El festival
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PRÓLOGO
Corre. Corre como si el suelo le quemara bajo los pies, como si cada rama que le araña la piel le recordara que sigue viva.
Cady está he r ida. U n hilo de sang r e le sale de la m u ñeca t r as un encontronazo con una persona a l a s a f ueras del baño. No siente el dolor. Solo piensa en co rr er y no para r se para ver quién está de t rás.
Aho r a no escucha la música. Solo los pasos de la pe r sona que le pe r sigue desde que l e s ha di c ho a sus amig o s que iba un momento al baño.
Pasa la zona de acam p adas. Per o no hay nadie a pesar de que siempre está llena de g en t e haciendo bo t ellón ant e s del siguiente concier t o.
Se cruza con un á r bol. Pero no uno c ualqui e r a. Uno que tiene una inter r ogación roja dibujada en su t ro nco.
Tr o pieza. Y su mundo empieza a gira r . Nota que el suelo embarrado se le pega en la piel, la ropa y el pelo. Boca abajo, se ar r ast r a unos centímet ro s y luego se de t iene. Se para a escuchar un m o ment o , apoyada en el tronco del árbol y mirando en todas direcciones.
Las manos le tiemblan, pero consigue sacar su móvil del bolsillo para poder mandarle un audio a sus amigos.
—Esther…— susurra para que nadie le oiga. No sabe si llama a su amiga o si es solo un intento de no senti r se sola.
Y entonces, una mano emerge desde la sombra. Firme. Fría. Silenciosa. Antes de que le cubra la boca para que no grite se da cuenta de que le conoce. De que ese olor le resulta muy familiar. Pero ya es tarde.
La mús i ca sigue sonando en el recinto.
Pe r o aquí, en el bos q ue, acaba de e m pezar otr a clase de espectáculo.
Uno del que no t o d o s saldrán con vida.