El expediente de la tumba equivocada (Los expedientes de Elías y Clara 1) Capítulo 11 #2
89%

Capítulo 11 #2

La segunda oración delimitaba lo que los análisis realizados permitían afirmar y señalaba qué pruebas adicionales serían necesarias para ir más allá,

La tercera era la más difícil.

Tenía que explicar por qué el artículo no formulaba la hipótesis completa y hacerlo de la manera que la razón pudiera leerse sin quedar explícita, como las marcas del osario número cuatro: visibles para quien supiera qué estaba buscando.

La tercera oración tardó veinte minutos en ser escrita. Cada versión decía demasiado o demasiado poco. Encontrar la medida exacta exigía mantener el equilibrio entre la honestidad sobre lo que sabía y la discreción sobre lo que todavía no podía decir.

Cuando la terminó, leyó las tres oraciones juntas.

Eran correctas. Eran honestas. Dejaban el expediente abierto sin ocultar ni fingir certeza: señalaba el límite de lo que podía afirmarse y por qué ese límite existía.

Continuó escribiendo.

A la una y cuarto de la tarde terminó la cuarta sección. La leyó desde el principio. Después leyó el artículo entero, las cuatro secciones seguidas, con la lectura de conjunto que utilizaba para comprobar que la precisión de cada parte no hubiera roto la coherencia del todo.

Era un buen artículo. No era el que habría escrito si hubiera incluido todas las evidencias disponibles. Pero era el mejor artículo que podía escribir con honestidad en este momento. Y esa diferencia, que antes de llegar a Jerusalén quizá no habría sabido formular, ahora le parecía evidente.

Clara entró en el salón a la una y veinte con un plato con comida que nadie le había pedido que. En el mundo de Clara el mediodía producía comida con la misma inevitabilidad con que el amanecer producía café.

Dejó el plato en el extremo libre de la mesa.

—¿Terminaste? —preguntó.

—El borrador está completo.

—¿Me lo dejas leer?

Elías giró el ordenador hacia ella sin responder, que era respuesta suficiente.

Clara leyó. Lo hizo en silencio. No subrayó, ni tomó notas. Quería recibir el texto entero antes de opinar sobre sus partes. Tardó doce minutos. Cuando terminó, giró el ordenador de vuelta hacia Elías.

—Es honesto —dijo.

—¿Es suficiente?

—Para lo que puede ser ahora, sí. —Clara tomó el tenedor del plato—. Para lo que debería ser eventualmente, no. Pero eso no es un defecto del artículo. Es la definición de un expediente que se deja abierto.

Elías cerró el borrador. Escribió a Rachel Stern y le adjuntó el texto para que revisara la segunda sección. Después envió la primera a dos colegas epigrafistas, uno en Madrid y otro en Oxford. Antes de entregarlo a Brenner, quería que las partes técnicas fueran revisadas de manera independiente

Enviados los correos, Elías se recostó en la silla y miró el techo durante unos segundos.

—Hay otra conversación que necesitamos tener —dijo, sin bajar la mirada del techo.

—Lo sé —dijo Clara.

—Hartmann y el fragmento.

—Sí.

Elías bajó la mirada. Miró a Clara frente a él. Ella siguió comiendo, esperando

—El análisis del fragmento con instrumentos actuales —dijo Elías— podría producir una lectura mucho más completa de la inscripción original.

No la lectura parcial de Kessler de 1908.

Una lectura obtenida mediante imagen multiespectral y análisis tridimensional de la superficie, capaces de revelar los trazos erosionados o apenas visibles con una precisión que entonces no existía

—Lo que confirmaría el nombre.

—O lo refutaría. En cualquiera de los dos casos, la certeza sería de una naturaleza diferente a la que tenemos ahora.

—¿Y eso entonces cambiaría lo que publicamos?

La pregunta iba al centro del problema: si la certeza mayor obligaba también a publicar más.

—No cambiaría este artículo —dijo Elías—. Las cuatro secciones del artículo son independientes del resultado del análisis del fragmento. Están basadas en evidencias del sitio pueden verificarse sin él. —Hizo una pausa—. Lo que cambiaría es lo que podría publicarse después.

—¿Cuándo es después?

—Después será cuando el análisis del fragmento esté completo, haya sido verificado por especialistas independientes y documentado con la solidez necesaria para incorporarlo al expediente y resistir el escrutinio que recibirá.

Clara dejó el tenedor sobre el plato.

—¿Vas a aceptar la oferta de Hartmann?

—Sí —dijo.

Clara asintió.

—¿Cómo?

—Le respondo esta tarde. Le diré que el fragmento se analizará en el laboratorio de la Universidad de Tel Aviv, bajo la supervisión de Rachel Stern, y con los protocolos establecidos.

Los resultados permanecerán confidenciales hasta que concluya la revisión independiente y se establezca un marco de publicación.

Formarán parte de un segundo expediente que complementará el artículo sobre las anomalías.

