El hambre del alfa (Alfas dominantes nº 1) 7
47%

7

Soñó que Ashley se inclinaba sobre él, susurrándole algo seductor al oído. Le desabrochaba los vaqueros, deslizaba la mano en la abertura y le agarraba el miembro.

Gimió en voz alta y el sonido de su propia voz lo despertó de golpe. Parpadeó, todavía envuelto en la bruma del sueño. La luz se filtraba a través de las cortinas de la habitación del motel.

Tenía la polla dura y... oh, Dios.

Ashley la tenía agarrada y se la acariciaba de arriba abajo.

Estaba tumbado de lado y ella se apretaba contra su espalda, su cuerpo suave amoldado al de él. Gimió de nuevo.

—¿Qué estás haciendo? —graznó.

—Los humanos lo llamamos paja —bromeó ella, con un tono de voz que sonaba como un hechizo embriagador susurrado al oído—. Pero estoy dispuesta a subir la apuesta.

Se arrastró sobre él y le quitó los vaqueros.

Se vio incapaz de apartarla, ni siquiera de pedirle que parara. Estaba mal, muy mal, pero lo deseaba, deseaba cualquier cosa que ella estuviera dispuesta a darle.

Ella volvió a su polla, agarrándola con una mano mientras acercaba los labios.

Él se estremeció antes de que ella siquiera lo tocara, con la piel anticipando su húmedo calor.

Extendió la mano y agarró el cabecero para no tocarla, cerró los ojos para no verla.

Las caderas se le sacudieron en el momento en que ella lo envolvió con la boca.

—Oh, jodeee... —Cortó la maldición, sin querer ser grosero. Ella merecía algo mejor que eso. Merecía un macho mucho mejor que él.

Los labios de ella se cerraron alrededor de la cabeza de su polla, con la lengua trazando círculos en el borde.

Los dedos de los pies se le flexionaron involuntariamente, las piernas se le estiraron, las nalgas se le apretaron mientras su virilidad se erguía aún más, creciendo para ella.

Ella lo agarró con ambas manos, deslizándolas arriba y abajo mientras se metía y sacaba la cabeza de su polla de la boca, dando la sensación de que se lo había tragado entero.

Los dientes de ella lo rozaron más de una vez, con la mandíbula demasiado pequeña para su grosor, pero no le importaba. Quería que continuara para siempre. Quería que parara de inmediato. Necesitaba reclamarla. No. Sacudió la cabeza, reprimiendo a la bestia.

Ashley continuó con su meticulosa tortura, tarareando contra su piel, lamiendo, chupando. Los nudillos se le pusieron blancos en el cabecero, con los músculos en tensión.

El semen le subió por el miembro.

—Oh, Dios —se atragantó—. Me corro.

Ashley no apartó la boca de su polla, aceptando su ofrenda con gracia femenina y tragando con una sonrisa satisfecha.

La volteó boca arriba y se abalanzó sobre ella, cubriéndole el cuerpo con el suyo. Su polla, todavía dura a pesar de haberse corrido, encontró la húmeda entrada y ya estaba presionando para entrar antes de que el cerebro le volviera a funcionar.

Apártate de ella.

Parpadeó, meciéndole las caderas para que la punta de su polla la penetrara. Oh, aleluya. Nada se sentía más dulce que abrirse paso entre sus labios internos por primera vez.

No.

Reunió toda su fuerza de voluntad y se apartó de ella de un tirón.

Contrólate, Stone. Se deslizó hacia abajo, le apartó las bragas a un lado y la lamió por dentro.

Ella separó los muslos y levantó las rodillas para hacerle sitio.

Las caderas se le arquearon, el vientre plano le tembló al roce de su lengua.

Tenía un coño cuidadosamente recortado: pequeño y hermoso.

Se detuvo. De repente, sus pensamientos tomaron una dirección que lo dejó helado.

—¿Para quién te lo depilas así? —exigió, sin lograr sonar casual.

—Para ti —dijo ella con voz espesa, moviendo las caderas pidiendo más.

Frunció el ceño.

—No, en serio. ¿Para quién?

Ella se apoyó en los antebrazos, con el ceño fruncido por la interrupción, o tal vez porque él no tenía derecho a preguntar.

—Para mí misma. Me gusta así, ¿vale?

Se relajó y le apoyó la yema del pulgar en el clítoris, haciéndolo vibrar suavemente.

Ella se sacudió y gimió algo incomprensible.

Le inmovilizó las caderas, le separó los labios internos y le trazó la húmeda abertura. Ella soltó un grito ahogado cuando se deslizó dentro, un gemido de necesidad que hizo que su polla se enfureciera de estar tan lejos.

Con la palma de la mano le frotó el sensible botón mientras se deslizaba dentro y fuera con el pulgar, sujetándola todavía mientras ella se retorcía bajo sus atenciones. Cambió de dedos, deslizó dos dentro y le pasó la lengua por el clítoris.

Ella le tiró del pelo, le apretó las rodillas alrededor de las orejas y soltó un grito gutural.

Lo receptiva que era casi lo llevó al límite: estaba tan hermosa con el cabello extendido sobre la almohada, el cuerpo esbelto ondulándose y arqueándose bajo sus manos.

Trazó un círculo lento alrededor del clítoris con la lengua y luego lo chupó.

Le metió tres dedos en el empapado coño, luego formó un cono con los dedos y el pulgar y lo bombeó dentro y fuera, abriéndola para él.

