El Heredero y el Secreto (Imperio Monteiro Libro 3) Capítulo 15
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Capítulo 15

La llamada de Isabela llegó el viernes a las diez y media de la mañana, mientras Mara estaba en medio de una revisión de contratos que no podía interrumpirse y que interrumpió en cuanto vio el nombre en la pantalla.

—Almuerzo hoy. No es una invitación, es un aviso.

Mara cerró la carpeta sobre la mesa—. Tengo reunión a las dos.

—El almuerzo termina a la una. Tienes tiempo.

El restaurante era del tipo que Isabela elegía cuando quería una conversación de verdad: pequeño, sin música fuerte, un menú que nadie pedía porque los dos o tres platos del día siempre eran mejores que cualquier cosa impresa.

Mara llegó cinco minutos después que Isabela, lo cual era inusual —ella era puntual por hábito, no por esfuerzo— e Isabela ya estaba con agua y con el aire de alguien que había llegado temprano a propósito para tener los primeros segundos de ventaja observacional.

—Tienes ojeras.

—Gracias. —Mara dejó el bolso y acercó la silla—. Semana larga.

—No es de la semana. —Isabela esperó a que el mesero tomara el pedido y se fuera—. Es de meses.

Mara abrió la servilleta. No dijo nada.

—Te conozco hace ocho años —dijo Isabela—. Te vi atravesar la muerte de tu padre, hacerte cargo de la empresa, reconstruir lo que estaba roto. Sé cómo te pones cuando estás cargando demasiado. —Una pausa—. Esto es distinto.

—¿Esto es qué exactamente?

—No sé. Por eso estoy preguntando.

Mara tomó un trago de agua. Del otro lado de la mesa, Isabela la esperaba con la paciencia de quien no tenía prisa, lo cual era, en sí mismo, una forma de presión.

—La cena del jueves —dijo Mara, finalmente.

—La vi.

—¿Qué viste?

—Te vi sostener tres horas de conversación a quince centímetros de distancia de un hombre y llegar al estacionamiento con la postura de alguien que había pasado esas tres horas conteniendo algo.

—Isabela no lo dijo con tono de acusación.

Lo dijo como quien hace observaciones sobre proveedores atrasados—.

Y lo vi a él parado en el estacionamiento, mirando cómo se iba el auto.

Llegó la comida. Mara tomó el tenedor.

—Es una alianza comercial.

—Sé lo que dice el contrato. Rafael me mostró lo que era público. —Isabela cortó el plato con la precisión de quien no deja escapar nada, ni comida, ni conversación—. Lo que vi en la cena no estaba en el contrato.

Mara comió un momento sin responder. El restaurante tenía otras tres mesas ocupadas, ninguna lo bastante cerca como para importar.

—Hay historia de antes del contrato —dijo ella, finalmente.

—Me lo imaginé.

—No es simple.

—Las cosas que importan nunca lo son. —Isabela dejó el tenedor—. ¿Quieres contarme o quieres que finja que no pregunté?

Eso era lo que tenía Isabela: ofrecía una salida de verdad, no una salida educada.

Había gente que hacía preguntas con la expectativa implícita de que uno respondiera, y había gente que genuinamente te dejaba elegir.

Isabela era del segundo tipo, lo cual era más raro y más difícil de ignorar precisamente por eso.

Mara dejó su propio tenedor.

Contó. No todo: no la carpeta de cuero, no la carta, no el porque eres tú dicho a las once de la noche.

Contó lo que había habido antes: la columna en la cena del sector, el balcón de marzo, los meses que se fueron espaciando hasta detenerse.

Contó la propuesta de alianza llegando como si fuera solo negocio, y el hecho de que no era solo negocio, y el hecho de que ella lo sabía pero la había aceptado de todos modos porque los números eran buenos y porque la alternativa de no aceptar era peor de un modo que no lograba nombrar con claridad ni para sí misma.

Isabela escuchó todo sin interrumpir ni una vez. Eso también era raro.

—Y ahora tienes dieciocho meses de reuniones obligatorias con un hombre que te dijo algo que no puedes guardar en el cajón junto con la propuesta de Elman.

Mara la miró—. Sabes de la propuesta de Elman.

—Rafael tiene amigos en todos lados. No me contó los números, me contó que existía. —Isabela tomó su vaso—. Todavía no llamaste al abogado.

—No.

—¿Por qué?

Era la misma pregunta que se había quedado en la sala vacía el jueves. Mara había pasado dos días cargando la pregunta sin respuesta clara, e Isabela había llegado ahora con ella en la mano como quien devuelve un objeto olvidado.

