El heredero implacable (The Dante Dynasty) Epílogo
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Epílogo

ALESSANDRO – DOS AÑOS DESPUÉS

Salgo a la terraza de nuestra finca de Long Island tras una larga reunión con la familia Collisono. Mi familia está repartida por la piscina y jugando en el jardín.

Valentina persigue a Matteo, de tres años, mientras su marido, Cristian, se ríe.

Adriano y Eva observan cómo Mirabella persigue mariposas, mientras Eva sostiene a su hijo de casi dos años, Niccolo.

Luca está en la piscina con su hijo de nueve años, Enzo, mientras Katerina se sienta en el escalón de la piscina salpicando agua con su hija de tres años, Allessia.

Y allí, bajo la sombra del viejo roble, está mi Isabella con nuestro hijo de un año, Elio, que arranca briznas de hierba.

Estamos juntos. Los Dante estamos completos.

Han pasado dos años desde que ejecuté a Marco y Enrico Vitale.

Dos años de paz tras lo que pareció una eternidad de derramamiento de sangre.

El negocio prospera más allá de cualquier cosa que mi padre lograra; nuestros territorios están seguros, nuestros enemigos están muertos o han jurado lealtad.

Incluso Luca, que antes mantenía las distancias en Chicago, ahora nos visita con regularidad, trayendo a su familia para fortalecer los lazos de los Dante.

Admito que nunca pensé que mi vida sería así. Estaba tan concentrado en cumplir con los deberes que mi padre me legó que por poco me pierdo lo que realmente hace que la vida valga la pena.

La estabilidad que tanto luché por mantener nunca provino del miedo o la violencia, lo cual no quiere decir que el miedo y la violencia no tengan su lugar.

Pero para mí, la lealtad y el amor son de donde proviene realmente mi estabilidad.

Miro hacia Isabella y Elio, que ahora camina tambaleándose junto a su prima Mirabella y persiguiendo mariposas.

A los quince meses, ya muestra indicios del hombre en el que se convertirá.

Testarudo y curioso, con la aguda inteligencia de su madre.

Isabella suelta una carcajada mientras él suelta risitas de alegría cuando una mariposa se posa en su zapato.

Recuerdo como si fuera ayer la noche en que nació.

Fue la noche más larga de mi vida.

Soy un hombre que se ha enfrentado a enemigos cara a cara, pero quedé reducido a un manojo de nervios la noche en que Isabella se puso de parto.

Cuando el médico por fin lo puso en mis brazos, comprendí lo que era el miedo de verdad.

No el miedo a perder poder o territorio, sino el terror de fracasar al proteger algo tan preciado.

Al otro lado del jardín, la señora Vitale está sentada al borde de la piscina cerca de Katerina, riéndose de algo que ha dicho mi cuñada.

El cambio en la madre de Isabella es la transformación más sorprendente de todas.

Libre de la sombra de Marco, y con tiempo y terapia, ha florecido hasta convertirse en la abuela cariñosa y la madre comprensiva que Isabella siempre quiso.

Isabella se levanta y coge en brazos a Elio, viniendo hacia donde estoy yo supervisando mi reino. —Pareces muy serio aquí arriba. ¿Todo bien?

Le quito a Elio de los brazos, sosteniéndolo por encima de mi cabeza hasta que se ríe y me llena de babas. —Todo es perfecto.

Me inclino y le beso la sien.

—Oye, mirad quién está aquí. El mismísimo hombre malo y temible —dice Valentina cuando me ve.

—Para ti soy el Don malo y temible —bromeo.

Ella resopla. —Sí, claro. —Coge la mano de Matteo y lo guía hacia Cristian—. ¡Escuchad todos! Tenemos noticias.

La familia se queda en silencio y todos los ojos se vuelven hacia ellos.

—Matteo va a ser hermano mayor —anuncia ella, con el rostro resplandeciente—. Para diciembre.

Los vítores estallan por todo el jardín. A mi madre le habría encantado ver su casa llena de nietos. A mi padre también, aunque él se habría centrado en el legado, no en el amor. Ahí es donde me diferencio de él.

—Otro Dante —digo—. El imperio se hace más fuerte.

Adriano aparece a mi lado, ahora con Niccolo apoyado en la cadera. —Mírate —dice, dándome un codazo en el hombro—. Alessandro Dante, sonriendo. Todavía me da escalofríos a veces.

—Que te den —le digo sin voz, porque hay niños cerca. Pero estoy bromeando.

—¿Recuerdas cuando decías que nunca te casarías? ¿Que los hijos eran una carga? —Sonríe—. Ahora estás prácticamente domesticado.

—Prefiero pensar en ello como un reposicionamiento táctico.

Adriano resopla. —Sigue diciéndote eso, hermano. Mientras tanto, tu hijo tiene hierba asomando por la boca.

Miro hacia mi hijo, que efectivamente tiene una brizna de hierba pegada a la boca. —Es importante comer verduras. —Le quito la brizna de la cara.

—Sabes —dice Adriano, con voz repentinamente seria—, padre estaría orgulloso. Nos has unido de formas que él nunca pudo.

—Gracias. Pero no he sido solo yo. Tú y Luca, Valentina y Cristian. Todos hacemos que esto funcione juntos. Mejor de cómo nos criaron.

—¡Bravo! —dice Isabella.

—¿Qué tal un baño, Nic? —le pregunta Adriano a su hijo.

—¡Sí!

—El deber me llama. —Adriano esboza una sonrisa y luego lleva a Niccolo a la piscina.

Isabella se inclina cerca de mí. —Tengo algo que decirte, pero quizá solo a ti por ahora.

El pánico sigue siendo mi primera respuesta a las noticias, pero intento moderarlo. —Vale. ¿Pasa algo malo?

Suspira, intentando contener un gesto de hartazgo. Me conoce demasiado bien. —Matteo no es el único que va a tener un hermano o hermana, aunque el de Elio llegará en febrero.

Una oleada de emoción me recorre por completo. Orgullo. Alegría. Amor más allá de lo imaginable. La atraigo hacia mí. —Otro Dante. Quizá una hija esta vez. Una con tu ingenio rápido y tu lengua afilada.

—Que Dios nos pille confesados. —Isabella se ríe.

Miro a mi familia a mi alrededor. Isabella y Elio, mis razones de ser.

Mis hermanos, con sus cónyuges e hijos.

No me merezco a ninguno de ellos, pero estoy jodidamente agradecido por su amor y su paciencia.

Gracias a ellos tengo una vida, un propósito y una felicidad sin igual.

Si Alessandro e Isabella te han dejado sin aliento, el resto de la Dinastía Dante te está esperando.

Hermanos. Ejecutores. Herederos.

Mujeres que nunca deberían tocar.

Secretos que podrían destruirlos.

Bebés que lo cambian todo.

Enemigas que se convierten en esposas.

Y reyes de la mafia que quemarán el mundo antes de dejarla marchar.

Cada hombre Dante tiene una debilidad.

Y una vez que la encuentra…

Que Dios ayude a cualquiera que intente arrebatársela.