CAPÍTULO 9 #2
Lucía sintió una punzada en el pecho. La idea de que Alejandro pudiera ser parte de la vida de Nicolás la aterrorizaba, pero, al mismo tiempo, una parte de ella anhelaba esa conexión. “No lo sé, cariño”, respondió, sintiendo que su voz temblaba. “Pero... tal vez algún día.”
Nicolás pareció reflexionar sobre sus palabras.
“¿Podrías intentar hablar con él? ¿Prometes que lo intentarás, mamá?” La sinceridad en su voz la atravesó.
En ese momento, Lucía se dio cuenta de que no podía seguir huyendo de la verdad.
Era un momento decisivo, y el futuro de Nicolás dependía de su valentía.
“Sí, Nicolás. Prometo que lo intentaré”, dijo, sintiendo que una nueva determinación comenzaba a formarse en su interior.
Mientras Nicolás volvía a jugar, Lucía lo observaba, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre sus hombros.
Sabía que el momento de enfrentarse a Alejandro se acercaba, y con ello, la verdad que había estado evitando.
La presión de sus propias decisiones la llevaba hacia un camino que no podía eludir.
Y así, en medio de risas y juegos, la decisión se afianzó en su corazón. Tenía que ser fuerte, no solo por ella, sino por su hijo. Era hora de enfrentar a Alejandro y darle a Nicolás la oportunidad que merecía. La verdad aguardaba, y Lucía se sintió lista para enfrentarla.
Lucía se encontraba frente al espejo del baño, el cristal reflejando más que su imagen.
Sus ojos, cansados y llenos de incertidumbre, la miraban de vuelta mientras su mente luchaba con un torbellino de emociones.
La luz era suave, pero el resplandor revelaba las marcas de un pasado reciente que había dejado huella en su rostro.
Se pasó una mano por el cabello, tratando de despejar la confusión que la envolvía.
Recordó la risa alegre de Nicolás, su voz tierna preguntando por su padre, y el dolor que había sentido al tratar de evitar la verdad.
“¿Por qué no puedo conocer al mío?” resonaba en su mente, y con cada repetición, la culpa se intensificaba.
Los ojos de su hijo, llenos de expectativas, la perseguían como sombras, y Lucía se preguntaba si alguna vez podría darle la vida que merecía.
Se acercó más al espejo, como si buscara respuestas en su propio reflejo.
“Tienes que ser fuerte”, se dijo en voz baja, aunque la voz temblorosa traicionaba su determinación.
La lucha entre su amor por Alejandro y su responsabilidad como madre la desgastaba.
¿Cómo podía reconciliar esos dos mundos tan opuestos?
A un lado estaba el deseo de ser feliz, de volver a sentir el latido del amor, y al otro, el miedo a que su hijo sufriera las consecuencias de sus decisiones.
Cerró los ojos y dejó que los recuerdos fluyeran.
Recordó los momentos felices que había compartido con Alejandro, sus risas, las caricias furtivas, el roce de sus labios en una tarde soleada.
Se sintió atrapada entre la nostalgia y la realidad, deseando que las cosas fueran diferentes.
La imagen de Alejandro sonriendo, su mirada profunda, la envolvió en una mezcla de anhelo y tristeza.
Era un amor que nunca se había apagado del todo, pero que había sido ahogado por el tiempo y el dolor.
De repente, una nueva resolución comenzó a formarse en su interior.
No podía seguir huyendo de sus sentimientos.
Nicolás necesitaba conocer la verdad, y ella también.
La idea de enfrentar a Alejandro la aterrorizaba, pero sabía que no podía mantener esa puerta cerrada para siempre.
“Es hora de ser valiente”, murmuró, sintiendo una chispa de determinación encenderse en su pecho.
Con un suspiro profundo, Lucía se miró a los ojos en el espejo una vez más.
Esta vez, no solo vio la confusión, sino también la fuerza que había estado ocultando.
Era momento de dejar atrás el miedo y dar un paso hacia lo desconocido.
