Capítulo 38 Los nombres del invierno #4
John ya estaba al borde. Isla lo sintió en la tensión de los muslos de él, en cómo se le quebraba la respiración, en el esfuerzo casi visible por mantenerse firme incluso al filo del placer.
—No te contengas —susurró ella.
Un sonido ronco escapó de él. Hundió el rostro en el cabello de ella y se corrió con embestidas lentas y profundas, el cuerpo entero estremeciéndose tras el de ella como si alivio y deseo se hubieran fundido en uno.
Cuando terminó, permaneció dentro de ella unos segundos, solo respirando.
Luego la atrajo más hacia su pecho, sin romper el abrazo entrelazado de sus cuerpos.
La habitación olía a agua caliente, a sexo y a piel limpia.
Durante un largo rato, ninguno habló.
El fuego en la chimenea ardía bajo. Afuera, el viento había vuelto a soplar.
John mantuvo la mano sobre el vientre de ella, un gesto ahora sereno, casi meditativo. Cuando por fin habló, su voz ya no cargaba con el peso de la contención anterior.
Había algo más. Una desnudez masculina, casi más íntima que la unión de sus cuerpos.
—Perdóname por lo de hoy.
Isla giró ligeramente el rostro, aún cobijada en la curva del brazo de él.
—¿Por la señora McKenna?
—Por haber permitido que ella tuviera el derecho de herirte con algo que yo debería haber resuelto.
Ella guardó silencio.
John le besó el hombro de nuevo.
—No voy a casarme contigo porque el pueblo murmure. Ni porque viene un hijo en camino. Ni porque deba arreglar esto como un hombre mediocre que firma papeles para dormir tranquilo.
A Isla se le aceleró el corazón.
John se apartó lo justo para alcanzar la mesita de noche. Abrió el cajón de arriba y sacó un pequeño estuche oscuro, desgastado en los bordes de tanto abrirlo y cerrarlo en secreto.
Isla permaneció inmóvil.
John abrió el estuche.
A la luz mortecina del fuego, el oro del anillo brillaba con sobria severidad. No era una joya llamativa. Era hermoso como lo son ciertas promesas: sin ornamento innecesario, hecho para durar.
—Lo compré antes —dijo él.
Los ojos de Isla se alzaron del anillo al rostro de él.
—Antes de hoy. Antes siquiera de admitir en voz alta, del todo, cuántas veces había pensado en esto. Lo guardé porque quería el momento adecuado. Como un tonto orgulloso que creyó poder dominar el tiempo.
Sostuvo el anillo entre los dedos, y su voz, aunque baja, llegó despojada de cualquier súplica.
—Quiero casarme contigo porque te amo. Porque todo lo que aún hay de bueno en mí te desea como esposa ante el mundo, igual que ya te desea en todo lo que de verdad importa.
Porque estoy harto de que el nombre que te corresponde siga sin estar donde debería.
Y porque no permitiré que nuestro hijo nazca sin que su madre ocupe el lugar que merece a mi lado.
Isla cerró los ojos.
Las lágrimas llegaron demasiado rápido para poder contenerlas.
John lo notó de inmediato.
—No llores así —murmuró, volviéndola ligeramente hacia él para verle el rostro—. A menos que vayas a decirme que rechazas.
Ella soltó algo parecido a una risa llorosa.
—Hasta una propuesta de matrimonio la haces sonar como una amenaza.
La comisura de los labios de él se curvó levemente.
—Quizá porque, a estas alturas, no tengo el menor interés en aceptar la respuesta equivocada.
Luego alzó el anillo entre los dedos.
—Señorita Isla Grant, ¿quieres casarte conmigo?
Por primera vez, Isla escuchó su nombre pronunciado con semejante dulzura.
Le llevó la mano al rostro.
—Sí —dijo, con la voz temblorosa—. Sí, John Scott.
Los ojos de él cambiaron de inmediato.
No a algo juvenil. No a algo ligero. A algo raro: la felicidad de un hombre tan honda que casi parecía dolor antes de serenarse.
John le tomó la mano izquierda y le deslizó el anillo en el dedo con una solemnidad casi brutal en su contención. Luego le besó los nudillos, como sellando algo que había vivido dentro de él mucho más tiempo del que jamás había dejado ver.
—Antes de que nazca el bebé —añadió ella, llorando y sonriendo a la vez—. Quiero casarme antes de que nazca.
—Nos casaremos antes.
John le besó la frente. Luego la boca. Luego el vientre, inclinándose con cuidado sobre él como si aquel gesto sellara un pacto mayor que las palabras.
—Esta vez —dijo, los labios aún contra la piel de ella—, ninguno de los míos se quedará sin nombre.
Isla lloró entonces, lloró de verdad.
No de miedo.
De alivio.
Más tarde, cuando la chimenea no era más que un tenue resplandor de brasas y John se había quedado dormido con la mano aún apoyada sobre ella, Isla siguió despierta unos minutos más, contemplando el techo oscuro de su alcoba.
Pensó en Edward descubriendo que no estaba solo.
En James permitiendo, aunque con dolor, que la verdad llegara al niño.
En Leopold durmiendo sin saber que a veces las casas deben sangrar para ganarse su alegría.
Y pensó en John —el hombre duro, imperfecto, viril, tardío— que por fin empezaba a dar nombre a lo que había existido demasiado tiempo solo en el silencio y el deseo.
A la mañana siguiente, Edward se despertó antes que nadie y corrió descalzo hasta la puerta de James.
—Hermano —llamó, aún somnoliento, como si probara el sonido por primera vez.
Al otro lado, hubo un momento de silencio. Luego, pasos.
Cuando la puerta se abrió, James estaba allí, despeinado, con cara de pocos amigos, aún a medio vestir, pero Edward le sonrió como un niño que acabara de descubrir el secreto más importante del mundo.
Más adelante en el pasillo, John se detuvo sin que nadie lo viera.
Observó.
No dijo nada.
Pero dentro de él, algo empezó por fin a encontrar su lugar.