El guerrero de Lochlen (Serie Los indomables Kincaid nº 9) Capítulo 8 #4
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Capítulo 8 #4

Brodie abrió mucho los ojos y, tras unos segundos, se levantó y volvió a la chimenea antes de volverse para mirarla. Tenía los labios apretados de una forma que parecía indicar que desaprobaba tal franqueza.

—Así es Dunlop, pero yo no soy así.

Deslizándose hacia el borde de la cama, Marsaili se deshizo en silencio la trenza y luego se quitó toda la ropa, excepto la camisa de dormir. A continuación, se metió bajo las sábanas y se giró de lado, dándole la espalda.

Brodie se limitó a mirarla con incredulidad, contento de que ella no pudiera verlo totalmente desconcertado.

—¿Es porque Dunlop dijo que amaba a Celyn y yo no te he dicho lo mismo? Porque tú tampoco me has dicho esas palabras.

Se dio la vuelta y entrecerró los ojos.

—¿Es eso lo que has estado esperando? ¿No las dirás hasta que yo lo haga?

Prácticamente lo estaba llamando cobarde.

—No te he dicho que te amo porque, sinceramente, no sé lo que es el amor. ¡Nunca me he enamorado antes!

—¡Pues yo tampoco! —replicó él con brusquedad.

Técnicamente, no había gritado su respuesta, pero sus ojos se habían oscurecido, lo que indicaba su descontento.

—Supongo que ahora tenemos muy claros nuestros sentimientos —dijo Marsaili con ligereza y volvió a darse la vuelta.

Brodie se pasó la mano por el pelo y empezó a dar vueltas.

—Honestidad y lealtad es lo que te puedo prometer, y espero lo mismo a cambio. Sé que quiero a mi madre aunque no la haya visto en años. Pero lo que siento por ti es muy diferente a eso.

Brodie dejó de dar vueltas y la miró. Ella le daba la espalda, pero él sabía que la estaba escuchando. Se sentó en el borde de la cama y enrolló suavemente un mechón de su cabello alrededor de su dedo.

Marsaili, pensó para sí mismo.

Se había convertido en algo más que un simple nombre para él. Se había convertido en sinónimo de consuelo, seguridad y pasión. Con ella, tenía todo lo que necesitaba.

—Nunca pensé que existieras. Antes de conocerte, era feliz, pero me sentía solo.

Incluso cuando estaba rodeado de mucha gente o de aquellos a quienes llamo amigos, me sentía solo.

Me había acostumbrado a ello. Entonces te conocí y, milagrosamente, me casé contigo, y de repente la vida cambió.

Tenía una compañera para toda la vida, y eso me asustaba.

Lo que más me aterrorizaba era la idea de perderte, y ese tipo de miedo nunca lo había conocido antes.

Llenas lugares de mi corazón que no sabía que estaban vacíos.

Eres todo lo que siempre quise en una pareja y más de lo que me atrevía a esperar.

Cuando dijo pareja, Marsaili giró la cabeza para poder mirarlo. Sus miradas se cruzaron y ella sintió en el corazón esa abrumadora calidez que había sentido aquella primera noche en que se quedaron solos en aquella pequeña cabaña.

Brodie vio el brillo constante de ternura y deseo en sus ojos. Sabía que ella veía la misma expresión reflejada en su propia mirada.

A medida que el significado de sus palabras calaba en su mente, Marsaili sintió como si la arrastrara una fuerte corriente y la llevara por el borde de una cascada emocional, sabiendo que él la atraparía.

—Lo único que sé es que cada vez que te veo, o estoy contigo, o te toco, mi alma ansía más.

Brodie observó cómo sus ojos se clavaban en los suyos.

Ella no dijo nada, pero su mirada estaba llena de un ansia que igualaba la suya.

Esa certeza lo sacudió y ya no pudo resistirse.

Se apoderó de sus labios y la besó con fuerza, reclamando su boca, mientras su lengua saqueaba la de ella.

Marsaili jadeó mientras él inclinaba su cuerpo sobre el suyo y, una vez encima, le agarró ambas manos entre las suyas.

Un suave sonido femenino se le escapó, y ella comenzó a corresponderle con cada movimiento de su lengua.

No había provocación ni seducción; la necesitaba ahora más que nunca. Aquel día habían pasado demasiadas cosas que podrían haberlos separado, pero ella seguía siendo suya y él seguía siendo suyo.

Lentamente, su boca comenzó a descender hasta encontrar su camisa.

—Vas demasiado arreglada —dijo él con voz ronca.

Ella se rió.

—Tú también.

Él se apartó un momento y se liberó rápidamente de su léine. Marsaili empezó a subir lentamente la camisa de lino blanco mientras admiraba su figura perfecta, con la mirada detenida descaradamente en su evidente excitación.

Impaciente por que ella terminara, le quitó la camisa por la cabeza antes de reanudar sus besos. Recorrió el valle entre los pechos de Marsaili antes de dar un rápido chupetón a cada uno de los capullos rosados. Las cimas se endurecieron hasta alcanzar la dureza de una piedrecita.

Su lengua trazó entonces un camino por sus costillas hasta su estómago. Ella se retorció bajo él, ansiosa por tocar su piel. Él soltó sus manos y estas se dirigieron inmediatamente a su espalda, amasando y arañando su piel y sus hombros.