—Porque si vendo, ya no hay razón profesional para estar en la misma sala que él.

Y si no hay razón profesional, no hay sala.

—Lo dijo despacio, como si estuviera escuchando sus propias palabras por primera vez mientras las decía—.

Y eso es un problema porque significa que la razón por la que no estoy vendiendo una empresa que debería considerar vender es un hombre.

—O significa que todavía no sabes si quieres vender la empresa y él apareció en un momento en que esa incertidumbre ya existía.

—Las dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo.

—Pueden. —Isabela se inclinó ligeramente hacia adelante—. Mara. ¿Qué quieres tú? No de la empresa. No del contrato. Tú.

Era la misma pregunta de la sala vacía. Más directa ahora, con testigo.

—Todavía no lo sé.

—Está bien no saberlo. Lo que no está bien es dejar que la empresa decida por ti porque es más fácil que decidir tú misma.

La frase cayó con el peso que Isabela sabía que iba a tener: sin crueldad, con precisión. Mara se quedó en silencio un momento.

—Dijo algo la semana pasada.

—¿Qué fue?

—Dijo porque eres tú. Sobre por qué quería ayudar con un problema que no necesitaba su ayuda para resolver. —Mara miró el plato—. Así de simple. Sin elaborar.

Isabela se quedó en silencio.

—Sé lo que es —dijo Mara—. Y sé que no debería tener el peso que tiene. Pero lo tiene.

—Claro que lo tiene. —Isabela lo dijo con el tono de alguien para quien la conclusión era obvia—.

Pasaste años sin una explicación. Alguien que desaparece sin darle un cierre adecuado deja una cuenta abierta.

Y ahora está en la misma sala, en reuniones que tú misma programaste, y diciendo cosas que cierran preguntas que quedaron abiertas hace mucho tiempo.

—El problema es que cerrar preguntas viejas no significa que las nuevas vayan a ser distintas.

—No significa eso. —Isabela tomó su vaso—. Pero negarte a cerrarlas porque le tienes miedo a la respuesta también es una elección.

El mesero pasó a preguntar por el postre. Ninguna de las dos quiso.

—¿Qué harías tú? —preguntó Mara.

—Yo no soy tú. Y no lo conozco a él como tú lo conoces.

—Isabela pagó la cuenta con el gesto rápido de quien ya había decidido antes de que llegara el mesero—.

Pero sé que pasaste tres años construyendo algo que no tenías que construir por ninguna razón práctica, y que lo hiciste bien, y que todavía no te detuviste a preguntarte qué significa eso sobre lo que realmente quieres.

Mara se quedó mirándola.

—¿Y Elman va a esperar?

—Elman va a esperar hasta que sepas la respuesta a la pregunta correcta. Si la respuesta a la pregunta correcta es vender, vendes. Si no lo es, no vendes. —Isabela se levantó—. Pero ninguna de las dos cosas tiene nada que ver con la reunión del martes.

Salieron juntas. En la acera, Isabela la abrazó rápido, sin ceremonia, del tipo de abrazo de quien no necesita prolongarlo para demostrar que importa.

—Llámame si necesitas a alguien que no va a fingir que sabe la respuesta antes que tú.

Mara se quedó en la acera un momento después de que Isabela doblara la esquina.

Eran las once y cincuenta y dos. Tenía reunión a las dos.

Tenía una propuesta encerrada en el cajón y una pregunta sin respuesta y un mensaje en la bandeja de entrada que sabía que estaba ahí porque había revisado el celular a las seis de la mañana y había un mensaje de Vitor sobre los números de la semana que había dejado sin responder.

Abrió el celular. Leyó el mensaje. Era sobre el tercer mercado: conciso, técnico, la nota al pie de un informe que ya había visto.

Respondió en tres líneas. Cerró el celular.

Después lo volvió a abrir.

Agregó una cuarta línea que no era sobre el tercer mercado: Vi los números de Cardoso. Salieron bien. Gracias por la preparación.

Guardó el celular. Empezó a caminar de vuelta a la oficina.

Su respuesta llegó antes de que ella doblara la primera esquina.

Sé que salieron bien. Ibas a hacerlo bien de todos modos.

Ella lo leyó. No respondió.

Pero tampoco lo borró.

En la esquina, se detuvo.

Volvió a la conversación. Escribió tres palabras que no eran sobre Cardoso.

Se quedó mirándolas quince segundos.

Las borró. Siguió caminando.

Las tres palabras se quedaron donde estaban: borradas del celular, en ningún lugar más.

Excepto dentro de ella.