20. Alessandro
ALESSANDRO
Me despierto con otro cuerpo pegado al mío. Por un momento, me siento desorientado hasta que los sucesos de anoche regresan en tromba.
Isabella.
Mi esposa.
Está acurrucada contra mí. El sueño ha suavizado sus rasgos, borrando la expresión precavida que suele llevar. Parece tan joven. Tan vulnerable. Siento que me invade la culpa, pero también una protección feroz.
Mía.
La sábana se ha deslizado, revelando la curva de su hombro, bajando por su costado hasta la cadera.
Pequeños hematomas de mis dedos aparecen en su piel.
Las rojeces de donde mis labios succionaron muestran dónde la he marcado como mía.
Los recuerdos de la noche anterior se filtran en mi mente al despertar y comienzan a avivar la necesidad de tenerla de nuevo.
Recorro su hombro con el dedo, saboreando la suavidad de su piel. Se agita ligeramente, pero no se despierta mientras se aprieta más contra mí.
Se suponía que esto no debía pasar. Ella debía ser una transacción comercial, no una necesidad absorbente que destroza mi control.
Me inclino hacia abajo, incapaz de resistirme a presionar mis labios contra su hombro. Mi mano se desliza sobre la curva de su cadera, recordando cómo se sentía al agarrarla de ahí mientras me hundía en ella.
Se le entrecorta la respiración, aunque mantiene los ojos cerrados. Sé que está al borde del despertar y que debería parar. Dejar que descanse. Estará dolorida después de lo de anoche.
En cambio, mi boca viaja hasta su cuello, y luego al punto sensible detrás de su oreja que la hizo gemir anoche. Mi moderación se desmorona cuando mi mano se mueve para rodearle un pecho, sintiendo el pezón endurecerse contra mi palma.
¿Qué tiene ella que destruye mi autocontrol? He tenido mujeres hermosas antes. He tenido noches apasionadas que me dejaron satisfecho. Pero esta necesidad que roza la desesperación es una locura. Aterradora. Eléctrica.
Le doy la vuelta para que quede boca arriba, observando cómo sus ojos se abren con languidez, la confusión dando paso al reconocimiento y después al ardor. Esta mujer que me desafía, que se me resiste, que se me entrega... se está convirtiendo en mi debilidad. Es un motivo más para parar.
Le separo los muslos, dejando un rastro de besos por su vientre. Su piel está caliente bajo mis labios. Se mueve debajo de mí, medio dormida, pero su cuerpo sabe lo que viene. Cuando mi boca encuentra finalmente su clítoris, arquea ligeramente la espalda separándola de la cama.
—Alessandro... —Mi nombre escapa de sus labios, aunque sigue con los ojos cerrados.
Me tomo mi tiempo explorándola con la lengua, saboreando su gusto, la forma en que sus muslos tiemblan contra mis hombros. Sus gemidos silenciosos llenan la habitación mientras trabajo su cuerpo.
Hay algo embriagador en extraer placer de su cuerpo semiconsciente. ¿Pensará que está soñando? ¿O simplemente se está entregando de nuevo?
Cuando le introduzco dos dedos, está empapada y lista, con sus músculos internos apretándose a mi alrededor. Curvo los dedos hacia arriba, encontrando ese punto que la hace jadear, y aumento la presión de mi lengua contra su clítoris.
Su orgasmo llega, una ola intensa que la hace gritar, con el cuerpo estremeciéndose. El sabor de sus jugos es divino, y sigo dándome un festín, prolongando su placer hasta que se queda temblando.
Abre los ojos de golpe. Su mirada se cruza con la mía mientras sigo trabajando en ella durante las sacudidas posteriores, con el rostro aún entre sus muslos.
—No pares —gime.
Me elevo sobre ella, situándome a su entrada. Sus ojos no se apartan de los míos mientras empujo dentro de ella en una estocada larga y lenta. La sensación es abrumadora; un calor estrecho y húmedo me envuelve por completo.
—Joder —apoyo mi frente contra la suya—. Qué jodidamente bien.
Sus piernas se envuelven alrededor de mi cintura, atrayéndome más profundamente, y suelto el poco control que me queda. La tomo con fuerza y rapidez, impulsado por una necesidad salvaje e incontrolable.