Ella enloqueció, con los ojos en blanco y las uñas hundiéndosele en los hombros mientras se corría, frotándose el clítoris contra su cara.

Continuó penetrándole el apretado coño hasta que el aleteo de los músculos alrededor de sus dedos cesó y ella se desplomó de nuevo en la cama.

Debía de haber empezado a transformarse, listo para marcarla, porque se dio cuenta de que su visión había cambiado. Se arrastró hacia atrás, salió de la cama y fue a la ducha, donde abrió el agua fría. Se quitó la ropa, se metió y puso la cara y la polla bajo el chorro helado.

Maldición. La mamada no le había aliviado el calentón ni un poco. El agua corría sobre su cuerpo acalorado, enfriándole la piel pero no el ardor interno. La polla apenas se le desinfló. Abrió la cortina de la ducha de un tirón cuando terminó y pasó junto a Ashley, que entraba al baño sonrojada.

Era un imbécil. Ni siquiera sabía cómo ser amable con una mujer, especialmente con una a la que quería follarse de todas las maneras posibles, o como fuera el dicho. Oyó la ducha empezar e ignoró las ganas de su polla de volver corriendo a unirse a ella.

El sonido del teléfono de ella lo sacó de su bruma lujuriosa. Se lanzó hacia el bolso, lo sacó y corrió al baño. Cerró el agua de la ducha y le tendió el teléfono.

Ella lo agarró, con los ojos muy abiertos y asustados.

—¿D-diga?

Oyó la voz electrónica con claridad, con el oído mucho más sensible que el de un humano.

—Medianoche, aparcamiento de la terminal de autobuses Greyhound del centro.

—Val...

La línea se cortó antes de que ella pudiera hablar. No sabía cómo funcionaba para Zolla, pero si necesitaba que la llamada durara cierto tiempo, habían fallado.

La mano de Ashley, goteando, temblaba mientras le devolvía el teléfono, con el rostro pálido.

Quería decirle que todo saldría bien, pero ni él mismo se lo creía, y nunca había sido de los que mienten. Se limitó a asentir con la cabeza y cerró la cortina de la ducha.

Ashley picoteaba la comida. Hasta la tostada le parecía demasiado pesada para el estómago revuelto que tenía.

Zolla, el amigo de Ben, no había conseguido localizar la llamada, así que no estaban más cerca de recuperar a Melissa que la noche anterior.

Ben permanecía en silencio, con el plato ya vacío, observándola con esa mirada sombría suya.

Si no lo conociera, pensaría que estaba enfadado con ella, pero a estas alturas ya se había acostumbrado a sus ceños fruncidos y sus miradas oscuras.

Pasara lo que pasara por esa cabeza suya, fueran cuales fueran sus misteriosos pensamientos, estaba bastante segura de que le caía bien.

Lo cual no significaba que se sintiera más segura ni más confiada a su lado.

No sabía por qué no se había acostado con ella, ni por qué parecía casi molesto por la mamada que le había hecho, pero había notado que, a pesar del orgasmo, la seguía teniendo bien tiesa. Quizás el sexo era diferente para los cambiantes.

—¿Crees que está bien? —preguntó.

Él frunció los labios.

—No sé qué pensar. Lo bueno es que parece que todavía quieren mi portátil. Supongo que tendremos que averiguar por qué.

Ben levantó la mano a modo de saludo y ella se giró para ver a Zolla, su amigo, que cruzaba el restaurante hacia ellos. Se hizo a un lado para dejarle sitio en el reservado, pero Ben negó con la cabeza de inmediato.

Zolla pareció entenderlo. Le indicó el otro lado con un gesto cortés.

—Seguro que prefieres sentarte con Ben —dijo.

Ella miró de un lobo al otro, se encogió de hombros y se levantó para sentarse junto a Ben.

—Así que decías que tenemos que averiguar por qué quieren tu portátil —dijo Zolla.

—¿Cómo has podido oír eso desde el otro lado del restaurante? —preguntó ella, pensando que debía de leer los labios o algo así.

Zolla sonrió con suficiencia.

—Oídos de lobo. Para oírte mejor.

Ella se rio y Ben la miró de reojo, como si no debiera reírse de los chistes de otro hombre.

Una camarera se acercó y Zolla pidió un café.

—Entonces, ¿qué hay en el portátil?

Ben se encogió de hombros.

—Es mi punto de acceso a todo, pero no guardo nada importante en él. Se me ocurre que podrían ir detrás de mis contraseñas. ¿Podría un hacker sacar esa información de mi ordenador?

Zolla asintió.

—Sí. Yo configuré la seguridad inicial del sistema de tu hermano. Lo diseñé para que fuera imposible de hackear desde fuera. Si todo sigue igual, entonces sí, tu portátil, y solo tu portátil, les daría lo que necesitan para entrar.

Su expresión se ensombreció.

—Ni siquiera Jack tenía acceso universal, aunque me lo pidió más de una vez.

—A mí también me lo pidió —murmuró Ben.

Zolla le lanzó una mirada penetrante y Ben inclinó la cabeza apenas un milímetro.

—Es posible —dijo Ben.

—¿Que Jack esté detrás de esto? —preguntó ella, intentando descifrar la conversación tácita.

Ben asintió una sola vez.

—¿Qué averiguaste de la matrícula?

—Está a nombre de un tal Dan Walker. Un matón de manual: varios delitos menores, uno grave por robo de coches. Seguramente no es el cerebro de todo esto, sino un esbirro a sueldo.