El Heredero Secreto del Magnate CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

Fue justo en ese momento cuando lo vio. Esteban, su suegro, estaba al final del pasillo, observando con esa mirada crítica que tanto la incomodaba.

Él siempre había sido un hombre de poder, y su presencia en un lugar tan mundano como un supermercado le hizo sentir un nudo en el estómago.

Lucía intentó ignorarlo, pero sabía que era inútil.

Esteban se acercó con una sonrisa fría, la típica que utilizaba en sus interacciones para desestabilizar a quienes lo rodeaban.

—Lucía —saludó, su voz cargada de una autoridad que la hizo sentir pequeña—. No esperaba verte aquí. ¿Cómo has estado?

—Bien, Esteban. Solo haciendo las compras —respondió, forzando una sonrisa mientras trataba de mantener la calma.

—¿Todo en orden con el niño? —preguntó, sus ojos fijos en ella, como si estuviera buscando alguna debilidad.

Lucía sintió la tensión aumentar. —Nicolás está bien, gracias.

—Me alegra oírlo. He escuchado rumores sobre el regreso de Alejandro. ¿Qué piensas de eso? —su tono era inquisitivo, casi burlón.

El corazón de Lucía latió con fuerza. ¿Cómo podía ser que todos en Monterrey supieran sobre su regreso menos ella? La incomodidad se convirtió en ira y decidió que no permitiría que Esteban la intimidara. —Alejandro ha vuelto para hacerse cargo de su vida, Esteban. No necesito tu opinión sobre él.

—Interesante. Pero, ¿realmente crees que Alejandro está preparado para ser padre? —Esteban se acercó un paso más, su mirada penetrante—. Ha estado ausente tanto tiempo… No sé si deberías permitir que se acerque a Nicolás.

Lucía se sintió acorralada, pero la determinación creció en su interior. —Nicolás tiene derecho a conocer a su padre, Esteban. No voy a dejar que tú o nadie me diga lo que es mejor para él.

—Es fácil hablar de derechos, Lucía, pero la vida es más complicada. Alejandro tiene sus propios demonios que enfrentar. No quiero que tú y Nicolás se vean atrapados en su caos —dijo Esteban, su voz baja pero firme.

Lucía apretó los dientes, sintiendo cómo la presión aumentaba. —No soy una niña, Esteban. Sé lo que hago. Nicolás merece conocer a su padre, y yo merezco la oportunidad de decidir lo que es mejor para nosotros.

Esteban arqueó una ceja, claramente sorprendido por su respuesta. —Ten cuidado con las decisiones que tomas. No siempre hay vuelta atrás.

Lucía sintió un escalofrío recorrer su espalda, pero no iba a dejar que su miedo la dominara. —Lo sé. Pero estoy lista para enfrentar lo que venga.

Mientras Esteban sonreía con una mezcla de desdén y aprobación, Lucía se dio cuenta de que no podía escapar de su pasado.

Alejandro había regresado, y con él, toda la complejidad de sus emociones.

La idea de que Esteban interfiriera en su vida y la de Nicolás era una sombra que no podía permitir que dominara su presente.

Con una resolución renovada, Lucía se dio la vuelta, dispuesta a dejar atrás ese encuentro incómodo. Pero antes de alejarse, escuchó la voz de Esteban una vez más, llena de advertencias. —Recuerda, Lucía. La familia Del Valle siempre tiene sus secretos.

Al salir del pasillo, la presión en su pecho se intensificó, y supo que debía prepararse para lo que se avecinaba. La decisión de hablar con Alejandro era inminente, y la verdad sobre Nicolás estaba a punto de salir a la luz.

Lucía observaba a Nicolás jugar en el parque infantil, su risa resonando en el aire como una melodía que la llenaba de calidez.

A pesar de las nubes grises que se acumulaban en su mente, el brillo en los ojos de su hijo era un recordatorio constante de su razón para seguir adelante.

Sin embargo, la paz momentánea se vio interrumpida cuando Nicolás se acercó, con el ceño fruncido y un tono de voz que la hizo detenerse.

—Mamá, ¿por qué no me has contado sobre mi papá? —preguntó, sus pequeños dedos jugando nerviosamente con la arena.

Lucía sintió un nudo en el estómago. Las palabras se le atoraron en la garganta, y por un instante, deseó que la tierra se la tragara.

Había tratado de protegerlo, de mantenerlo alejado del dolor que había marcado su historia, pero ahora la curiosidad de Nicolás la confrontaba con la verdad que había estado evitando.

—Es complicado, cariño —respondió, intentando mantener la voz firme mientras el corazón le dolía por dentro—. Tu papá… no ha estado presente en nuestras vidas.

—Pero, ¿por qué? —insistió Nicolás, sus ojos grandes y llenos de inocencia—. Todos los niños tienen un papá. ¿Por qué no puedo conocerlo?

Lucía se agachó a su altura, sintiendo la presión de sus propias decisiones aplastarla. La culpa le pesaba como una losa. No quería que su hijo sintiera que había algo malo en él por no tener un padre presente, y mucho menos que la ausencia de Alejandro fuera un reflejo de su valía.