—Sí —repite ella cada vez que me hundo en su interior.
Me vuelve loco. No tengo suficiente. No es lo bastante profundo. No es lo bastante rápido.
Sé que debería ir más despacio. Ser más cuidadoso. Su cuerpo debe de estar resentido después de lo de anoche.
Pero ella me agarra las caderas, se mueve conmigo, y me siento impotente para hacer otra cosa que no sea buscar el clímax.
—Dime si te hago daño —logro decir.
—No lo harás —dice ella, elevando las caderas para encontrarse con las mías.
Envalentonado, engancho mi brazo bajo una de sus rodillas, cambiando el ángulo y penetrando más hondo.
Su jadeo me indica que he encontrado el punto exacto. Me concentro ahí, observando su rostro mientras el placer se apodera de ella, la forma en que entreabre los labios, el rubor que se extiende por sus mejillas.
—Alessandro —suspira, y algo en la forma en que pronuncia mi nombre me descoloca. Esto no es como el reclamo frenético de anoche. Esto es intenso, pero más profundo. Peligroso. La conexión se siente demasiado íntima, demasiado real.
Quiero apartar la mirada, romper el hechizo. Pero no puedo.
Sus dedos se entrelazan en mi pelo, tirando de mí hacia abajo hasta que nuestras frentes se tocan.
Su cuerpo se tensa alrededor del mío, atrayéndome más hacia su interior, empujándome al abismo, enviándome a una bruma de dicha. Bombeo dentro de ella, deseando que las sensaciones duren para siempre, sin querer parar nunca.
Pero, al final, el agotamiento me vence y me desplomo sobre ella.
Durante un momento, permanecemos conectados, con mi peso apoyado en los codos.
Sin pensarlo, presiono mis labios contra los suyos, no con pasión, sino con algo más profundo que me aterra.
La ternura es una debilidad. Una debilidad que no puedo mostrar ante la hija de mi enemigo.
Me bombardean impulsos duales: uno de estrecharla entre mis brazos y otro de salir huyendo. Cuando suena mi teléfono, el alivio me recorre. Tengo una excusa para desentenderme.
—Ignóralo —murmura Isabella, anidándose más cerca de mí.
Pero es el tono de llamada de Adriano, y nada, ni siquiera una luna de miel o un sexo alucinante, puede tener prioridad.
—No puedo. —Me alejo de ella, odiando lo que se siente al perder su calor contra mí.
Cojo el teléfono de la mesita de noche. Más vale que sea importante.
Isabella me observa desde la cama, con la sábana cubriéndola ligeramente, su expresión aún es de satisfacción. Verla así hace que me cueste concentrarme en la voz de Adriano.
—Nos han dado —dice Adriano—. Ataques coordinados en tres operaciones distintas.
Así, sin más, el hechizo se rompe. La rabia surge. Los planes de represalia llenan mi mente. ¿Bajas?
—Dos de nuestros hombres en los muelles. Por lo demás, daños mínimos. Luca y Cristian han conseguido contener la mayor parte. No creo que esperasen a Luca, y ya sabes cómo es él.
Lo sé. Luca no tiene suficiente instinto de supervivencia y le sobra confianza y sed de sangre. Fue eso lo que hizo que lo exiliaran de la familia. Pero lo hacía eficiente cuando se necesitaba violencia. Y aterrorizaba a otras familias.
—¿Cómo cojones ha pasado esto? —Ya me estoy poniendo la ropa con una mano—. ¿Quién sabía lo de las tres operaciones?
Hay una pausa en la línea. Esa es la cuestión. El único cambio reciente en nuestros protocolos de seguridad fue...
—La alianza con los Vitale. —Mis ojos se clavan en Isabella, que se endereza al oír mi tono. Una oscura sospecha florece en mi pecho. El momento es demasiado perfecto. Estoy en la otra punta del mundo en mi luna de miel, distraído con mi nueva esposa.
—La información ha tenido que salir de dentro —confirma Adriano—. Y las únicas personas que han tenido acceso reciente a nuestro círculo íntimo...
