CAPÍTULO 15
Mi padre no tiene ni idea de cómo me ha jodido al mostrar esas imágenes delante de Chiara. No puedo culpar al viejo: ya había dejado claro que no quería que ningún miembro de la familia Makris hiciera ese tipo de cosas en las instalaciones del hotel.
Hace unos meses, Apollo llevó a una chica menor de edad al hotel. Los grabaron en el ascensor y, aunque había sido consentido, los padres de la chica se pusieron furiosos y lo denunciaron. Las consecuencias para el hotel y nuestra familia fueron terribles, y desde entonces mi padre nos ha prohibido hacer nada parecido.
Incluso tensó la relación de mi padre con algunos accionistas.
Por suerte, cuando estuve en el hotel con Chiara, Cristian borró las imágenes antes de que mi padre o cualquier accionista pudiera verlas.
Si Cristian borró las imágenes de nuevo, ¿quién se las mostró a mi padre?
Intento levantarme del sofá rápidamente para que Chiara no vea las imágenes en el teléfono de mi padre, pero es demasiado tarde.
Ver la expresión de decepción en su rostro me rompe el corazón.
Justo cuando las cosas empezaban a funcionar y ella estaba bajando la guardia, pasa esta mierda.
Me siento angustiado e intento hablar con ella, pero cuando me doy cuenta de que voy a tener que irme sin poder explicarme, pierdo el control y golpeo la pared.
Los nudillos me empiezan a sangrar.
—¡Mira lo que has hecho! —protesta Chiara, acercándose—. Está cortado e hinchado.
Entra en la habitación, vuelve con una toalla húmeda y me la envuelve alrededor de la mano.
—Hay que ponerle hielo —dice, y corre hacia las escaleras.
—¡Eres un idiota! —maldice Atlas—. Es obvio que la chica te afecta, pero eres demasiado cobarde para admitirlo y acabas liándote con otras.
—No te metas, Atlas.
—No vas a ser un cabrón con ella —dice, y me empuja.
—¿Por qué te alteras tanto? ¿Tú también la quieres, como Apollo?
—¿Ves? Eres un puto idiota y un gilipollas.
Empujo a Atlas y él me devuelve el empujón.
—¿Qué os pasa a vosotros dos? —Chiara regresa con una bolsa de hielo en la mano—. ¿Cuándo os habéis convertido en dos salvajes?
Me quita el paño de la mano y me da el hielo.
—No te pego solo porque tienes la mano herida y no soy un cobarde —dice Atlas, y me fulmina con la mirada antes de marcharse.
Chiara camina hacia la puerta del dormitorio.
—Chiara... —la llamo.
—Eros, no —le sale la voz ahogada—. Todavía no quiero hablar contigo —dice sin mirar atrás, y cierra la puerta con llave.
Derrotado, bajo las escaleras.
Cuando llego al jardín, veo que mi padre y Atlas ya están en el coche.
Subo y me siento en el asiento trasero sin despedirme de nadie.
—Te llamaré —le dice mi padre a Paola, que está de pie frente a la puerta del conductor.
—De acuerdo —fuerza una sonrisa—. Intenta mantener la calma.
—Lo intentaré —responde mi padre.
Da marcha atrás y salimos de casa de Elena y Matteo.
—¿Qué te ha pasado en la mano? —pregunta mi padre.
—Nada que te importe —respondo con brusquedad.
—Ya que hablamos de preocupaciones, no soy idiota. Sé perfectamente lo que está pasando, Eros, pero no voy a permitir que hagas nada con esa chica y arruines mi matrimonio.
—¿Así que decidiste liarla parda aunque lo sabías? —pregunto irritado.
—No lo sabía hasta ese momento. Me di cuenta cuando vi la tristeza en los ojos de la chica, pero lo habría dicho de todos modos. ¿Crees que puedes ser un cabrón con la hija de mi esposa y salirte con la tuya?
—Da igual —pongo los ojos en blanco—. Gracias a ti, ya no querrá saber nada de mí.
