El heredero de mi padre (Una pasión secreta) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Veo a una pareja discutiendo al bajar del coche en el aparcamiento de la universidad.

Conozco a la chica; se llama Olivia. Compartimos algunas asignaturas.

Estoy a punto de dirigirme hacia los pasillos, ignorándolos, cuando lo veo agarrarla del brazo y obligarla a subir al coche.

¿Qué se cree que está haciendo este idiota?

Corro hacia ellos.

—Oye, ¿no ves que ella no quiere ir? —Me coloco entre ellos.

—Métete en tus asuntos, chica. Esto es algo privado.

—Olivia, ¿quieres ir? —le pregunto sin apartar los ojos del idiota que tengo delante.

—No —responde con voz temblorosa—. No quiero ir.

—Olivia, estoy perdiendo la paciencia —veo la amenaza en sus ojos y en el tono de su voz.

—Yo la perdí hace mucho —entrecierro los ojos mientras lo miro fijamente—. Deja de intentar intimidarla.

—Ugo, ¡se acabó! Déjame en paz —suplica Olivia.

—¿Ves? No quiere ir.

—Olivia, no lo voy a repetir —otra amenaza del maldito cabrón—. Sube al coche. Ahora.

—¿Sabes en qué soy realmente buena, gilipollas? —pregunto, mirándolo directamente a los ojos—. En gritar. Intenta obligarla a subir a tu coche y montaré una escena. Sé perfectamente que a los niños pijos como tú os horrorizan los escándalos.

El idiota gruñe de rabia, pero sube a su Ferrari rojo y se larga a toda velocidad.

—¡Gracias! —dice Olivia. Tiene los ojos llorosos—. Te llamas Chiara, ¿verdad?

—Sí. Y no tienes que dármelas.

—Fui muy clara al terminar nuestra relación, pero él no parece querer aceptarlo.

—Ten cuidado —le aconsejo.

—He empezado a ir con guardaespaldas, por insistencia de mi padre, desde que Ugo comenzó a acosarme. Hoy les pedí a los hombres que trabajan para mi familia que me dieran un poco de espacio. Pensé que me había dejado en paz, ya que llevaba dos semanas sin saber nada de él.

Caminamos juntas hacia nuestra primera clase de la tarde.

—Perdona que pregunte... —digo, vacilante—. Y no tienes que responder si no quieres. Pero ¿qué pasó?

—Mientras me engañaba y me humillaba, lo perdoné porque lo amaba, pero cuando recibí la primera bofetada, decidí que no quería eso para mí.

—¿Te pegó? —pregunto, sintiendo una mezcla de incredulidad e indignación.

—Sí. Tirones de pelo y bofetadas en la cabeza para no dejar marcas. Es de una familia influyente, y si lo arrestan o algo así sale en los medios, su padre lo mata.

—¡Lo siento mucho! —digo con sincero pesar.

—Solo quiero alejarme de él, ¿sabes?

—¿Tu padre sabe que te pegó?

—No. Solo sabe que él no quiere aceptar la ruptura.

—¿Por qué no se lo dices?

—Vergüenza —dice, y veo tristeza en sus ojos—. Mi padre es socio del suyo, pero nunca quiso nuestra relación. Lo que más lamento es no haberle hecho caso.

Llegamos frente al aula donde tenemos clase. Miro la pantalla del móvil y me doy cuenta de que llegamos cinco minutos tarde.

Respiro hondo. Odio dar motivos para que me regañen.

—¡Disculpe la tardanza, profesor! —digo avergonzada.

—¡Disculpe, profesor! —dice Olivia.

—No suelo tolerar retrasos en mis clases, pero como no recuerdo que les haya pasado antes a ninguna de las dos, lo pasaré por alto esta vez. Que no vuelva a ocurrir.

Entro en el aula y Olivia me sigue.

—Llegaste tarde por mi culpa —dice Olivia—. ¡Lo siento!

—No fue culpa tuya —respondo con sinceridad.

Pasan las horas. Estamos esperando al profesor de nuestra última clase. Olivia saca dos barritas de chocolate y me ofrece una.

—Gracias, pero no puedo.

—¿Estás a dieta? —pregunta.

—Ojalá. Soy alérgica a algunos alimentos, entre ellos la leche, y este chocolate tiene una pinta increíble.

—¿En serio? No sé qué haría yo sin chocolate.

Olivia vuelve a guardar las dos barritas en el bolso.

—Puedes comerte tu chocolate —digo—. No te cortes por mí. Lo de que tenía buena pinta era broma; ya estoy bastante acostumbrada.

—¡Ni hablar! —dice—. Puedo tomarlo en otro momento.

El profesor entra en el aula y comienza la clase.

—De las cosas que no puedes tomar, ¿qué es lo que más echas de menos? —pregunta Olivia en un susurro para que el profesor no nos oiga.

—Muchas cosas —respondo con voz casi inaudible—. Me encantaría entrar en una pastelería y pedir distintos tipos de tartas y dulces.

—¿A qué más eres alérgica?

—A la harina de trigo, los frutos secos y los cacahuetes, además de a algunos medicamentos.

Al final de la clase, camino con Olivia hasta el coche donde la espera su conductor.

—¡Gracias de nuevo, Chiara! —dice Olivia.

—¿Me prestas tu teléfono?

Hace lo que le pido.

Marco mi propio número y me envío un mensaje a mí misma.

—Guardaré tu contacto. Haz lo mismo y llámame si necesitas cualquier cosa.

—De acuerdo.

Me despido de Olivia y camino hacia mi coche.