CAPÍTULO 11 #2
“¿Te gustaría que mamá fuera feliz?” le preguntó el niño, con una inocencia que lo tocó profundamente.
La pregunta resonó en su mente, recordándole que su felicidad estaba intrínsecamente ligada a la de Lucía y a la del pequeño Nicolás.
Alejandro asintió, sintiendo que la decisión de proponerle matrimonio se afianzaba aún más en su interior.
“Voy a hacer que eso suceda”, prometió, mirando a Nicolás a los ojos. “Voy a hacer que tu mamá sea la mujer más feliz del mundo”.
Nicolás sonrió, y en su pequeño rostro se reflejaba la esperanza de un futuro mejor.
Alejandro sintió que la presión de sus nervios se transformaba en determinación.
Este era el momento que había estado esperando, y ahora no había vuelta atrás.
El amor que sentía por Lucía era más fuerte que cualquier temor que pudiera tener.
Mientras el sol continuaba su descenso, tiñendo el cielo con matices de rojo y púrpura, Alejandro se levantó con una renovada confianza.
“Es hora”, se dijo, sintiendo el anillo en su bolsillo como un símbolo de su compromiso.
Miró a Nicolás, quien estaba ocupado construyendo un castillo de arena, y supo que debía actuar.
“Vamos a buscar a mamá”, dijo, una sonrisa iluminando su rostro mientras se dirigían hacia la orilla.
La visión de Lucía, bajo el cielo pintado de atardecer, se convirtió en el norte de su corazón.
Cada paso que daba lo acercaba a ella, y la certeza de que estaban destinados a estar juntos lo llenó de fuerza.
Con el sonido de las olas de fondo y el brillo del atardecer como testigos, Alejandro finalmente se sintió listo para dar el paso que cambiaría sus vidas para siempre. La playa era el escenario perfecto, y Lucía, su amor verdadero, lo esperaba.
El sol se ocultaba lentamente en el horizonte, tiñendo el cielo de dorados y anaranjados, mientras Alejandro se acercaba a Lucía.
Su corazón latía con fuerza, y cada paso que daba resonaba en su mente como una declaración de intenciones.
La brisa marina acariciaba su rostro, y el sonido de las olas creaba una melodía que lo tranquilizaba y, al mismo tiempo, lo llenaba de nerviosismo.
Lucía estaba sentada sobre la arena, observando a Nicolás jugar. Su cabello ondeaba suavemente, y su expresión reflejaba una paz que Alejandro había anhelado ver. En ese instante, supo que no podía postergar más su decisión. Era el momento de abrir su corazón y arriesgarse.
“Lucía”, llamó con una voz firme pero temblorosa, atrayendo su atención.
Ella levantó la vista, y al instante, sus ojos se encontraron, creando una conexión que parecía desafiar el tiempo y el espacio.
En ese parpadeo, Alejandro sintió que todo lo que habían vivido se desvanecía, y solo quedaba el presente.
“Hola, Alejandro”, respondió ella, una mezcla de sorpresa y calidez iluminando su rostro. Se levantó lentamente, como si cada movimiento le costara, pero sus ojos reflejaban una curiosidad palpable.
“Quiero hablar contigo”, dijo él, tratando de ocultar la ansiedad que corría por sus venas. Se agachó, recogiendo la concha que había encontrado en la playa, simbolizando la belleza que podían construir juntos. “Este lugar… es especial, ¿no crees?”, continuó, buscando las palabras adecuadas.
“Es hermoso”, asintió Lucía, sonriendo de manera involuntaria mientras miraba a su alrededor. “Siempre me ha gustado venir aquí para reflexionar”.
“Yo también”, admitió Alejandro, sintiendo que el aire entre ellos se cargaba de una tensión que lo hacía vibrar. Se acercó un poco más, el latido de su corazón resonando en sus oídos. “He estado pensando… mucho sobre nosotros, sobre lo que hemos pasado. Y sobre lo que quiero para el futuro”.
Lucía lo miró fijamente, y él pudo ver cómo su expresión se transformaba, un destello de esperanza mezclado con incertidumbre. “¿De verdad quieres hablar de eso?”, preguntó, su voz temblando ligeramente.
“Sí”, afirmó Alejandro, tomando una respiración profunda.
“Quiero hacer las cosas bien. No solo para mí, sino para ti y para Nicolás”.
Se arrodilló en la arena, la cálida textura de la playa bajo su cuerpo lo conectaba a la tierra, a la realidad de lo que estaba por hacer.
Con un gesto lento, sacó la pequeña caja que había guardado en su bolsillo, su corazón latiendo con fuerza mientras la abría.
“Lucía”, comenzó, su voz firme aunque vulnerable. “Desde el momento en que te conocí, supe que había algo especial entre nosotros. A pesar de todo lo que ha pasado, nunca he dejado de amarte. Quiero que sepas que estoy aquí, dispuesto a luchar por nosotros. Y por Nicolás”.
Las palabras fluyeron de sus labios, cargadas de sinceridad y deseo. “Te propongo que construyamos un futuro juntos, que formemos una familia. Quiero que seas mi esposa”.
El tiempo pareció detenerse. Lucía miró la sortija, sus ojos ampliándose en sorpresa, y Alejandro vio cómo una mezcla de emociones cruzaba su rostro: alegría, incredulidad y un profundo anhelo. “Alejandro…”, murmuró, su voz apenas un susurro.
“Te amo, Lucía. Y quiero que cada día sea una nueva oportunidad para nosotros”, dijo, su corazón palpitando con fuerza mientras esperaba su respuesta.
El silencio se alargó, y Lucía, con la mirada fija en el anillo, parecía procesar la enormidad de su propuesta. Alejandro sintió la presión de la incertidumbre mientras su mente giraba en torno a cómo reaccionaría. ¿Aceptaría su corazón abierto, o se cerraría nuevamente ante el miedo al dolor?
Finalmente, ella levantó la vista, pero no había palabras. Solo un silencio cargado de significado llenaba el espacio entre ellos, y Alejandro supo que todo había cambiado en ese instante, pero no podía predecir hacia dónde los llevaría esa decisión.