El fin de la inocencia (Serie Votos oscuros nº 3) Capítulo 33 La verdad #2
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Capítulo 33 La verdad #2

—Tendrá que hacer mejores preguntas, señor.

—Puedo hacer una muy simple —replicó él—.

Si continúa obstruyendo esta investigación, ordenaré que la trasladen a la cárcel del condado hasta que se tome una decisión final.

Ya hay pruebas suficientes en su contra por ocultación de evidencias, fraude y complicidad posterior en un crimen.

Y si se determina que participó de forma más directa de lo que aparenta, le aseguro que la soga no será mera metáfora.

Agnes observó a Violet sin parpadear. Thomas no movió un músculo.

Por un momento, Isla creyó ver la primera grieta verdadera en la compostura de aquella mujer.

Solo por un momento.

—¿Soga? —repitió Violet, casi divertida—. Qué encantadoramente provinciano.

—No está en posición de burlarse de la ley —dijo el magistrado con firmeza.

—Y usted no está en posición de arrancarme nada. Si decido morir, será interesante.

—Entonces elija vivir.

Violet guardó silencio. Miró los papeles. Luego a John.

El cambio fue tan sutil que quizá nadie más lo notó de inmediato. Isla sí. Porque algo en esa pausa dejó de ser una rebeldía vaga y se convirtió en un desafío personal.

—Diré lo que desean saber —dijo finalmente Violet—. Pero no delante de todos, solo a ti, John Scott.

El magistrado entrecerró los ojos.

—No me imponga condiciones.

—No impongo. Elijo. —Su mirada no se apartó de la de John—. Solo hablaré con él.

Thomas dejó escapar un sonido de puro desprecio.

—No sea ridícula.

—Entonces quédese a oscuras, señor Scott. Soy lo bastante vieja para morir sin que me impresionen sus modales.

—Si hay algo que decir, dígalo aquí —ordenó el magistrado.

Violet cruzó las manos sobre el regazo.

—No.

La palabra salió seca. Firme. Sin un temblor.

John, que hasta entonces había permanecido inmóvil, habló por fin.

—Esto es un juego.

Ella sonrió.

—Por supuesto que lo es. Solo que aún no sabes cuánto estás perdiendo.

Thomas se volvió hacia su hijo.

—No vayas.

Violet soltó una risa suave.

—Vaya, vaya. El padre por fin teme lo que el hijo podría oír.

John se levantó despacio. El dolor le nubló el rostro por un instante, pero no dio muestras de ello.

—Si esto es una pérdida de tiempo, yo mismo la haré llevar encadenada.

—Si esto es verdad —replicó Violet—, saldrás de aquí deseando que hubiera esposas para muchos más además de mí.

El magistrado vaciló. Luego asintió hacia una sala contigua más pequeña, separada por una gruesa puerta de madera.

—Cinco minutos —dijo—. La puerta estará vigilada.

—Cinco minutos bastan para arruinar a un hombre —respondió Violet, poniéndose en pie.

Isla vio a John lanzarle una última mirada antes de seguir a Violet. No era compasión. Ni miedo abierto. Era la mirada de un hombre convencido todavía de que caminaba hacia una trampa verbal, no hacia un patíbulo privado.

La puerta se cerró tras ellos.

Dentro de la sala más pequeña, el aire era más frío.

Una mesa sencilla, dos sillas y una ventana estrecha que no enmarcaba más que un retazo blanco de nieve y muro de piedra.

Violet no se sentó de inmediato. Caminó hasta la ventana, como si eligiera su posición dentro del recuerdo que estaba a punto de abrir.

John permaneció cerca de la puerta.

—Habla.

—Siempre el mismo tono. —Ella no se volvió—. Como si aún pudieras dar órdenes al mundo.

—Habla, Violet.

Entonces ella se volvió hacia él.

—Lily no te lo contó todo.

John dejó escapar un sonido breve, irritado.

—Ya lo sé.

—No. —Su voz se afiló, casi con placer—. Solo sabes que mintió. No hasta dónde.

—Si solo pretendes repetir que fui engañado, ahórrame el tiempo.

—¿Tiempo? —Violet inclinó la cabeza—. Dios mío. Aún hablas como si te quedara algo.

Él dio un paso adelante.

—Dilo ya.

Violet lo estudió como quien elige dónde hundir el cuchillo.

—Cuando mi hija reapareció tras su falsa muerte... no vino sola.

John no dijo nada. Su silencio era impaciencia, no comprensión.

—Fue casi un año después —continuó Violet—. Llovía. Creí estar viendo un fantasma de seda. Volvió a entrar en esta vida con un rostro más hermoso y más podrido que antes. Y, mientras yo aún intentaba comprender de dónde venía, hizo pasar a una doncella.

La voz de Violet pareció contenerse por un momento, no por ternura, sino por precisión.

—La doncella llevaba un bebé. Tu hijo.

La habitación pareció encogerse. John no se movió.

—¡Mentiras! —dijo, con una sequedad que lo delataba.

—Ni siquiera he empezado la parte que te hará desear que lo fueran.

Entonces el pasado se desplegó.

Violet no lo contó como una historia. Abrió la escena en el aire: entera, indecente, viva.

La lluvia contra los cristales. El olor húmedo del abrigo de Lily.

El brillo de su rostro bajo el velo oscuro.

La doncella que entraba con el niño envuelto en mantas demasiado pálidas para aquella casa.