—¡NO TIENE QUE QUERER NADA! ¡VAIS A SER HERMANOS! —grita.
—¡NO TENEMOS LAZOS DE SANGRE! —le grito perdiendo los estribos—. CHIARA NO ES MI HERMANA.
—Escúchame, mocoso... —me mira por el espejo retrovisor—. Si no terminas lo que sea que tengas con esa chica, te quedas en Grecia, ¿entendido? Tampoco te quiero en mi boda.
No respondo. Prefiero no seguir con la discusión: sé que no llevará a ninguna parte.
Hacemos el resto del trayecto en silencio.
Cuando llegamos al hotel, mi padre va directo a Cristian.
—Te quiero en mi despacho —dice, y veo a Cristian tragar saliva.
Los sigo. No puedo dejar que el hombre pague por mi error.
—¿Qué haces aquí? —pregunta mi padre cuando me ve entrar en el despacho.
—Sé que esto es por mí, así que quiero estar presente.
—Como quieras —dice mi padre con indiferencia.
Se sienta en su silla.
—Cristian, uno de los accionistas me envió una imagen de las cámaras de seguridad en la que se ve a Eros con una mujer en un momento íntimo en nuestro ascensor. ¿Por qué me llegaron estas imágenes a través de un accionista y no a través de ti?
—Señor... —Antes de que Cristian pueda dar explicaciones, lo interrumpo.
—Esta mañana me estaba echando un sermón y dijo que iba a contártelo. Solo le pedí que esperara hasta que volviéramos de casa de la hija de Paola —miento, pero es por una buena causa.
Mi padre guarda silencio, como si lo estuviera meditando. Temo que le pregunte a Cristian y este me contradiga, pero mi padre no dice nada más.
—Cristian, si algo así vuelve a suceder, quiero que me informes inmediatamente. ¿Entendido?
—Sí, señor.
—Podéis iros los dos.
Salgo del despacho con Cristian, todavía sintiéndome culpable y avergonzado por haberle causado problemas.
—Cristian, ¡perdona otra vez! No pretendía causarte problemas.
—¡No pasa nada! Pero, por desgracia, no podré volver a hacer algo así, por las razones que ya conoces.
—No te preocupes, no volverá a pasar —digo avergonzado—. No haré nada más que pueda perjudicarte.
—De acuerdo —fuerza una sonrisa—. ¿Qué te ha pasado en la mano?
—Un arrebato de rabia. Le di un puñetazo a una pared.
—Tienes que ir al médico. Está hinchada —me aconseja.
—Nuestro vuelo sale en dos horas. Si no mejora, iré al médico en Grecia.
—Tengo una pomada muy buena en la sala del personal. Si quieres, te la subo a la habitación.
—¡Gracias, Cristian! Subo a ducharme.
Entro en mi habitación, me siento en la cama y recuerdo la mirada de decepción que vi en el rostro de Chiara.
¡Qué lío he montado!
La verdad es que en el último mes rechacé a varias mujeres de mis contactos.
Siempre estaba demasiado cansado, me faltaba paciencia o simplemente no tenía ganas.
Sinceramente, pensaba que nada de eso tenía que ver con Chiara. Sin embargo, después de lo que pasó ayer con Yuna, empiezo a darme cuenta de que esa chica me afecta mucho más de lo que imaginaba.
Y yo aquí pensando que solo era curiosidad por cómo pasó todo.
Me ducho y, al volver a la habitación, veo que Cristian ha dejado la pomada en la cama.
Me visto, meto en la maleta algunos objetos personales que estaban esparcidos por la habitación, me aplico la pomada de Cristian y bajo a esperar en el vestíbulo del hotel a las dos personas que más deben odiarme en el mundo ahora mismo, además de Chiara.
—¡Cristian! —levanto la mano con la pomada—. ¡Ya me la he aplicado, gracias!
—Puede quedársela, señor Eros —dice educadamente—. Tengo otra en casa que nunca he usado. Aplíquesela todos los días y el dolor debería desaparecer pronto.
—¡Gracias, Cristian!