Capítulo 5 #3
Elías se inclinó sobre las fotografías. La de la derecha mostraba un terreno calizo que reconoció, con la orientación diferente que produce una fotografía tomada desde un ángulo que no era el de acceso habitual al sitio.
En el margen izquierdo de la imagen había algo que podía ser, en la escala y la calidad de la fotografía de época, el borde de una apertura en la roca.
—¿Quién era el viajero?
—El nombre en el informe es H. A. Müller. —Clara lo miró—. Son las iniciales de Heinrich Albrecht Müller.
Elías no dijo nada durante un momento.
—Müller visitó ese sitio en 1923.
—Aparentemente. —Clara sacó la segunda carpeta—.
Y si visitó ese sitio en 1923 y murió ese mismo año, según los registros que encontré la semana pasada, es posible que no fuera la primera vez que lo visitaba.
La fotografía no está fechada con precisión.
Solo consta el año del informe, 1923, pero el informe podría recoger visitas de un período más largo.
—O podría ser una sola visita del año final de su vida —dijo Elías.
—Podría. —Clara abrió la segunda carpeta, que contenía copias de registros de compraventa en hebreo antiguo con anotaciones en alemán en los márgenes—.
El contacto del Museo de Israel me envió esto esta mañana.
Son extractos de registros de transacciones del mercado de antigüedades de Jerusalén del período 1895-1920.
El nombre Müller aparece en cuatro registros distintos como comprador.
Dos de las transacciones son de objetos de cerámica no especificados.
Una tercera es de monedas romanas del período.
La cuarta es de un objeto descrito como "fragmento de osario con inscripción, procedencia zona norte". Sin más especificación.
—¿Fecha?
—1907.
Elías miró la copia del registro. La anotación en alemán, escrita en el margen, era de letra apretada y regular: Ossuarium. Fragment. Inschrift teilweise lesbar. Herkunft ungeklärt. Fragmento de osario. Inscripción parcialmente legible. Procedencia sin aclarar.
—Un fragmento —dijo Elías.
—Un fragmento de un osario con una inscripción parcialmente legible que Müller compró en 1907 con procedencia sin aclarar en el mercado de Jerusalén.
—Clara cerró la carpeta—. No es el osario completo.
No es el sitio de Brenner. No es ninguna de las piezas que necesitamos para conectar los puntos.
Pero es Müller, en Jerusalén, comprando fragmentos de osarios en el período correcto.
—¿Qué inscripción?
—El registro no lo especifica. Solo dice "parcialmente legible".
—¿Dónde está el fragmento ahora?
—No lo sé. Podría estar en la colección de la familia Müller si se conservó.
Podría haberse perdido. Podría haber sido vendido.
—Clara se sentó—. Lo que el contacto del Museo me dijo, y esto es lo que me parece más importante, es que el mercado de fragmentos de osarios en ese período era específico.
Los fragmentos se vendían cuando el osario completo no podía moverse, o cuando alguien quería documentar la existencia de una pieza sin llevar la pieza entera.
Los coleccionistas que compraban fragmentos eran en su mayoría los que tenían acceso al sitio de origen y no querían o no podían extraer la pieza completa.
—¿Müller visitó el sitio?
—La fotografía de 1923 demuestra que visitó el área. Lo que hizo ahí en 1907 o en cualquier año entre 1907 y 1923, no lo sé todavía. Pero estaba ahí.
Elías recogió el cuaderno del maletín y lo abrió en la página de esa tarde.
Leyó las notas que había tomado en la cámara y luego leyó las notas de los días anteriores, el tipo de relectura que permite encontrar conexiones que no eran visibles cuando cada observación se había escrito de manera aislada.
La tabla de control del laboratorio señalaba una anomalía en el deterioro del calcio interior del osario número cuatro.
La anomalía era compatible con la hipótesis de que el osario había estado en un entorno de condiciones distintas durante parte de su historia.
El mortero del sellado de ese mismo osario era compatible, desde el punto de vista arqueométrico, con los siglos III-V.
Los registros estratigráficos mostraban suelo removido debajo de los dos osarios de la pared del fondo.
La letra anómala de la inscripción del osario de Yeshua apuntaba al mismo período que el mortero.
Y ahora había una fotografía de 1923 que ponía a Heinrich Albrecht Müller en el área del sitio, y un registro de compraventa de 1907 que lo ponía comprando fragmentos de osarios con procedencia sin aclarar en el mismo mercado donde ese tipo de objetos circulaba antes de que los protocolos arqueológicos contemporáneos existieran para impedirlo.
Era demasiado para ser coincidencia y demasiado poco para ser prueba. Era exactamente el punto en que se encontraba investigación: a punto de avanzar hacia algo diferente, pero sin haber dado todavía el paso.
Elías cerró el cuaderno.