Y propondré que ese expediente quede depositado en el Museo Británico, junto a los documentos de Müller, con las condiciones de acceso que Pembridge considere apropiadas.

—¿Hartmann aceptará esas condiciones?

—Hartmann las propuso antes de que yo las formulara. Esta mañana ofreció el fragmento que lo analicemos para análisis en las condiciones que consideremos apropiadas. Yo solo estoy llevando esa oferta hasta sus consecuencias: el máximo rigor posible sin convertir el procedimiento en un obstáculo.

Clara lo miró durante un momento.

—¿Y Brenner?

—Brenner recibirá el informe técnico sobre las anomalías del sitio.

Es el trabajo para el que me contrató. El fragmento y el segundo expediente quedan fuera del ámbito de su proyecto: el fragmento no procede de la excavación ni figura en su documentación oficial.

Es una pieza de una colección privada que será estudiada en el marco de una investigación independiente con los permisos y protocolos correspondientes.

—¿Y si Brenner conecta los puntos?

—Brenner no sabe que el fragmento existe. El informe documenta las anomalías del sitio y recomienda análisis adicionales, nada más. Para relacionarlo con el fragmento tendría que conocer su existencia, y decidir si se la comunica es asunto de Hartmann, no mío.

Clara procesó esa cadena durante un momento. Luego dijo:

—¿Cuándo crees que el mundo estará listo para recibir el segundo expediente?

Elías pensó en Hartmann, en la segunda ola que siempre llegaba y en la carta de Müller a su hijo.

—No lo sé —dijo—. Y esa incertidumbre ya no me parece un defecto del análisis, sino parte de su honestidad.

Cuando el análisis del fragmento esté completo, el expediente tendrá la solidez técnica que ahora le falta.

Lo demás —cuándo hacerlo público—pertenece al futuro y a quienes entonces tengan mejores instrumentos para decidirlo.

—Como tomamos nosotros la decisión que ni la comunidad del siglo III ni Müller pudieron tomar.

—Exactamente.

Era la simetría que Elías había estado construyendo sin nombrarla: el proceso no terminaba con ellos.

Eran un eslabón más de la cadena, el que disponía de los instrumentos del siglo XXI y podía avanzar donde Müller y la comunidad del siglo III no habían podido.

Pero seguían siendo un eslabón, no el final.

Esa tarde, Elías respondió a Hartmann. Cuatro líneas bastaron.

Estableció las condiciones del análisis: laboratorio de la Universidad de Tel Aviv, supervisión de Rachel Stern, confidencialidad hasta que concluyera la revisión independiente y se fijara un marco de publicación, y propuesta de depósito del segundo expediente en el Museo Británico junto a los documentos de Müller.

Hartmann respondió en veintidós minutos. Dos palabras en alemán: Einverstanden. Danke.

Después, por primera vez en varios días, la investigación adquirió aspecto de rutina.

Rachel Stern respondió que revisaría la segunda sección antes del viernes; el colega de Madrid tendría comentarios sobre la primera la semana siguiente.

El de Oxford tardó tres días más, pero sus observaciones fueron las más útiles.

Brenner recibió el informe el martes siguiente.

Elías se lo envió por correo electrónico y dejó también una copia impresa en las instalaciones del proyecto la mañana en que él y Clara recogieron sus cosas para ir al aeropuerto.

El informe tenía treinta y cuatro páginas y cuatro secciones.

Incorporaba las observaciones de Rachel Stern y de los dos epigrafistas, cuyos nombres figuraban en los agradecimientos.

La cuarta sección decía exactamente lo que Elías había decidido que podía decir.

Brenner no respondió ese día ni el siguiente. Cuatro días después envió un correo breve: agradecía el trabajo y comunicaba que el equipo estudiaría las recomendaciones de análisis adicionales. El tono sugería que había entendido más de lo que el informe decía, y que había decidido no decir cuánto.

Era una respuesta que no abría ninguna puerta ni cerraba las que el informe había dejado abiertas. Con lo que Brenner sabía —y con lo que ignoraba de lo ocurrido fuera del proyecto— era probablemente la única respuesta que podía dar.

Elías leyó el correo de Brenner en el aeropuerto, veinte minutos antes de que cerrara la puerta de embarque.

Lo leyó con la atención. No había cabos sueltos. El informe era lo que era.

El artículo sobre las anomalías llegaría a la revista que Elías había elegido en unas seis semanas, después de las revisiones de sus colegas y de la última lectura hecha con la distancia que da dejar reposar un texto.

El análisis del fragmento comenzaría cuando Hartmann organizara el traslado. Según el correo de la tarde anterior, eso podría ocurrir en el plazo de un mes.

El segundo expediente existiría. No ese mes, probablemente tampoco ese año.

Pero existiría. Y cuando lo hiciera tendría la solidez que al primero todavía le faltaba.

El primero entretanto, habría preparado el terreno para que lo que viniera después pudiera ser recibido por lo que era y no por aquello en que el ruido mediático pudiera convertirlo.