EL GRAN CHOQUE 15 PARTIDO SIN BALÓN
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15 PARTIDO SIN BALÓN

Adrien Valette no parecía un fantasma. Ese fue el primer problema.

Los fantasmas deberían tener la cortesía de parecer culpables, translúcidos o al menos un poco dramáticos.

Adrien salió al césped del Michelet con la camiseta del Olympique Rhodanien, el pelo ordenado, la mandíbula tranquila y la expresión de un hombre que había venido a jugar un partido profesional, no a cargar con todos mis interrogatorios no formulados.

Muy desconsiderado por su parte.

Marsella rugía alrededor como si el rival fuera París, aunque no lo fuera.

Al virage le daba igual el matiz cuando había puntos, orgullo y un equipo de Lyon enfrente con pretensiones de listo.

Banderas, silbidos, tambores, niños encima de hombros, viejos con bufanda gritando cosas que seguramente infringían tres códigos disciplinarios y medio.

Mi ciudad, en resumen, pidiéndome que fuera suyo con la misma naturalidad con la que el mar pide costa.

Hugo se colocó a mi lado durante el sorteo de campo.

—Te veo cara de idiota con objetivo específico.

—Qué bonito. ¿Lo has trabajado en casa?

—Sí. Delante del espejo. También practico “Yanis, deja de mirar al seis rival como si te debiera dinero, sangre o explicaciones sentimentales”.

—Me debe un mal partido.

—Eso es lo que dicen los hombres maduros cuando están perfectamente normales.

—Entonces estoy a salvo. Nunca he sido maduro.

Hugo resopló, pero no insistió. Mal asunto. Cuando Hugo no insistía era porque estaba recogiendo pruebas para humillarme después con mayor precisión.

Adrien jugaba de mediocentro, más cerca de la base que en el partido contra Paris Saint-Cloud. Lo sabía porque había visto el resumen. Varias veces. Por análisis. Por rival. Por rutina profesional.

Y porque en una toma del córner, Romain perdía un control sencillo después de que Adrien le dijera algo al oído.

No había audio. No hacía falta. El cuerpo de Romain había contestado por él.

Desde entonces llevaba dos días preguntándome qué demonios podía decirle Adrien a Romain para romperle un control en un córner. Qué sabía. Qué había tocado. Qué había dejado. Qué versión de Romain existía en Lyon y nunca me habían dado ni siquiera el derecho de imaginar con precisión.

Ridículo.

Celos de archivo histórico.

Una lesión muscular de la dignidad.

El partido empezó y yo, naturalmente, decidí no pensar en nada de eso.

A los seis minutos perseguí a Adrien hasta el círculo central.

No era mi zona.

A los nueve, salté sobre él cuando recibía de espaldas y dejé libre al lateral rhodanien.

Tampoco era mi zona.

A los doce, Ségura gritó desde la banda:

—¡Mansouri! ¡Deja de jugar un partido sin balón!

La grada no oyó la frase completa, pero Hugo sí. Por desgracia, Hugo siempre oía lo que podía destruirme.

—Míster tiene razón —dijo al pasar cerca—. Estás presionando como un perro que ha olido un secreto.

—Concéntrate en tu pase interior.

—Mi pase interior está emocionalmente más estable que tú.

Adrien no me provocaba.

Ese fue el segundo problema.

Si me hubiera empujado, si me hubiera dicho algo, si hubiera sonreído con aire de “yo estuve antes”, todo habría sido más fácil.

Yo habría tenido permiso para convertirlo en enemigo.

La grada habría entendido. Ségura habría fingido enfado y luego habría dicho que le gustaba mi intensidad siempre que no nos costara el bloque.

Pero Adrien jugaba limpio.

Demasiado limpio.

Recibía, orientaba, soltaba. Me atraía medio paso y descargaba al tercer hombre. Cuando yo mordía, él no se recreaba. Solo me sacaba de sitio. Como si supiera que no necesitaba hacer daño para que yo me lo hiciera solo.

En el minuto veintitrés, llegó tarde a una disputa conmigo. Apenas un roce en el hombro. Nada. Aun así, me giré con la sonrisa puesta.