Tenía que hablar con Alejandro, no solo por ella, sino por Nicolás.
“Voy a hacerlo”, se prometió, sintiendo que su corazón latía con un nuevo propósito.
Salió del baño con la convicción de que la verdad no solo liberaría su propio corazón, sino que también podría abrirle a Nicolás la oportunidad de conocer a su padre.
La decisión estaba tomada. Lucía se sentía lista para enfrentar lo que viniera, sabiendo que, al final del camino, necesitaba luchar por la felicidad de su hijo y por la suya propia.
Lucía empujó el carrito del supermercado, distraída en sus pensamientos.
Las luces brillantes y los sonidos del lugar parecían lejanos, como si estuviera atrapada en una burbuja de incertidumbre.
De repente, al girar una esquina, se encontró cara a cara con Esteban.
Su corazón se detuvo un instante, y la tensión se instaló en el aire.
“Lucía”, dijo él, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos. “Qué sorpresa verte aquí.”
“Esteban”, respondió ella, intentando mantener la compostura. Su mente se llenó de alarmas; sabía que cualquier encuentro con él era potencialmente peligroso. La frialdad de su tono no pasó desapercibida para Esteban, quien se acercó un paso más, como un depredador que acecha a su presa.
“¿Cómo está Nicolás? Debe estar muy grande ya”, preguntó, sus palabras impregnadas de una curiosidad malsana.
“Está bien”, respondió Lucía, manteniendo la voz firme. “Es un niño feliz.”
A Esteban se le curvó la boca en una media sonrisa. “Eso me alegra. Pero, sabes, me preocupa un poco que no esté cerca de su familia. Un padre es importante en la vida de un niño.”
Lucía sintió una punzada de dolor en el pecho. “Nicolás tiene una familia que lo ama”, replicó, su voz resonando con más fuerza de la que había anticipado.
“¿Estás segura de eso?” Esteban se acercó aún más, su mirada fría y calculadora. “Porque tengo mis dudas. He oído rumores, y me gustaría saber hasta dónde estás dispuesta a llegar para protegerlo.”
Los músculos de Lucía se tensaron. “¿A qué te refieres?” preguntó, tratando de mantener la calma a pesar de la amenaza implícita en sus palabras.
“Oh, nada en particular. Solo que hay cosas que pueden salir a la luz, cosas que podrían cambiar todo lo que has construido”, dijo, con un tono que era a la vez amenazante y revelador. “Esos secretos pueden ser peligrosos, tanto para ti como para él.”
El aire entre ellos se volvió pesado, y Lucía sintió que su estómago se retorcía. “No tienes ningún derecho a amenazarme”, dijo, su voz resonando con determinación. “Nicolás es mi hijo y haré lo que sea necesario para protegerlo.”
Esteban ladeó la cabeza, evaluando su reacción. “Interesante. Pero recuerda, yo también tengo mis propios recursos. No subestimes lo que soy capaz de hacer.”
Lucía se mantuvo firme, sintiendo el fuego de la ira arder en su interior. “No me asustarás. Estoy dispuesta a luchar por lo que es correcto. Si crees que puedes manipularme, te equivocas.”
Esteban se rió suavemente, un sonido frío que le erizó la piel. “Como quieras, Lucía. Pero ten cuidado. La verdad puede ser un arma de doble filo.”
Mientras él se alejaba, Lucía se sintió sacudida por la intensidad del encuentro.
Las palabras de Esteban resonaban en su mente, pero en lugar de desanimarla, la llenaron de una nueva determinación.
Sabía que debía proteger a Nicolás a toda costa, y eso significaba enfrentarse a Esteban y a su propio miedo.
Con el carrito en la mano, se alejó de la sección de productos frescos, sintiéndose más decidida que nunca a revelar la verdad. No podía dejar que Esteban manipulase su vida ni la de su hijo. Era momento de actuar, y Lucía estaba lista para cualquier batalla que se avecinara.