13 TÚNEL DE SERVICIO
Dicen que nadie juega en casa, pero eso solo significa que todos están incómodos de formas distintas.
En Lyon, para una semifinal de copa, la federación había conseguido repartir las zonas como si organizara una operación diplomática: entradas norte para nosotros, entradas sur para el rival, prensa por una boca lateral, familias por otra, directivos en tribuna con sonrisas de porcelana y seguridad en cada puerta con la cara de quien preferiría vigilar lingotes antes que futbolistas.
Yo llevaba la acreditación colgada al cuello y el tobillo vendado por rutina, no por necesidad.
Eso me decía.
El tobillo estaba bien. Más o menos. Lo bastante bien para jugar setenta minutos, forzar dos faltas, dar una asistencia y pasar por zona mixta con cara de estrella que no debe nada a nadie.
Lo bastante mal para que, al bajar una escalera interior hacia el túnel de servicio, cargara medio segundo más en la izquierda.
Lo bastante para que Romain Moreau lo notara si aparecía.
Por supuesto apareció.
No en la zona mixta. No en el túnel principal, donde habríamos tenido que saludarnos con mandíbula de clásico y frases de guerra envasadas.
Apareció en un pasillo interior del estadio, entre una barandilla metálica, una puerta de almacén y un cartel que decía ACCÈS RÉSERVÉ como si los carteles hubieran detenido alguna vez las malas decisiones.
Llevaba el chándal de Paris Saint-Cloud y la acreditación torcida. Eso casi me hizo perder la fe en el orden natural.
—Moreau —dije.
Se detuvo a tres metros.
—Mansouri.
El pasillo olía a cemento húmedo, cables calientes y desinfectante. A lo lejos se oía la grada, apagada por paredes gruesas, como un mar encerrado en una caja. Un auxiliar pasó empujando un carro de botellas y nos miró solo lo justo para reconocer que no quería reconocer nada.
—Te has perdido —dije—. París suele tener gente para llevaros de la mano por edificios que no habéis comprado.
—El vestuario visitante está al otro lado.
—Eso no responde.
—No te debía una respuesta.
La frase sonó limpia.
Demasiado.
Yo había pasado los últimos días viendo fotos de él con Élodie Marchal en una gala benéfica, titulares con signos de interrogación idiotas, sonrisas perfectas, barbillas perdonadas por la cámara.
Había visto comentarios de aficionados llamándolo “por fin bien acompañado”.
Había cerrado aplicaciones, abierto el chat, no escrito nada, vuelto a abrirlas como un imbécil con pulgar autodestructivo.
No tenía derecho a estar celoso.
Eso no ayudaba.
—¿Vienes de posar o ya terminaste la sesión con Francia tiene nueva pareja favorita? —pregunté.
Romain no movió la cara.
Pero la acreditación, esa traidora plástica, osciló un poco contra su pecho cuando respiró.
—No empieces.
—Qué pena. Había calentado.
—Yanis.
Mi nombre en su boca seguía siendo una entrada por dentro: visible tarde, imposible de defender sin falta.
—No —dije—. Hoy no me haces el tono de capitán que pide calma porque la calma le conviene.
Ya lo vi. Todos lo vimos. Élodie sonríe, tú sonríes, la prensa aplaude porque por fin el chico limpio tiene una historia limpia.
Muy práctico. Casi me dan ganas de pedirle consejos al departamento de comunicación.
—Élodie no tiene nada que ver contigo.
—Claro que no. Solo está donde yo no puedo estar.
El golpe salió antes de poder hacerlo menos exacto.
Romain miró hacia el extremo del pasillo. Había cámaras de seguridad en las esquinas, pequeñas cúpulas oscuras con luz apagada. Apagada no significaba nada. Ya lo sabíamos. En nuestra vida, hasta lo apagado podía grabar si alguien necesitaba una versión.
—Esto no es el lugar —dijo.
Solté una risa sin humor.
—Nunca es el lugar. París, Lyon, Marsella, hotel, túnel, gala, foto borrosa. Me encanta la consistencia. Podríamos imprimirla en tu brazalete.
—No usé a Élodie.
—¿No?
—No como tú crees.
—Qué alivio. Entonces la usaste de una manera sofisticada.
Por fin algo le cruzó la cara. Irritación. Culpa. Cansancio. Todo muy controlado, por supuesto. Romain podía sangrar en líneas rectas si se lo proponía.
—Ella sabe más de mí que tú ahora mismo.
No respondí.
No porque no tuviera frase. Tenía varias. Algunas buenas. Una sobre París subcontratando sinceridad, otra sobre actrices con mejor visión de juego que capitanes, otra sobre cómo era muy cómodo confiar en alguien que no podía romperte porque no quería lo mismo.
No dije ninguna.
Porque dolió.
Qué estupidez, que doliera. Yo había pedido claridad. Había acusado. Había entrado fuerte y ahora me quejaba de la plancha. Pero la frase no había sido solo defensa. Había sido verdad.
Élodie sabía algo.
Yo no.
Después de años de túneles, hoteles, mensajes borrados, tobillos vistos a distancia y noches que él doblaba como toallas usadas, otra persona tenía una parte de Romain que a mí se me negaba.
—Bien —dije al fin—. Felicidades. Me alegro por vuestra comunicación institucional.
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Convertirlo en burla porque te duele.
Me acerqué un paso.
Él no retrocedió.
Eso fue nuevo o peligroso o las dos cosas.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Aplaudir? ¿Preguntarte si ella también sabe en qué carpeta guardas fotos que no prueban nada?
Su mirada cambió.
Ahí.
La foto.
El túnel de Le Grand Choc, su silencio, mi mensaje idiota sobre lo guapo que salía cuando intentaba parecer inocente. No me había respondido. Había hecho lo que hacía mejor: meter el miedo en una caja sin nombre y fingir que la caja era gestión.
