CAPÍTULO 8 #2
—No te tengo miedo, Esteban. Haré lo que sea necesario para proteger a mi hijo. No permitiré que tus manipulaciones lo afecten —declaró, su voz firme y decidida.
Esteban sonrió, pero no era una sonrisa amistosa. Era una mueca que anunciaba la guerra.
—Entonces, preparémonos para la batalla, Lucía. Pero recuerda, yo siempre gano.
Mientras se giraba para salir del estudio, sintió que la amenaza de Esteban pesaba sobre ella. Sin embargo, su resolución era más fuerte. Estaba dispuesta a luchar por Nicolás, a enfrentarse a cualquier adversidad que se interpusiera en su camino.
Al cerrar la puerta tras de sí, una oleada de adrenalina la invadió. Lucía se sentía amenazada, pero también decidida a proteger a su hijo a toda costa. La batalla había comenzado, y estaba lista para luchar.
El café estaba lleno de murmullos y risas, pero para Alejandro, todo se sentía distante y ajeno.
Sentado en una mesa junto a la ventana, observaba a las personas pasar, sintiendo una presión en el pecho que lo hacía querer salir corriendo.
Su mente estaba atrapada en un torbellino de emociones: arrepentimiento, deseo y miedo.
La confesión de Lucía resonaba en su mente como un eco constante.
Nicolás era su hijo. Esa verdad lo mantenía despierto por las noches, atormentado por lo que había perdido.
Con una taza de café frente a él, apenas podía concentrarse en el sabor amargo.
La culpa lo consumía. Había dejado que el orgullo y la ira lo alejaran de Lucía, y ahora, cuando finalmente se atrevían a abrirse, todo parecía desmoronarse.
La idea de perderla de nuevo lo aterraba.
Justo cuando estaba a punto de decidirse a enviarle un mensaje, la puerta del café se abrió, y su corazón se detuvo.
Lucía entró, y el mundo a su alrededor se desvaneció.
Llevaba una chaqueta ligera que acentuaba su figura, y su cabello caía suavemente sobre sus hombros.
Cada paso que daba resonaba en su pecho, marcando el compás de una sinfonía de emociones.
Por un momento, Alejandro se sintió paralizado, como si el aire se hubiera vuelto espeso.
La mirada de Lucía se cruzó con la suya, y en ese instante, todo lo que habían vivido, cada rayo de dolor y cada chispazo de amor, se condensó en un solo momento.
Ella parecía dudar. Su rostro mostraba una mezcla de determinación y vulnerabilidad. Alejandro sintió un impulso irresistible de acercarse, de romper la distancia que los separaba, pero el miedo lo mantenía en su lugar. ¿Qué podía decirle? ¿Cómo podía arreglar todo lo que había roto?
Mientras Lucía se movía hacia la barra, él notó que su respiración se aceleraba. La miraba, y a la vez, temía que su sola presencia pudiera desatar todo lo que había contenido. La intensidad de su deseo lo asustaba, pero más aún lo aterraba la posibilidad de que ella no sintiera lo mismo.
Cuando ella pidió su café, sus manos temblaban ligeramente. Alejandro se dio cuenta de que también él anhelaba ese momento de conexión, pero el orgullo seguía siendo un obstáculo. Sabía que debía acercarse, pero las palabras se atoraban en su garganta.
Finalmente, Lucía se dio la vuelta y sus miradas se encontraron de nuevo.
Era una mirada que decía más que mil palabras: amor, tristeza, anhelo y una profunda herida.
Alejandro sintió que su corazón latía con fuerza, y en ese instante, comprendió que la amaba, aún más que antes.
Pero el miedo a perderla de nuevo lo mantenía en su lugar, como una sombra que se niega a desvanecerse.
Lucía, por su parte, pareció dudar un segundo más, y en ese instante, Alejandro se preparó para dar el paso que tanto había evitado.
Pero ella, sin poder soportar la tensión, se dio la vuelta y salió del café, dejando tras de sí un aire cargado de lo no dicho.
Un suspiro se escapó de los labios de Alejandro mientras la veía marchar, sintiéndose más perdido que nunca.
La conexión que habían compartido se desvanecía con cada paso que ella daba, y él supo que debía actuar.
No podía dejar que se alejara de nuevo. Con una decisión renovada, se levantó de su asiento, listo para seguirla.
Tenía que encontrarla, tenía que luchar por lo que era suyo, antes de que fuera demasiado tarde.
Lucía llegó a casa con la cabeza llena de pensamientos confusos y el corazón desbordante de emociones.
La presión de la situación la ahogaba, como si cada respiración fuera un recordatorio de lo que había perdido y de lo que estaba en juego.
Se dejó caer en el sofá, sintiéndose abrumada por la culpa que la perseguía.
La imagen de Alejandro y su beso seguía ardiendo en su mente, un fuego que no podía extinguir.
Mientras intentaba calmar su corazón agitado, su mirada se posó en la mesa del salón.
Allí, entre las hojas de papel y el desorden habitual, vio una foto que le hizo detenerse.
Se acercó y la tomó en sus manos, y el mundo se detuvo a su alrededor.
Era una imagen de Nicolás, riendo mientras se abrazaba a la pierna de Alejandro, ambos radiantes de felicidad.
La sonrisa de Nicolás era tan pura, tan llena de vida, que Lucía sintió un nudo en la garganta.
Recordó cómo había sido aquel día, la alegría que había compartido con Alejandro al ver a su hijo jugar.
En ese instante, la verdad la golpeó como un rayo: no podía seguir huyendo de lo inevitable.
Nicolás merece conocer a su padre. La idea de ocultarle la verdad ya no era una opción.
El amor que había sentido por Alejandro en el pasado no había desaparecido; simplemente había estado enterrado bajo el dolor y la traición.
Con la foto aún en sus manos, Lucía sintió que una decisión se formaba en su interior.
Había llegado el momento de enfrentar sus miedos, de dejar atrás las sombras del pasado y dejar que la luz de la verdad iluminara su camino.
No podía continuar con esta carga, escondiendo el amor que aún sentía por Alejandro y el derecho que Nicolás tenía de conocer a su padre.
Se levantó del sofá, sintiendo que una nueva determinación la llenaba. Su corazón latía con fuerza mientras se dirigía hacia el teléfono. Sabía que debía comunicarse con Alejandro, que debía dejar de lado el miedo y la inseguridad. No podía permitir que el pasado dictara su futuro ni el de Nicolás.
Con cada paso que daba, la resolución crecía en ella.
Lucía se sentó en la mesa, con el teléfono en la mano, mirando el número de Alejandro.
Era ahora o nunca. Era hora de enfrentar la verdad, de abrirse a la posibilidad de un nuevo comienzo.
Con la respiración entrecortada, marcó su número.
La espera se sintió eterna, pero finalmente oyó el tono de llamada.
Mientras el teléfono sonaba, recordó la risa de Nicolás y la felicidad que había compartido con Alejandro.
La imagen de su hijo abrazado a su padre la impulsaba a seguir adelante.
La llamada se conectó, y su corazón se detuvo por un instante.
Sabía que no había vuelta atrás, pero también comprendía que lo que estaba en juego era demasiado importante.
“Es hora de enfrentar la verdad”, murmuró para sí misma, sintiendo que la valentía reemplazaba al miedo.
La voz de Alejandro al otro lado de la línea resonó como un eco de su pasado y su futuro.
Lucía cerró los ojos y se preparó para lo que estaba por venir, dispuesta a luchar por lo que realmente importaba.