El Heredero y el Secreto (Imperio Monteiro Libro 3) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

—Sé que una explicación no repara nada. —La voz salió directa, sin la suavización que la mayoría de la gente pondría antes de una frase de ese peso—. No te estoy pidiendo que dejes de lado el tiempo. Estoy diciéndote lo que pasó porque preguntaste y porque tenías derecho a saberlo desde hace mucho.

Ella se quedó mirando la plaza. Un niño pasó corriendo, perseguido por otro, el ruido de ellos cortando el aire de la mañana y desapareciendo hacia los puestos de comida.

—Escucho lo que estás diciendo.

—Lo sé.

—Y todavía no sé qué hacer con eso.

—Yo tampoco lo sé. —Él lo dijo con la misma sencillez—. Pero prefiero no saberlo juntos que saberlo solo.

Ella se quedó mirando el espacio al frente un largo rato. La banca era de madera, levemente húmeda por el rocío de la mañana. El sol subía en un ángulo que dificultaba mirar cierto punto de la plaza sin parpadear.

—¿Vas a la reunión del miércoles? —preguntó ella.

—Voy.

—Yo también.

Ella se levantó. Él también, el gesto simultáneo que seguía ocurriendo sin que ninguno de los dos lo planeara.

La banca era baja. El movimiento de levantarse los dejó más cerca de lo que la plaza habría exigido: ella se había girado levemente para no dar la espalda al puesto de especias, él había compensado en la misma dirección, y en el segundo en que ambos quedaron de pie había cuarenta centímetros entre ellos que ninguno llenó.

Ella miró hacia arriba. Él ya la estaba mirando.

Dos segundos. Tal vez tres. La feria seguía a su alrededor como si no estuviera pasando ningún momento en particular ahí.

Un niño de unos seis años pasó corriendo entre los dos, rompiendo la geometría sin saber que había geometría que romper.

Los dos dieron medio paso atrás al mismo tiempo. Involuntario.

Mara miró hacia el puesto de especias a la derecha.

Él miró hacia el pasillo de la feria a la izquierda.

—Gracias por traerme aquí. —Él miró la feria, luego a ella—. Tiene sentido que lo hayas traído a él aquí.

Ella no respondió a eso. Pero tampoco desvió la mirada.

—La próxima semana —dijo ella.

—La próxima semana.

Ella se fue primero. Caminó de regreso por la feria, por el mismo camino por el que había llegado, pasando el puesto de especias y el de pan de queso y el pasillo de verduras que su padre había nombrado según el orden en que los vendedores habían cambiado de lugar con los años.

No volteó a ver si él se había quedado parado o había ido hacia el otro lado.

Pero sabía que se había quedado parado un momento antes de irse.

De la misma forma en que sabía, sin dato explícito, que el número del escenario dos era el correcto, que el distribuidor alternativo iba a confirmar antes del jueves, que Fernanda Alcántara no había olvidado lo que había visto en el panel.

Había cosas que se sabían antes de tener prueba.

Esta era una de ellas.

Salió de la feria a las diez y cuarenta y dos. Caminó tres cuadras antes de sacar el celular.

Había un mensaje de Leticia sobre la reunión del jueves. Había uno de Marina sobre una especificación del contrato. Había uno de Camila diciendo que la estaba pasando bien y preguntando por un almuerzo la próxima semana.

No había ninguno de él.

Ella guardó el celular. Siguió caminando.

A las once y doce, mientras esperaba que abriera el semáforo en la esquina de su departamento, el celular vibró.

Ya sabía del borrador. El del Norte. Estaba en el expediente de la empresa cuando hice la diligencia debida inicial. No lo dije antes porque no era algo que me correspondiera decir.

Ella se quedó mirando el mensaje en medio de la acera, la gente pasando alrededor, el semáforo ya en verde.

¿Cómo era?

La respuesta tardó un minuto.

Números al reverso de un formulario de logística. Letra pequeña, muy apretada. Parecía alguien con prisa por no olvidar.

Ella bloqueó el celular. Cruzó la calle.

Llegó al departamento, dejó las llaves en la mesa del pasillo, se quedó parada un segundo en el pasillo a oscuras con el celular en la mano.

Después fue hacia la ventana. La calle allá abajo tenía el movimiento de un sábado por la mañana: el mercado de la esquina con la fila que salía hasta la acera, el vecino del tercer piso bajando con el perro, el bar del otro lado todavía cerrado con las sillas apiladas en la acera.

Abrió el celular. Escribió.

Lo va a lograr. Lo del Norte.

Envió.

La respuesta de él llegó rápido, más rápido que cualquier mensaje técnico que hubiera llegado antes.

Lo sé. Tú lo lograste por él.

Ella se quedó mirando esas cinco palabras por un tiempo que no midió.

Después dejó el celular a un lado, fue a la cocina, preparó café, y se quedó en la ventana bebiéndolo mientras el sábado seguía su ritmo de sábado: el perro del vecino de regreso, las sillas del bar abriéndose una a una, la luz cambiando de ángulo con la lentitud propia de las mañanas que no tienen prisa por terminar.

Había una pregunta que todavía no tenía respuesta.

Había un cajón con una propuesta bajo llave.

Había dieciséis meses de contrato y un hombre que había leído el borrador de su padre en un expediente de diligencia debida y lo había guardado sin decir nada durante meses porque no era algo que le correspondiera decir.

Ella todavía no sabía qué venía después de eso.

Pero había, por primera vez desde que había llegado el sobre de Elman, algo que se parecía a la claridad sobre lo que no venía: no venía una venta. No ahora. No por esta razón.

El cajón podía esperar.

El café estaba caliente.

El sábado seguía.

Y había una pregunta que ella había estado postergando hacer. Que ahora, en el sábado por la mañana con el café caliente y el barrio despertando afuera, ya no podía seguir postergando.

Tomó el celular.

Abrió la conversación.

Se quedó con los dedos sobre el teclado un largo momento.

Entonces empezó a escribir.