31 SIN SOGA AL CUELLO
La sala de reuniones estaba vacía porque nadie sensato busca una sala de reuniones después de perder una semifinal.
Los sensatos duermen, insultan el techo o contestan mensajes de sus agentes con frases breves.
Los menos sensatos revisan una jugada en la cabeza hasta encontrar un error que ya no puede corregirse.
Los desesperados bajan al primer piso de un hotel de concentración, comprueban dos veces que no haya cámaras dentro, una vez que sí las haya fuera, y se presentan con dos acreditaciones colgando del cuello como si el plástico pudiera explicar algo que el cuerpo no sabe decir.
Yo era, aparentemente, la tercera categoría.
La sala olía a café frío, moqueta aspirada y rotuladores cerrados. En la pared quedaba una pantalla apagada. Sobre la mesa, tres botellas de agua perfectamente alineadas por alguien del hotel o por una versión mía que había pasado antes sin avisarme.
Las desordené.
No mucho.
Solo lo suficiente para que se notara que podía.
Yanis llegó siete minutos después.
Sin venda. Sin tape. Sin muleta. Con una sudadera del Olympique Phocéen, el pelo todavía húmedo de ducha y una expresión que no era victoria aunque acababa de llevar a su equipo a una final.
Se quedó en la puerta.
Yo no avancé.
Él miró mi cuello.
—¿Dos acreditaciones? Qué nivel. ¿Vienes a hablar conmigo o a inaugurar un aeropuerto?
Bajé la mirada. Llevaba la acreditación de partido y la de hotel, ambas colgando una sobre otra, como si necesitara demostrar que estaba autorizado a ocupar el espacio.
Me las quité despacio.
Las dejé sobre la mesa.
Yanis observó el gesto.
—¿Eso significa que no eres capitán ahora?
—Significa que intento no esconderme detrás de él.
No bromeó.
Ese fue el primer riesgo real de la noche.
Entró y cerró la puerta sin bloquearla. Correcto.
Necesario. Afuera, el pasillo seguía existiendo: cámaras de seguridad, personal de noche, algún jugador que podía bajar por hielo, algún periodista alojado dos plantas arriba fingiendo no buscar historias.
Dentro, solo nosotros, una mesa, dos acreditaciones y demasiado aire sin utilizar.
—Vi tu mensaje —dije.
—Era muy largo. “Bien” exigía mucha interpretación.
—Y el segundo.
No era para ellos.
Yanis metió las manos en los bolsillos de la sudadera.
—Tampoco era solo para ti.
La precisión dolió y ayudó.
—Lo sé.
—No pongas cara de haber aprobado una asignatura emocional. Era una frase, no un diploma.
Casi sonreí.
—De acuerdo.
Él avanzó hasta el otro lado de la mesa. No se sentó. Yo tampoco. Seguíamos midiendo distancias como dos jugadores antes de un saque de falta.
—Buen penalti —dije.
—Ya lo dijiste.
—Lo dije en público.
—Ah. Esta es la versión sin micrófono.
—Sí.
—¿Y cambia?
Miré las acreditaciones sobre la mesa. Dos rectángulos con mi nombre, mi foto, mis permisos temporales. Acceso a zonas restringidas. Nada de lo que importaba.
—Sí.
Yanis esperó.
No me ayudó.
Se lo agradecí en silencio.
—No lancé ningún mensaje después del partido porque no quería convertir tu gesto en algo que tuvieras que gestionar.
—Y aun así estás aquí.
—Porque esto sí quería preguntarlo. Si podía verte.
—Clémence estaría orgullosa. Tal vez lloraría ácido.
—Probablemente me corregiría el orden de la frase.
Yanis soltó una risa mínima.
No como arma.
No como espectáculo.
Solo aire.
La sentí en el pecho con una violencia absurda.
—Romain.
Mi nombre en su boca ya no era una puerta abierta. Era una pregunta.