—Son los Vitale. Hijo de puta. Niego con la cabeza ante mi estupidez. Si mi padre estuviera aquí, me pegaría un tiro él mismo por haber bajado la guardia. Voy a volver. Mira cuánto tiempo pueden quedarse Luca y Cristian.
Cuelgo, mirando de hito en hito a Isabella. Se ha subido más la sábana, cubriéndose como si presintiera el cambio en mi actitud.
—¿Qué pasa?
No quiero creer que ella pueda estar implicada en esta traición. Pero no me criaron para confiar. Me criaron para sobrevivir.
—¿Tú lo sabías? —Mi ira resuena en la habitación—. ¿Sabías lo que planeaba tu padre?
Isabella se amilana. Sus ojos se agrandan con una confusión que parece genuina—. ¿De qué estás hablando?
—No te hagas la tonta —gruño, luchando contra el impulso de creer que realmente no sabe nada—. Tu familia acaba de atacar tres de mis operaciones simultáneamente. El momento es perfecto, ¿verdad? Sacarme de Nueva York, distraerme con... —La señalo a ella entre las sábanas revueltas.
Su rostro pierde el color, y por sus ojos pasan el asombro, el dolor y, luego, la rabia—. ¿Crees que me acosté contigo como algún tipo de distracción?
—Dime por qué no debería pensar eso.
Se levanta de la cama, arrastrando la sábana con ella—. Porque esta luna de miel fue idea tuya, Alessandro. Tú me trajiste aquí. Tú elegiste Capri. —Su voz se vuelve más fuerte, más airada—. Y, si mal no recuerdo, yo no quería que me tocaras.
Tiene razón. Tuve que esforzarme mucho para seducirla, pero eso no significa que no estuviera al tanto de las acciones de su padre.
—Y, por último, porque mi padre nunca ha compartido sus negocios conmigo. Jamás. Me criaron para estar guapa y mantener la boca cerrada. Mi único trabajo es ser la novia perfecta de la Mafia.
La amargura de su tono me hace dudar.
—Por lo que yo sé —continúa ella—, esto podría ser un montaje elaborado tuyo para justificar el asesinato de mi familia.
Me paso una mano por el pelo, con el conflicto interno destrozándome. Pero pronto recuerdo que este tipo de indecisión es exactamente lo que va a arruinarme, lo que hará que nos maten a mi familia y a mí.
—Vístete —digo con frialdad—. La luna de miel se ha acabado.
Ella levanta la barbilla con aire desafiante—. ¿No me crees?
—Que te crea o no es irrelevante. Mis negocios han sido atacados. Tengo que ocuparme de ello.
La observo recoger su ropa, esforzándose por mantener la dignidad, aceptando una vez más que tiene poca capacidad de decisión en nuestro mundo.
Una vez más, me pregunto si estoy siendo irracional.
Marco no le habría contado su plan, aunque solo fuera para asegurarse de que ella no me lo dijera.
Pero sé que Marco solo la ve exactamente como ella ha dicho: como un activo.
Él no la consideraría digna de conocer sus negocios.
Tomo una decisión que podría salvarme o destruirlo todo. Elijo creerte, Isabella. Por ahora. No hagas que me arrepienta.
—No necesito que me creas —dice Isabella con voz tensa—. Pero merezco tu respeto.
La observo un momento, preguntándome cómo me perdí en ella anoche y cómo ahora, hoy, hemos vuelto al punto en el que estábamos cuando pronunciamos nuestros votos. Distantes. Fríos.
Por un instante, considero atraerla hacia mí, saborear esos labios una vez más antes de tener que volver por completo a la realidad.
En lugar de eso, digo: Cuando lleguemos a Nueva York, las cosas se complicarán. La gente cuestionará tu lealtad. Te vigilarán.
Ella levanta la barbilla—. Estoy acostumbrada a que me vigilen.
—Esto es diferente. Si mis hombres encuentran el más mínimo indicio de que nos has traicionado...
—No lo encontrarán —me interrumpe ella—, porque no lo he hecho.
Busco en su rostro algún engaño. Todo lo que veo es dolor y rabia—. Te creo. No hagas que me arrepienta.