Stella
Stella
Cuando llega el anuncio de que el avión pronto se preparará para aterrizar en Heathrow, Stella se frota los ojos legañosos.
Ha dormido casi todo el vuelo. Las persianas del avión están subidas y entra luz a raudales.
Las azafatas retiran las bandejas del desayuno, y la gente hace cola en la puerta del baño con neceseres y cepillos de dientes.
En cuanto el avión aterriza, Stella enciende el móvil y revisa sus mensajes.
Hay novedades sobre el piso: la parte vendedora ha obtenido la conformidad necesaria y se encuentra en disposición de proceder.
Su abogado le propone fijar una fecha para el intercambio de contratos.
El ayuntamiento también se ha puesto en contacto con ella: si se dan prisa, todavía hay una plaza libre para Frankie en el nuevo colegio. Todo va sobre ruedas.
Stella también ve que tiene una llamada perdida de Hugo y tres de Oscar, su compañero de trabajo. Esas pueden esperar.
Stella desembarca del avión y se dirige a la terminal. Se toma su tiempo en el baño del aeropuerto, se maquilla y se cepilla los dientes.
Mientras espera en la fila de pasaportes, responde al mensaje del abogado y a la encantadora Maxine, del nuevo colegio de Frankie, quien ha sido de gran ayuda por teléfono.
También aprovecha para mandarle un mensaje a Hugo, preguntándole cómo está Frankie, recordándole dónde y cuándo será el encuentro.
Por último, como la fila avanza con lentitud, decide devolverle la llamada a Oscar.
– Hola – dice – . ¿Qué tal todo?
Al principio, solo oye la respiración agitada de Oscar.
– Lo… lo siento, Stella – dice – . Creo que he metido la pata.
– ¿De qué hablas?
Stella se distrae con una especie de confusión al principio de la fila. Los agentes de control de pasaportes han dejado de hacer señas a la gente para que avance. Dos policías armados se asoman a su puesto, exigiendo algo.
– Solo intentaba hacer lo que querías. Creí que te alegrarías. No se me había pasado por la cabeza que…
– ¿Qué? – espeta Stella – . ¿Qué dices?
Stella intenta calmarse. La policía no puede saber que estaba trabajando en una historia sobre Jamie. Es confidencial. Hay excepciones periodísticas. Oscar no tiene por qué enseñarles nada.
Pero entonces Oscar se lo cuenta todo. Le cuenta cómo se le ocurrió que, ya que Jamie estaba muerto, y no se puede difamar a los muertos, y Stella fue absuelta, quizá podrían revivir el artículo sobre el trato que Jamie le dio a Clara tantos años atrás.
Y a los abogados les había parecido bien, ahora que él había fallecido.
– Así que… llamé a la policía – dice.
– ¿Qué quieres decir?
– Yo… pedí un comentario – dice – . De la policía de Kent.
Y luego… luego recibí una llamada del oficial superior de la investigación.
Dijo que había visto el correo electrónico que envié a la oficina de prensa.
Dijo que no sabían nada sobre tu hermana ni sobre su conexión con Jamie. Y… y vinieron hasta aquí.
– ¿Quién?
– Los… Los inspectores de homicidios.
Los pasajeros que iban delante de Stella en la fila se remueven, inquietos.
Chasquean la lengua al mirar a los agentes de control de pasaportes, que siguen buscando, nerviosos, algo que les pide la policía.
Una chica delante de Stella, con pantalones de chándal y unas UGG mullidas, decide usar la maleta como asiento.
Los adultos que la acompañan murmuran algo sobre cambiarse a otra fila.
– ¿Qué…? ¿Qué les dijiste?
– La verdad, Stella – susurra Oscar – . Eran detectives. No podía negarme a responder a sus preguntas. Querían saber sobre tu investigación sobre Jamie. Cuánto tiempo llevabas investigándolo. Si yo creía que estabas… – Oscar hace una pausa – . Usaron la palabra «obsesionada»…
Stella siente cómo se le resbala el móvil de la mano, luego oye cómo cae al suelo. Un hombre lo recoge, ella lo ignora. Las luces del techo, las señales de salida, se difuminan de repente, se emborronan y se suavizan en los bordes.
Al principio de la fila, los agentes de control de pasaportes por fin entregan el papel que les habían estado exigiendo.
Uno de ellos sostiene la hoja y el otro señala.
Primero la lista, recorriendo la fila con un dedo gordo.
Luego le dice algo a su compañero y se gira para mirar directamente a Stella.
Stella se agarra a una barra de metal que hay a un lado del pasillo.
Siente que se va a desmayar de un momento a otro.
Todas las personas de la fila se giran para mirarla, curiosas y un poco emocionadas, más que molestas.
Murmuran mientras los dos policías armados pasan junto a ellos, sendas gorras caladas hasta las cejas, pidiendo a los pasajeros que se aparten.
Stella mira brevemente más allá, hacia las puertas que dan a la salida.
Los taxistas con carteles con nombres de personas.
Los pasajeros van y vienen bajo el letrero verde que dice «Nada que declarar». «He estado a punto», piensa.
Y entonces, ambos agentes están a su lado y dicen algo que no acaba de entender, pero sabe de sobra lo que quieren de ella. Claro que sí. Asiente, como si los hubiera oído, después de todo. Y entonces sujetan a Stella suavemente de los brazos y se la llevan.