Dejé de mirar la mesa.
—Te quiero.
No lo había planeado así.
Había planeado una estructura. Una introducción. Una aclaración previa: que no era por culpa, que no era por miedo a perderlo, que no era una forma de cubrir lo que hice mal, que había esperado porque no quería decirlo como quien exige absolución. Había preparado demasiado, como siempre.
La frase salió antes.
Sola.
Imperfecta.
Yanis cerró los ojos.
No se movió hacia mí.
Eso fue justo.
Yo seguí, porque esta vez la frase no podía quedarse sin condiciones.
—Y no voy a usar eso para pedirte que me perdones.
Abrió los ojos.
Había dolor allí. También alivio. También desconfianza, que merecía su silla.
—Bien —dijo—. Porque aún estoy enfadado.
La risa nos llegó a la vez.
Pequeña, rota, incrédula.
Por primera vez no la usamos para esconder nada.
Solo para respirar.
—Lo sé —dije.
—No, no lo digas como si estuvieras satisfecho de saberlo.
—Estoy intentando no contestar como un comunicado.
—Vas regular.
—Acepto el informe.
Yanis apoyó una mano en el respaldo de una silla. Tenía los nudillos marcados de partido, una pequeña rozadura cerca del pulgar. Mi cuerpo quiso acercarse, mirar, tocar.
Me quedé quieto.
Él lo notó.
—Puedes preguntar —dijo.
—¿Te duele?
—La mano, no. El tobillo, poco. El orgullo, según la prensa de mañana.
—Lo de la venda ya está en todas partes.
—La tira de tape.
—La tira de tape —corregí.
—Gracias. La precisión es importante para los grandes gestos absurdos.
—No fue absurdo.
—Tampoco te emociones. Si mañana dicen que he inventado una nueva terapia adhesiva para superar a París, negaré conocerte.
La palabra negar quedó entre nosotros.
Ya no era chiste del todo.
Yanis retiró la mano de la silla.
—No quiero ser una campaña, Romain.
—No lo serás.
—No. No contestes rápido. No quiero ser una campaña de valentía, ni de inclusión, ni de rivalidad bonita, ni de “mirad qué modernos son los futbolistas si el sponsor lo permite”. No quiero que nos vendan como algo antes de saber si podemos sostenerlo sin rompernos.
—De acuerdo.
—Y tampoco quiero ser tu negación.
—No.
—Ni tu excepción secreta cuando el miedo baja.
La frase entró limpia.
—No —dije—. No quiero eso.
—Querer no siempre te ha impedido hacerlo.
—Lo sé.
Esta vez no sonó a defensa. Al menos eso esperaba.
Afuera pasó alguien por el pasillo. Una sombra cruzó el cristal esmerilado. Ambos callamos al mismo tiempo. El mundo recordándonos que seguía allí, paciente, editable.
Cuando la sombra desapareció, Yanis habló más bajo.
—Yo tampoco quiero convertir cada cosa en prueba. Si te pido que me elijas, no puede significar “hazlo delante de una cámara o no cuenta”.
El corazón me dio un golpe torpe.
—Y si te pido privacidad —dije—, no puede significar “desaparece para que yo esté tranquilo”.
—Exacto.
Nos miramos sobre la mesa.
Había deseo. Claro que lo había. Estaba en la forma en que su mirada bajó a mi boca y volvió a subir con esfuerzo. En la manera en que mi mano se cerró sobre el borde de la silla para no tocarlo antes de saber si el contacto era una respuesta o una huida.
Pero por primera vez, el deseo no mandó.
No porque fuera menor.
Porque había algo más frágil delante.
—No salimos por pánico —dije.
Yanis asintió.
—No negamos por reflejo.
—No decidimos solos.
—No usamos a Clémence como niñera emocional.
—Ella rechazaría el puesto.
—Y nos cobraría igual.
Sonrió.