—Rachel Stern viene mañana a las nueve —dijo.
Clara lo miró.
—¿La llamaste?
—Le escribí esta tarde, antes de ir al yacimiento. Necesito una segunda opinión sobre la anomalía del calcio. Y ella tiene la especialización técnica necesaria para determinar si lo que veo en el informe del laboratorio tiene una explicación simple o no.
—¿Le dijiste para qué era?
—Le describí la anomalía técnica sin darle el contexto.
Clara asintió, con el gesto de quien reconoce una decisión acertada y no necesita decirlo.
—¿Brenner sabe que viene?
—Le pediré autorización de acceso mañana por la mañana. Es una visita de consulta técnica sobre el análisis que me han pedido preparar. Tiene motivo para autorizarla.
—¿Y si no la autoriza?
—Si no la autoriza, eso es una respuesta.
El día siguiente amaneció con viento del oeste, que cambiaba la textura del aire de Jerusalén de una manera que quienes conocen la ciudad reconocen inmediatamente: más fresco, menos polvoriento, con esa calidad específica que hace que los colores del terreno calizo parezcan más definidos que en los días de viento del este.
Elías llegó al yacimiento veinte minutos antes que Rachel Stern para hablar primero con Brenner antes de que ella apareciera.
Brenner estaba en el área de procesamiento, revisando el material documentado del día anterior.
Escuchó la solicitud de Elías con la atención sostenida que lo caracterizaba, sin interrumpir, con esa capacidad de procesamiento tranquilo que Elías había empezado a leer, desde la noche de la conversación sobre los precedentes arqueológicos, como algo más ensayado de lo que parecía.
—La doctora Stern tiene una especialización en arqueometría que complementaría el análisis que estoy realizando —explicó Elías—. Específicamente, en lo que se refiere a los patrones de deterioro de los materiales. Es una consulta técnica estándar.
—Por supuesto —dijo Brenner, con una sonrisa completamente ordinaria, que no dejó ningún rastro en su expresión al desaparecer—. El proyecto se beneficia de cualquier análisis especializado adicional. La doctora Stern es una investigadora excelente.
—¿La conoces?
—De nombre. Hemos coincidido en conferencias. —Brenner volvió a los materiales sobre la mesa—. Dile que necesito un formulario de visitante externo firmado, por protocolo del proyecto. Puedo tenerlo listo en media hora.
Era un procedimiento perfectamente ordinario.
Era también —Elías lo advirtió en el tono con que se mencionó el formulario— una manera de saber exactamente quién había visitado el sitio y en qué fecha, que era información que los proyectos arqueológicos necesitaban por razones metodológicas completamente legítimas y que también, para alguien que llevara un registro de quién sabía qué sobre un sitio específico, tenía otro tipo de valor.
Rachel Stern llegó a las nueve y cuatro minutos, con el maletín de trabajo que Elías reconocía de los dos proyectos anteriores y con la energía específica de los investigadores que se mueven con rapidez no porque estén apurados sino porque su metabolismo mental funciona a una velocidad que el cuerpo ha aprendido a acompañar.
Era una mujer de cuarenta y tantos años, con el cabello gris en las sienes que en algunos investigadores produce la impresión de autoridad y en ella sugería más bien la impresión de alguien que había tenido cosas más interesantes en qué pensar que el color de su propio cabello.
Firmó el formulario de visitante que Brenner tenía preparado, intercambió con él el tipo de saludo entre colegas que existe para cumplir con la cortesía sin gastar tiempo en ella, y siguió a Elías hacia la entrada de la cámara.
—¿Qué tienes? —preguntó, mientras bajaban los escalones.
—Un valor en la tabla de control del informe del laboratorio que no cuadra con los otros cinco. —Elías encendió el foco de trabajo—. Deterioro del calcio en el interior de un osario específico, por encima del margen microclimático estándar respecto a la roca circundante.
—¿Cuánto superior?
—Un diecisiete por ciento fuera del rango de los otros cinco. Dentro del umbral del laboratorio, pero en el extremo.
Rachel no dijo nada durante el tiempo que tardó en ajustar los ojos a la luz de la cámara. Luego se acercó al osario número cuatro con la directividad de alguien que no necesita que le señalen a dónde mirar porque ya sabe lo que está buscando.
Sacó su propia lupa y examinó la superficie exterior del osario durante un minuto que Elías aprovechó para situarse en el ángulo desde el que había fotografiado el mortero el día anterior y desde el que la diferencia de textura entre el sellado añadido y la piedra original era más visible.
—El mortero —dijo Rachel, sin apartar los ojos de la lupa.
—Sí.
—No es contemporáneo de la construcción.
—No.
—¿Análisis del material?
—Solo visual por ahora. Compatible con la Antigüedad tardía, siglos III a V por composición y técnica.