—¿Eso era una falta o un recuerdo mal ejecutado?

Adrien me miró por primera vez de verdad.

—Era una disputa.

—Qué decepción. Pensé que los de Lyon veníais con más pasado táctico.

No respondió.

Ni una ceja.

Qué hombre tan molesto. París al menos tenía la decencia de contestar con bisturí.

El partido se ensució por mi culpa. No de forma visible para los titulares, pero sí para cualquiera que entendiera estructuras.

Empecé a recibir demasiado abajo, a buscar a Adrien cuando la jugada pedía amplitud, a ofrecerme por dentro cuando el lateral necesitaba que fijara arriba.

En el fútbol, los celos no salen en las estadísticas. Salen en los metros mal ocupados.

En el treinta y uno, perdimos una salida porque yo salté a presionar al seis y el Rhodanien nos encontró la espalda. Nuestro central tuvo que cortar con falta. Ségura se giró hacia el banquillo como si estuviera considerando venderme a un club de petanca.

—¡Yanis! —gritó—. ¡Tu partido está en la derecha!

Yo levanté el pulgar.

Mentí con el pulgar.

Hugo se acercó mientras formábamos para defender la falta.

—El pulgar ha sido convincente. Casi se lo cree tu propio dedo.

—¿No tienes a nadie más que adoptar emocionalmente?

—No. Tú eres el más caro y el que peor viene montado.

Adrien colocó el balón para la falta corta. Levantó la vista. No hacia mí. Hacia el espacio que yo debería estar ocupando. Eso me irritó más que un insulto. Me vio mal colocado y no me castigó con una mirada. Me castigó con fútbol.

Sacó rápido.

Tuvimos que correr hacia atrás.

Yo corrí furioso, que es una forma muy marsellesa de admitir que uno está equivocado.

Al descanso, íbamos cero a cero y Ségura entró en el vestuario con la calma de quien está a punto de arrancarte la piel con un rotulador.

—Mansouri.

—Sí, míster.

—¿Quieres jugar contra Lyon o contra una biografía que no aparece en la convocatoria?

El vestuario soltó un “uuuuh” bajo.

Hugo, traidor institucional, aplaudió una vez.

—Bonita frase, míster.

—Martin, si pierdes otro duelo aéreo contra un tipo diez centímetros más bajo, te escribo una biografía yo.

Silencio ejemplar.

Ségura señaló la pizarra.

—Yanis, fija al lateral. No persigas a Valette. Si salta sobre ti, atraes y sueltas. Si no salta, giras. Pero deja de regalarle tu posición. No estamos aquí para resolver tu novela interior.

Yo bebí agua.

—No tengo novela interior.

Hugo murmuró:

—Tienes saga.

Le lancé la toalla.

Fallé.

El segundo tiempo empezó con una diferencia: decidí obedecer.

No por madurez.

Por orgullo técnico.

Durante diez minutos me quedé en derecha. Fijé al lateral. Ataqué espalda. Recibí con el cuerpo abierto. El partido respiró. Adrien dejó de ser el centro de mi campo de visión y, por tanto, empezó a molestarme menos. No mucho. Soy humano, no santo ni mediocentro defensivo.

En el sesenta y tres, llegó la jugada.

Siempre hay una.

Hugo recuperó un balón en campo propio y me encontró abierto.

El lateral vino a cerrarme. Adrien basculó tarde, lo suficiente para que yo oliera sangre.

Tenía disparo. Tenía mi gol. Tenía el virage de frente, la cámara preparada y una forma perfecta de enseñarle a un ex fantasma que Yanis Mansouri no necesitaba permiso de nadie para hacer daño.

Amagué hacia fuera.

El lateral mordió.

Entré por dentro.

La portería se abrió un metro.

Y entonces, de ninguna parte, vino la voz de Romain.

No una memoria bonita. No una frase de cama. Una corrección antigua, fría, precisa, irritante, de una sesión de selección en la que yo había disparado desde un ángulo imposible solo para demostrar algo que nadie había pedido.

El pase que mata no siempre es el que parece generoso.

La frase me golpeó entre el ruido.