Lo miré demasiado.
Él dejó que lo hiciera.
—No somos una campaña —dijo.
—No somos una coartada.
—No somos una fantasía de salida heroica con música y plano de grada.
—No somos una lesión que gestionar.
Su boca tembló apenas.
—Eso era mío.
—Lo sé.
—Te lo presto.
Me acerqué un paso.
No más.
—¿Puedo?
Yanis no preguntó qué.
No hizo falta.
Miró la puerta. Después las acreditaciones sobre la mesa. Después a mí.
—Sí.
Crucé el espacio entre nosotros como si midiera una línea de pase difícil. No lo toqué de inmediato. Levanté la mano despacio y esperé el último centímetro.
Yanis lo cerró.
Su frente rozó la mía antes que la boca. Un contacto mínimo. Humano. Su respiración olía a menta, a cansancio, a partido ganado y a todo lo que no habíamos podido decir en vestuarios, túneles, buses ni zonas mixtas.
—Sigo enfadado —susurró.
—Lo sé.
—Y te quiero también, idiota parisino de Tours.
Se me rompió algo en silencio.
—Eso es geográficamente ofensivo.
—Es emocionalmente preciso.
Lo besé.
O quizá él me besó.
No importó.
No fue como Lyon, con reglas desesperadas. No fue como Cap-d’Ail, con una noche robada al reloj. No fue una solución. No fue una promesa pública. Fue una pregunta contestada con cuidado.
Sus manos fueron a mi camisa, no para agarrar, sino para comprobar que estaba allí. Las mías se quedaron en su cintura hasta que él se acercó más. Entonces sí, lo sostuve. No como riesgo. No como lesión. Como Yanis.
El beso duró menos de lo que mi cuerpo quería y más de lo que mi miedo consideraba prudente.
Al separarnos, ninguno se apartó del todo.
—No podemos quedarnos mucho —dije.
Yanis soltó una risa contra mi boca.
—Ahí está. Monsieur Cronómetro.
—Hay cámaras fuera del pasillo.
—Lo sé.
—Y horarios.
—Lo sé.
—Y mañana prensa.
—Romain.
Me callé.
Él me tocó la nuca, dos dedos, el mismo lugar donde una vez casi perdí el control bajo focos de campaña.
—Ahora sí puedes decir una cosa práctica. Solo una. Elige bien.
Respiré.
—Si sales primero, yo espero ocho minutos.
—Qué sensual. Ocho minutos de logística prohibida.
—Siete sería poco. Diez parecería deliberado.
—Me encanta cuando el romance viene con tabla de riesgo.
—Estoy trabajando en ello.
—Ya lo veo.
Volvió a besarme. Breve. Una interrupción deliberada de mi sistema.
Después se separó y recogió una de mis acreditaciones de la mesa. La miró.
—Te queda mejor sin esto.
—También a ti.
—Yo hago que cualquier cordón parezca una decisión estética.
—Esa afirmación carece de pruebas.
—La cámara me adora. Es un problema de Estado.
Me devolvió la acreditación, pero no la colgó de mi cuello. La dejó en mi mano.
—No te escondas detrás de él al salir.
—No lo haré.
—Tampoco salgas como si hubiéramos fundado una república.
—Difícil, pero acepto.
Yanis caminó hacia la puerta. Antes de abrir, se giró.
—Romain.
—Sí.
—Lo de antes… dilo otra vez. No ahora. Otro día. Cuando no duela tanto.
La garganta se me cerró.
—Sí.
—Y yo también lo diré sin insultarte geográficamente.
—Eso sería un avance.
—No prometo milagros.
Abrió la puerta.
El pasillo entró con su luz blanca, su cámara fuera de la sala, su mundo de siempre.
Yanis salió primero.
No miró atrás. No lo necesitó.
Yo esperé ocho minutos. Ocho.
Con las acreditaciones en la mano, no en el cuello.