El exprometido de mi hermana 13 El ojo de huracán #2
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13 El ojo de huracán #2

Sentí una punzada de necrosis moral. Mark me estaba ofreciendo la paz a cambio de su propia condena a la ambigüedad, y por un microsegundo, la tentación de ser un cobarde fue casi insoportable.

Pero entonces recordé la risa de Sophia, su condescendencia, la forma en que siempre nos había tratado como accesorios de su propio narcisismo.

Y recordé a Mark en la cabaña, desarmado, admitiendo que solo quería paz.

—No —negué con la cabeza, y el movimiento hizo que una gota de agua fría me resbalara por el cuello, recordándome que la realidad no tiene filtros de Instagram—.

No puedes seguir viviendo en una mentira para proteger una ilusión que ya está muerta.

Mis padres... ellos son fuertes, Mark. Se romperán un poco, sí, pero se curarán.

Lo que no se cura es el cáncer de vivir con alguien que no te ve.

Me obligué a abrir el puño. El pendrive, de un azul eléctrico barato, descansaba en mi palma como una prueba judicial.

—Tómalo.

Mark no alargó la mano de inmediato. Se quedó observando mi palma, y luego, con una lentitud que me dejó los neurotransmisores fritos, subió la mano por el mango del paraguas hasta que sus dedos rozaron los míos.

Tías, el contacto fue... una detonación controlada.

En medio de aquel frío cortante de Quebec, su piel estaba a una temperatura de fusión nuclear.

Sus dedos largos y firmes se entrelazaron con los míos mientras rodeaba el pequeño plástico azul.

No fue una entrega rápida; fue una superposición de anatomías.

Sentí el pulso de su mano contra la mía, una cadencia sólida y pesada que me ancló al asfalto mojado.

Mis nudillos rozaron la tela de su manga, y por un segundo, el paraguas no era un refugio contra la lluvia, era el único lugar que existía en el universo.

Me quedé sin aire. Fue un síncope de mi capacidad respiratoria. Mark no soltó el pendrive, pero tampoco soltó mi mano. Se quedó allí, manteniendo el contacto, obligándome a sostenerle la mirada bajo aquel domo de seda negra.

—Ryan —susurró, y esta vez su tono de "negocios" regresó, pero sus ojos estaban llenos de una preocupación feroz, una intensidad que me hizo sentir físicamente pequeño y, a la vez, el centro de su mundo—.

En cuanto esto empiece, no habrá vuelta atrás.

Sophia va a intentar quemarlo todo, y tú vas a estar en el centro del incendio.

Prométeme que si las cosas se ponen feas, te irás.

No te quedes a ver cómo se derrumba el edificio.

—Soy el arquitecto de esta demolición, Mark —respondí, intentando recuperar un poco de mi cinismo habitual, aunque mi voz temblaba más que un cable de alta tensión—. No puedo irme antes de que caiga la última piedra.

—Prométemelo —insistió, y apretó mis dedos un milímetro más.

—Te lo prometo —mentí, y la palabra se me quedó atascada en la laringe como un trozo de cristal.

Mark cerró finalmente la mano sobre el pendrive, rompiendo el contacto físico pero dejando una marca de calor en mi piel que juraría que era visible en el espectro infrarrojo. Guardó el dispositivo en el bolsillo interior de su chaqueta, justo encima del corazón, con un movimiento seco y ejecutivo.

—Está bien —dijo, y su rostro volvió a ser esa máscara de determinación gélida que usaba frente al consejo de administración, pero sus pupilas seguían dilatadas, traicionando la tormenta que acabábamos de compartir—.

Mañana a las ocho, en el salón del hotel.

No me hables. No me mires si no es necesario.

Tenemos que ser dos extraños hasta que la pantalla se encienda.

—Seré un espectador ejemplar —asentí, sintiendo cómo el frío volvía a reclamar mi cuerpo ahora que su mano se había ido—. No te preocupes por mí. Preocúpate por no fallar el tiro cuando tengas el micrófono en la mano.

Mark me dedicó una última mirada, una que cargaba con todo el peso de la cabaña, del sofá y de aquel roce en el spa.

—No voy a fallar, Ryan.

Inclinó el paraguas un poco más hacia mí, asegurándose de que yo estuviera a cubierto un segundo más antes de dar un paso atrás, saliendo a la lluvia abierta. El agua lo golpeó de inmediato, oscureciendo los hombros de su traje impecable, pero él ni siquiera parpadeó.

Se giró y empezó a caminar hacia la oscuridad de la calle Saint-Jean, con la espalda recta y el paraguas negro balanceándose con cada zancada.

Yo me quedé allí, solo frente a la entrada del metro, sintiendo cómo la lluvia empezaba a calarme la ropa ahora que su escudo se había ido.

Me toqué los dedos, donde todavía persistía el fantasma de su calor, y me di cuenta de que mi lealtad ya no pertenecía a mi familia, ni a mi pasado, ni siquiera a mi propia seguridad.

Estoy jodidamente perdido.

El sonido del cierre de la cremallera del bolsillo interior de la chaqueta de Mark me pareció, en el silencio relativo bajo el paraguas, tan definitivo como el percutor de un arma siendo amartillado.

El pendrive ya no era mío. La responsabilidad de lo que ocurriría en menos de veinticuatro horas se había deslizado de mis dedos sudorosos a su palma cálida, y sin embargo, el peso en mi pecho no disminuyó; solo cambió de densidad, volviéndose algo sólido y afilado que me dificultaba la respiración.

Mark bajó la mano y la cerró sobre el mango del paraguas, justo encima de la mía.

No fue un apretón, fue un anclaje. Sus nudillos, pálidos y perfectos, rozaron mi piel fría.