El silencio de Violet cuando comprendió que la hija supuestamente muerta no solo estaba viva, sino que traía en brazos ajenos una prueba viviente de algo mucho mayor.

—«No pongas esa cara, madre», me dijo. —La mirada de Violet estaba fija ahora en John—. «No estará aquí como un príncipe. Quédate tranquila».

John sintió un escalofrío subirle por la nuca.

—Basta.

—La doncella le pasó el niño por un momento. Mi hija nunca lo tomó en brazos. Se limitó a apartar el pliegue de tela y dijo, con ese hermoso desdén que siempre había confundido a tantos hombres: «Es suyo».

John se quedó inmóvil, no por calma, sino por un estupor que aún no tenía forma.

—Mentiras.

—Yo también lo pensé. Hasta que ella me lo explicó. Con todo detalle. Siempre se le dieron bien los detalles cuando quería hacer daño.

Violet avanzó un paso hacia él, despacio.

—Dijo que el conde Cavendish era viejo, estaba enfermo y demasiado desesperado por tener un heredero como para contar los meses con el rigor de una comadrona; dijo que había adelantado la boda, redondeado los plazos, elegido los vestidos, las posturas, los achaques con sumo cuidado.

Y cuando nació el niño, le dijo al conde que había nacido muerto.

Muerto para el viejo padre, muerto para la casa noble, muerto para el mundo útil.

El corazón de John embistió contra sus costillas: un golpe repentino, brutal, irregular.

—Cállate.

—Luego entregó al bebé a una mujer. Más tarde, me lo trajo a mí. No por amor. No por desesperación. Por puro cálculo.

Violet estaba tan cerca que él podía oler el perfume ajado del luto, aferrado a su ropa.

—Dijo: «Te quedarás con la criatura hasta que yo decida qué hacer. Y con la mujer también. La madre de este hogar de conveniencia que me trajo al mundo al menos servirá para eso».

La mano de John buscó la mesa, no como amenaza, sino porque su cuerpo necesitaba un punto de apoyo sin que él lo decidiera.

—Eso es imposible.

—No.

Violet esbozó una sonrisa pequeña y venenosa.

—Lo imposible fue que respiraras todos estos años sin saberlo.

Él la miró fijamente.

Los ojos de ella estaban secos. Casi felices.

—Te despreciaba —dijo Violet con una crueldad casi tierna—. Eso es lo que más te atormenta, ¿verdad? No el niño, todavía no. No el tiempo perdido. Sino que mi hija hablara de aquella noche como quien comenta una mancha en el zapato.

John palideció.

—Cierra la boca.

—No. Ahora vas a escuchar, porque yo lo oí primero.

Lily se rio. Se rio de verdad. Me contó que el gran John Scott creía en su propia importancia, en su propio cuerpo, en su propio fuego.

Relató vuestra noche con un asco tan puro que incluso a mí, que la conocía, me pareció excesivo.

«Me tocó como si fuera a poseerme entera», dijo.

«Y yo solo podía pensar en el olor a caballo y a ambición».

Las palabras se le clavaron como un hierro candente.

John cerró los ojos un instante. El recuerdo de aquella noche —el calor, la carne, el vértigo, todo lo que el tiempo había deformado pero jamás borrado— quedó de pronto eclipsado por la imagen de una mujer riéndose después, riéndose de él, de su deseo, de la confianza ciega de su propio cuerpo.

—Mientes —murmuró, pero su convicción ya estaba resquebrajada.

—Miento en muchas cosas. En esto no. El daño es más exquisito cuando es limpio.

Ella ladeó el rostro, estudiándolo.

—Lo peor no fue que te despreciara. Lo peor fue el placer que sintió al hacerte engendrar algo que jamás poseerías. Dijo que a algunos hombres los conquista la cuna que tienen delante. A otros los castiga mejor no saber nunca dónde está esa cuna.

John abrió los ojos. En ellos ardía una furia tan profunda que casi parecía fiebre.

—¿Dónde está ese niño?

Violet dejó que el silencio se alargara. Luego asestó la última estocada.

—Ya lo has visto.

John dejó de respirar. Literalmente dejó de respirar.

Violet continuó, en voz baja, cruel, perfecta:

—Has hablado con él. Lo has despreciado.

Lo has tratado como un desecho. Y mi hija habría encontrado eso delicioso.

Porque esa fue exactamente la razón por la que lo mantuvo con vida y en la miseria: para que la sangre de James aprendiera a bajar los ojos ante su propio padre sin que ninguno de los dos supiera por qué.

La habitación pareció ladearse. La imagen llegó antes que el pensamiento.

James en la posada. James encogiéndose en el carruaje.

James diciendo «sí, señor». James soportando cada palabra hiriente con la disciplina hambrienta de quien aprendió pronto que el mero hecho de existir es casi una insolencia.

—No —dijo John, pero su voz flaqueó.

—Sí.

—No.

—Sí, John.

El modo en que pronunció su nombre era ahora un insulto íntimo.

—El niño al que heriste con tu propia boca. El niño que mi hija dejó pudrirse cerca, lo bastante para servirla, y lejos, lo bastante para no tener nunca un nombre. Tu hijo. Creció tan cerca. Y Lily se reía de eso.

John retrocedió un paso. Luego otro. Su mano encontró el respaldo de la silla, como si buscara un ancla. Todo su cuerpo parecía haber perdido el contrato con el suelo.

—Esto es mentira —repitió, pero ahora era una súplica, no una acusación.

Violet se acercó tanto que su respuesta casi le rozó el rostro.