turno.
Caminó hacia el metro.
Y no le respondió a Elman esa noche.
Pero dejó de fingir que la ventana de diez días no existía.
Y dejó de fingir, también, que la razón por la que no había respondido tenía que ver solo con la empresa.
En el metro, de pie entre gente que miraba sus propios celulares, abrió la agenda de la semana siguiente.
Lunes. Dos de la tarde. Revisión del acuerdo. Vitor Monteiro.
Se quedó mirando ese bloque.
Había una decisión que necesitaba tomarse antes del lunes. No sobre Elman.
Sobre qué iba a hacer cuando él entrara a esa sala y la agenda terminara y llegara el silencio —como había llegado en cada reunión de las últimas semanas— y ella tuviera que decidir si se quedaba o se iba de nuevo.
Ella se había ido cuatro veces.
La quinta estaba agendada para el lunes, dos de la tarde.