—Tu papá ha tenido que lidiar con muchas cosas —explicó, intentando encontrar las palabras adecuadas—. A veces, las personas cometen errores y se alejan. Pero eso no significa que no te quiera.

—¿Tú lo quieres? —preguntó Nicolás, su voz llena de curiosidad y un poco de esperanza.

Lucía inhaló profundamente, sintiendo el aire frío en su pecho.

La verdad era que, a pesar del dolor que había causado su separación, una parte de ella aún anhelaba lo que habían compartido.

Pero no podía permitir que esos sentimientos nublaran su juicio.

Nicolás merecía saber quién era su padre, pero también merecía ser protegido.

—Quiero que seas feliz, eso es lo más importante —dijo finalmente, sintiendo que cada palabra era un paso hacia la verdad que tanto había temido—. Hablaré con tu papá. Necesito que sepas quién es y que tú tengas la oportunidad de conocerlo.

El rostro de Nicolás se iluminó con una sonrisa, y por un momento, Lucía sintió que había tomado la decisión correcta.

Pero también la ansiedad la invadió. ¿Estaría Alejandro preparado para enfrentar esa realidad?

¿Y qué pasaría cuando Esteban se enterara de que había decidido acercar a su hijo a su ex pareja?

—¿Entonces podré verlo? —preguntó Nicolás con emoción, bailando de un pie a otro.

—Sí, cariño —respondió Lucía, aunque no estaba segura de cómo se desarrollaría todo—. Prometo que haré lo posible para que eso ocurra.

Mientras Nicolás regresaba a jugar, Lucía sintió que la presión en su pecho aumentaba nuevamente.

Con cada pequeño paso que daba, la realidad de su decisión se hacía más tangible.

La promesa de hablar con Alejandro era solo el primer paso, pero el camino por delante estaba lleno de incertidumbre.

La sombra de Esteban seguía acechando, y sabía que tendría que enfrentar más que solo su pasado.

Al observar a su hijo jugar, sintió una mezcla de determinación y miedo.

Era hora de que su vida diera un giro. Con una respiración profunda, Lucía se levantó, dispuesta a dar ese paso decisivo hacia lo desconocido.

La idea de hablar con Alejandro era inminente, y el peso de la verdad estaba a punto de salir a la luz.

La luna brillaba intensamente sobre la terraza de la casa de Lucía, iluminando su rostro mientras contemplaba el vasto cielo.

La brisa nocturna acariciaba su piel, pero su mente estaba embotada por la confusión y el miedo.

Nunca había imaginado que tendría que enfrentar la posibilidad de permitir que Alejandro se acercara a Nicolás.

Con cada recuerdo de su pasado, la lucha interna se intensificaba.

El eco de sus risas, las promesas susurradas bajo el manto estrellado, y la calidez de su abrazo en las noches de Monterrey la envolvían, recordándole lo que habían sido.

Sin embargo, también venían a su mente las traiciones y el dolor que había sentido.

¿Podía arriesgarse a abrir esa puerta nuevamente, no solo para ella, sino para su hijo?

Mientras miraba hacia el horizonte, la imagen de Nicolás jugando en el jardín se dibujó en su mente.

Su pequeño merecía conocer a su padre, y ella no podía ser la barrera que lo mantuviera alejado de su propia historia.

La decisión de hablar con Alejandro ya no era solo un deseo; era un imperativo.

Lucía se sintió invadida por una oleada de valentía.

Si había algo que había aprendido en estos años de soledad, era que el amor verdadero no se esfuma, solo se oculta.

Se levantó de la silla, sintiendo el latido de su corazón resonar en su pecho, como un tambor que marcaba el compás de su resolución.

Sabía que la conversación con Alejandro no sería fácil; aún había resentimientos que purgar, y el temor a cómo reaccionaría Esteban la acechaba.

Pero tenía que intentar. Nicolás necesitaba a su padre, y ella necesitaba cerrar ese capítulo de su vida.

Con un suspiro profundo, buscó su teléfono en el bolsillo. La pantalla iluminó su rostro y, por un instante, dudó. Pero recordó la sonrisa de su hijo, la forma en que había mirado al cielo deseando una figura paterna. Fue suficiente para empujarla a la acción.

Con manos temblorosas, buscó el número de Alejandro.

Cada dígito que marcaba parecía un paso más hacia un futuro incierto, pero necesario.

El sonido del tono de llamada resonó en sus oídos, y su respiración se aceleró.

La ansiedad y la emoción se mezclaban en su interior, creando un torbellino de sentimientos.

Justo cuando estaba a punto de colgar, una voz familiar sonó al otro lado de la línea. Era Alejandro.

—Lucía —dijo, su tono lleno de sorpresa y una pizca de esperanza.

El corazón de Lucía se detuvo por un momento. Era el momento que había estado esperando, el instante que podría cambiarlo todo.

—Hola, Alejandro —respondió, sintiendo que la valentía comenzaba a desbordarse en su interior—. Necesitamos hablar.