Vi a nuestro nueve llegar desde segunda línea. Vi a Adrien girar tarde hacia mí, esperando el disparo. Vi el hueco.

Y pasé.

No un pase bonito. Uno cruel. Raso, al punto exacto donde el portero ya no podía salir y el central ya no podía cerrar. Nuestro nueve solo tuvo que empujarla.

Gol.

Marsella explotó.

El estadio se abrió en una llamarada azul y blanca. Hugo me saltó encima. El nueve me gritó algo en la cara. Ségura golpeó el aire con el puño como si acabara de ganar una discusión con el universo.

Yo no miré al virage.

No miré a cámara.

Miré al césped.

Al punto donde mi bota había decidido hacer caso a Romain Moreau sin que Romain Moreau estuviera en el estadio.

Eso fue lo imperdonable.

Que incluso ausente me hiciera mejor.

Hugo me sacudió por los hombros.

—¡Asistencia de adulto funcional! ¡Voy a llorar y pedir una placa!

—Suéltame, criatura.

—No. Estoy orgulloso y físicamente pegajoso.

—Qué asco.

—Así es el amor de vestuario.

Casi me reí.

Casi.

El partido siguió con Lyon empujando. Adrien adelantó unos metros. Nos cruzamos varias veces sin hablar. Él no me entró duro. Yo ya no lo perseguí fuera de zona. El marcador terminó uno a cero, con el estadio cantando como si hubiéramos conquistado algo más que tres puntos y una discusión táctica.

Al final, saludos.

Manos rápidas. Sudor. Cámaras. Sonrisas de rivalidad. Adrien llegó a mí sin prisa. Me ofreció la mano. La acepté.

—Buena asistencia —dijo.

—Lo sé.

—También sabes que debiste verla antes.

—¿Vienes con análisis o con nostalgia?

Su mano soltó la mía. Se colocó de lado, ángulo muerto para la cámara más cercana. Práctico. Demasiado acostumbrado a no ofrecer imágenes útiles.

—Moreau siempre prefirió a los que podían hacer daño sin tocar.

La frase me atravesó y me dio ganas de reír.

No porque fuera graciosa.

Porque era exacta, y las cosas exactas suelen venir vestidas de puñalada.

Pensé en Romain evitando una entrada para no lesionarme. En Romain mirando mi tobillo antes que mi boca. En Romain guardando fotos en carpetas sin nombre. En Romain tocando y desapareciendo, cuidando y negando, queriendo sin admitir que querer ya era tocar desde lejos.

Miré a Adrien.

—Entonces tú no eras tan bueno.

Su cara cambió.

Muy poco.

Lo suficiente.

No triunfo. No satisfacción. Solo el reconocimiento de que había entrado una pelota donde él no esperaba.

Adrien asintió, casi para sí.

—Quizá no.

Eso me desarmó más que una réplica.

Porque no era villano. Maldito fuera. Era peor: una versión antigua de una historia que todavía no había aprendido a dejar de doler.

Se alejó hacia sus compañeros.

Hugo apareció a mi lado, olfateando drama como un perro con acreditación.

—¿Qué quería Valette?

—Felicitarme.

—Sí. Y yo soy la torre Eiffel con botas.

—Siempre has tenido estructura metálica.

—No cambies de tema con arquitectura.

—Es mi tema favorito.

Hugo me dio un golpe suave en el hombro.

—Hoy has jugado contra demasiada gente que no estaba.

Miré el césped.

El punto del pase ya no se distinguía entre huellas.

—Y aun así ganamos.

—Sí —dijo Hugo—. Pero te conozco. Tú ahora estás pensando en quién dio la asistencia de verdad.

No respondí.

El virage seguía cantando mi nombre.

Y por primera vez en mucho tiempo, ese sonido no me llenó del todo. No porque lo quisiera menos. Porque había una parte de mí que acababa de hacer una jugada para un hombre que no estaba allí, un hombre al que mi ciudad necesitaba como enemigo para seguir entendiéndome.

Levanté la mano hacia la grada.

Tarde.

El canto subió igual.

Marsella me perdonaba muchas cosas mientras siguiera ganando.

Ese era también el problema.