El contraste térmico me provocó una pequeña descarga eléctrica que me recorrió el antebrazo, recordándome que mi sistema nervioso había decidido que Mark era ahora su única fuente de energía disponible.

—Está hecho, entonces —dijo él. Su voz era una frecuencia baja que competía con el repiqueteo del agua sobre la tela negra.

No me miraba a mí, sino a la entrada del metro, donde un grupo de adolescentes con chubasqueros brillantes salía entre risas, ajenos al hecho de que a tres metros de ellos se estaba firmando el acta de defunción de una de las familias más ricas de la ciudad.

—Está hecho —repetí. Mi voz sonó como si hubiera estado tragando asfalto mojado—. Mañana por la noche... ¿cómo lo hacemos?

Mark finalmente giró el rostro hacia mí.

Estábamos tan cerca que pude notar cómo sus pupilas se dilataban, tragándose el poco color que quedaba en sus ojos bajo la luz mortecina de la tarde.

La lluvia creaba una cortina acústica que nos aislaba del mundo, pero su mirada era lo que realmente me mantenía atrapado en aquel espacio de sesenta centímetros de diámetro.

—Cero contacto —sentenció. Su tono había recuperado esa rigidez ejecutiva, esa frialdad de quien está acostumbrado a gestionar crisis de millones de dólares sin que se le mueva un pelo del flequillo—.

Llegarás con tus padres. Te sentarás en la mesa asignada.

Si nos cruzamos en el buffet o en el bar, me ignoras.

Ni una mirada de complicidad, Ryan. Ni un "banter" ingenioso sobre el sabor del champagne.

Sophia es una depredadora entrenada para oler la culpa, y ahora mismo, tú hueles a ella desde aquí.

—Gracias por el cumplido —mascullé, aunque el sarcasmo se me quedó corto. Me obligué a tragar saliva, sintiendo el nudo de la laringe—. ¿Y si me mira ella? ¿Y si me pregunta por qué no me has llamado para jugar a esa "cosa de los cochecitos"?

—Le dirás que nos hemos distanciado. Que mi interés por el "hardware" fue una fase pasajera —Mark apretó el mango del paraguas con una fuerza que hizo que sus tendones se marcaran bajo la piel—. Será mejor así. Para todos.

El "será mejor así" flotó entre nosotros como un cadáver.

Ambos sabíamos que no se refería a la seguridad del plan.

Se refería a la insoportable hiperconciencia física que nos asaltaba cada vez que compartíamos el mismo código postal.

Era una rendición. Una retirada táctica para evitar que el incendio que habíamos provocado en la cabaña terminara por consumirnos antes de que la fiesta siquiera empezara.

—Bien —asentí, y el movimiento hizo que una gota de agua helada que se había acumulado en el borde del paraguas me cayera directamente en la nuca. Me estremecí, pero no me aparté—. Nos vemos en el ojo del huracán, supongo.

Mark no respondió con palabras. Dio un paso atrás, rompiendo la burbuja.

El paraguas se inclinó con él, y de repente, la lluvia de mayo me golpeó el hombro derecho, empapando mi chaqueta de lona con una rapidez implacable.

El frío me pareció un insulto personal tras el calor que había irradiado su cuerpo durante los últimos cinco minutos.

Él se quedó allí un segundo más, sosteniendo el paraguas sobre su cabeza, su traje gris marengo impecable incluso bajo el diluvio. Parecía una estatua de mármol erigida en honor a la contención.

—Intenta dormir, Ryan —murmuró. Fue lo más parecido a una caricia que se permitió—. Vas a necesitar tus facultades intactas para cuando el edificio empiece a arder.

Se giró sin esperar mi respuesta. Vi cómo su espalda, ancha y recta, se alejaba hacia la calle principal. Caminaba con una calma sociópata, esquivando los charcos con una elegancia que me hizo sentir, más que nunca, como el profesor de literatura mal pagado que realmente era.

Me quedé pegado a la pared de ladrillo de la estación, ignorando el agua que empezaba a escurrir por mi frente.

Lo observé. Observé cómo su paraguas negro se mezclaba con la marea de colores de los peatones, cómo su silueta se desdibujaba entre los coches que salpicaban agua al pasar.

Una parte de mí —la parte neurótica que siempre busca el fallo en el sistema— esperaba que se detuviera, que mirara atrás, que hiciera algún gesto que invalidara el acuerdo de "ser extraños".

Pero Mark no miró atrás.

Simplemente desapareció. Se fundió en la multitud de Quebec, llevándose consigo la única versión de mí mismo que me gustaba: el Ryan que no era invisible.

La certeza me golpeó con la fuerza de un trauma craneoencefálico: no había marcha atrás.

Había entregado el arma, y con ella, había firmado el fin de nuestra extraña, retorcida y asfixiante camaradería.

En cuanto la verdad saliera a la luz, yo volvería a ser el hermano del escándalo, y él. .. él simplemente sería libre de mí.

Me metí las manos en los bolsillos, buscando un calor que ya no existía.

Mis dedos tocaron el espacio vacío donde antes estaba el pendrive.

Sentí una náusea física, una mezcla de adrenalina y duelo anticipado.

Mañana, bajo las luces de cristal del salón de fiestas, rodeado de flores caras y mentiras aún más caras, el mundo tal como lo conocía dejaría de existir.

—Puto sándalo —susurré al aire húmedo, aunque el olor ya se había disipado, sustituido por el olor a ozono y a metal del metro.

Empecé a caminar hacia las escaleras mecánicas, con los pies pesados y la mente ya proyectando el desastre. La inercia del colapso era imparable. El huracán ya estaba aquí, y yo acababa de soltar la última cuerda que me mantenía anclado a la orilla.