EPÍLOGO
Nota al pie del expediente
Veinticinco años después, o antes, o en cualquier momento en que alguien lea esto
Quien escribe estas páginas no está seguro de que importe quién es.
Lo que importa es lo que contienen las páginas anteriores y porque alguien consideró necesario añadir esta nota en lugar de dejarlas hablar solas.
Los expedientes no necesitan epílogos. Los archivistas llamarían a esto material complementario de carácter interpretativo. Basta con eso.
El expediente que esta nota cierra comenzó, en sentido estricto, en una cámara funeraria excavada en la roca caliza, a cuatro kilómetros al noroeste de la Ciudad Vieja de Jerusalén.
Pero, en un sentido más amplio —y quizá más honesto—, comenzó mucho antes. Comenzó cuando alguien en el siglo III o IV, tomó una decisión que era a la vez un acto inteligencia y de renuncia: proteger lo que sabía renunciando a que fuera conocido en su propio tiempo.
Los archivos no tienen paciencia. Tienen indiferencia. No esperan nada: conservan.
Lo que aquella comunidad depositó en la cámara no esperaba ser encontrado. Quedó disponible para quien llegara con los instrumentos y las preguntas adecuadas.
Tal vez esa sea la distinción que este expediente ha intentado preservar: no entre revelar y ocultar, sino entre depositar y preservar.
Durante el tiempo que ha pasado entre el comienzo de este expediente y el momento en que esta nota es escrita, el mundo ha cambiado en algunos sentidos y en otros no. Hoy es más fácil demostrar lo que contiene; no necesariamente es más fácil recibirlo.
Los instrumentos avanzan. Las personas y las épocas, no siempre al mismo ritmo.
Hubo una investigación. Duró tres semanas en un sitio arqueológico y tres meses en un despacho universitario. Produjo un artículo que fue citado, debatido y, con el tiempo, confirmado en lo esencial.
La cuarta sección dejó una puerta abierta. Algunos supieron verla.
Existe un nombre en la capa más antigua de un fragmento de piedra caliza. Los instrumentos disponibles en cada época lo fueron confirmando con grados crecientes de certeza, hasta que la certeza dejó de ser el problema. En realidad, nunca lo ha sido.
El obstáculo. El obstáculo era el momento: que ningún archivo pueden calcular por sí solo, porque depende del mundo en que el hallazgo aparece y del estado de ese mundo cuando llega.
Quienes tomaron las decisiones sobre este expediente no eran personas extraordinarias en el sentido habitual de la palabra.
Habían llegado con los instrumentos que su tiempo les podía proporcionar: la compañía de otros.
Comprendieron que el rigor del análisis no bastaba sin el rigor del momento.
Y eligieron una forma difícil de honestidad: No decir todo lo que se sabe, sino saber que puede decirse y cuándo
Había una mujer que había llegado a la excavación sin ser arqueóloga. Ese era, en cierto modo, su oficio: estar donde ocurrían las cosas, antes de que resultara evidente que estaban ocurriendo. Precisamente porque miraba desde fuera de la disciplina, vio lo que otros habían dejado de mirar.
Ese es el tipo de contribución rara vez encuentra lugar en un informe académico.
Los informes tienen categorías para los métodos, los datos y las conclusiones, pero no siempre para la mirada de quien llega desde fuera y ve una relación que los especialistas, precisamente por estar demasiado cerca, habían dejado de advertir.
Lo que esta nota al pie puede decir y el expediente no es esto: los archivos no son instrumentos pasivos. Son decisiones. Cada archivo existe porque alguien, en algún momento, eligió qué conservar, como conservarlo y para quien.
Quienes construyeron este decidieron preservarlo hasta que hubiera instrumentos y preguntas capaces de leerlo en su contexto.
Puede que esa elección haya sido correcta. Puede que no.
Lo que el archivo no puede decir es si el mundo al que quien lo lee está en mejores condiciones que el de quienes depositaron el expediente para recibir lo que contiene sin destruirlo. Esa evaluación pertenece al lector.
Lo que la tumba hizo durante dieciséis siglos fue estar disponible. Esa es la forma más antigua y más duradera de la custodia: no la que se defiende activamente sino la que existe, sin urgencia, hasta que el mundo que la rodea llega a ser el mundo que necesita que sea.
El expediente existe ahora en condiciones de ser leído.
Si quien lo lee decide que el momento ha llegado, todo lo necesario para proceder con honestidad está aquí.
Si decide que todavía no ha llegado, el expediente seguirá siendo lo siempre que ha sido: un archivo indiferente al tiempo y, precisamente por eso, capaz de esperar.
Hay cosas que solo se pueden encontrar cuando se está buscando otra cosa.
FIN