—Clémence me envió la foto —dijo.
—Ya imaginé que no la habías encontrado buscando fondos de pantalla románticos.
—No era romántica.
—No. Era borrosa. Eso os tranquiliza mucho a los prudentes.
—Era un riesgo.
—Todo es un riesgo contigo.
—Sí.
La simpleza de la respuesta me cortó el avance.
Romain bajó la vista.
Primero al suelo.
No.
A mi tobillo.
La mirada fue mínima. Profesional. Casi invisible para cualquiera que no hubiera vivido años siendo leído por él. Me vio cargar menos peso. Me vio ajustar el pie. Me vio aunque yo no le hubiera dado permiso.
Después miró mi boca.
Tarde.
Demasiado tarde.
La mezcla me atravesó con tanta fuerza que tuve que reír para no hacer algo más sincero.
—No me mires como si siguieras teniendo derecho a cuidarme.
Romain levantó los ojos.
—No creo tener derecho.
—Lo haces igual.
—No sé dejar de hacerlo.
—Pues aprende.
La frase salió más dura de lo que esperaba.
Él asintió apenas, como si hubiera recibido una instrucción táctica que no le gustaba pero pensaba estudiar.
Eso me enfadó más.
—No, no hagas esa cara de aceptar bien las cosas. No estoy entrenándote para ser mejor ex-lo-que-fuera.
—No sé qué éramos.
—Ese era exactamente el problema.
A lo lejos, un golpe metálico. Una puerta. Voces de seguridad. Alguien anunció por radio que el pasillo B debía despejarse antes de la salida del segundo equipo.
Romain no se movió.
—Élodie no es un escudo —dijo.
—Para ella, quizá no.
La frase quedó entre nosotros.
No era injusta.
No del todo.
Romain lo entendió, y eso le hizo daño. Lo vi en la manera en que dejó de corregir su acreditación. En la forma en que sus dedos se quedaron quietos junto al cordón.
—Le dije la verdad suficiente para no mentirle —dijo.
—Qué frase más tuya. Verdad suficiente. ¿Viene en dosis? ¿La receta Clémence?
—Ella me pidió que no la usara sin confiar en ella.
No esperaba eso.
Me dejó sin impulso durante medio segundo.
Élodie Marchal, la mujer de las fotos limpias, había puesto una línea donde yo solo había visto amenaza. No pantalla. No rival. Límite.
Me molestó que me cayera mejor.
—Bien por ella —dije, más bajo.
—Sí.
Otra voz por radio. Más cerca.
Romain dio medio paso.
No hacia mí del todo. No lo suficiente para tocar. Lo suficiente para que el pasillo recordara noches anteriores, decisiones anteriores, errores que todavía tenían temperatura en la memoria. Su cuerpo seguía sabiendo la distancia exacta que podía romperme la concentración.
El mío también.
—Yanis —dijo.
No había capitán en esa voz.
No había rueda de prensa.
Solo cansancio. Deseo. Algo que no quería nombrar porque nombrarlo nos dejaría sin salida.
—No —murmuré, pero no me aparté.
Su mano subió apenas.
No llegó a tocarme.
La acreditación de Romain golpeó contra la barandilla metálica.
Clac.
El sonido fue ridículo.
Pequeño.
Suficiente.
Ambos miramos al mismo tiempo.
En la esquina del pasillo, una cámara de seguridad giró con un zumbido suave. La luz roja parpadeó una vez. Quizá estaba cambiando de ángulo. Quizá nos enfocaba. Quizá no. No importaba. El “quizá” era el dueño real de nuestras vidas.
Romain retrocedió primero.
Yo retiré la mano que no sabía que había levantado.
El espacio volvió a ser correcto.
Insufrible.
Un hombre de seguridad apareció al fondo, con chaleco negro y auricular.
—Messieurs, este pasillo debe despejarse. Equipos hacia zonas asignadas, por favor.
Romain se giró antes de que yo pudiera decir nada. Su cara ya estaba puesta: neutral, educada, cerrada.
—Por supuesto.
Yo sonreí al de seguridad.
—Perdón. Estábamos discutiendo quién tiene peor salida de balón. Asunto nacional.
El hombre no sonrió.
Lyon, claramente, no merecía nuestra creatividad.
Romain empezó a caminar hacia su lado del estadio. A mitad de paso, se detuvo.
No se volvió del todo.
—No es vergüenza —dijo.
La frase apenas cruzó el pasillo.
Podría haberla dejado pasar.
Habría sido lo inteligente. Lo sano. Lo que recomiendan los fisios emocionales que no existen porque ningún club se atreve a contratarlos.
—Entonces demuéstralo sin esconderte detrás de cómo me cuidas —respondí.
Romain cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, no tenía respuesta.
Eso fue peor que una mentira.
El de seguridad carraspeó.
Nos separamos.
Yo tomé el túnel hacia el vestuario neutral asignado al Phocéen.
Las paredes vibraban con el ruido de la grada.
En unos minutos tendría que salir otra vez a zona mixta o al autobús, decir que el partido había sido intenso, que el equipo estaba concentrado, que París seguía siendo París aunque no jugara esa noche contra nosotros.
Tendría que bromear con Hugo si me veía la cara.
Tendría que evitar mirar el móvil por si la prensa ya había encontrado otra foto, otra lectura, otra distancia incorrecta.
Antes de doblar la esquina, miré atrás.
Romain también.
Solo un segundo.
El tipo de mirada que no sirve como prueba, pero puede condenarte igual.
Después la cámara giró otra vez, y los dos hicimos lo que sabíamos hacer mejor.
Parecer enemigos.