El expediente de la tumba equivocada (Los expedientes de Elías y Clara 1) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—Observaciones preliminares. Nada concluyente todavía.

Brenner asintió con la expresión de alguien a quien aquello satisfacía más que los avances y siguió hacia el área de trabajo del equipo. Elías lo observó dos segundos más de lo que habría observado a alguien en quien no estuviera pensando nada en particular. Luego volvió al cuaderno.

Clara llegó a las once.

No llegó al yacimiento porque Elías le había dicho que no viniera, y Clara había respondido ⟪ clar o⟫ con ese tono que significaba que ya había decidido qué iba a hacer mientras tanto.

Lo que había decidido, según le explicó cuando se encontraron para comer en un restaurante del barrio armenio de la Ciudad Vieja, era hablar con Miriam.

Miriam Katz era la asistente de campo de Brenner, la joven de cabello recogido con quien Clara había hablado brevemente durante la comida del día anterior.

Tenía veintiséis años, llevaba tres semanas en el sitio desde el inicio de la excavación formal y había formado parte del equipo de Brenner durante los dos años anteriores en proyectos distintos.

Clara había establecido esto con una naturalidad que Elías encontraba técnicamente inexplicable pero empíricamente consistente: había hablado con Miriam durante cuarenta minutos sobre Tel Aviv, sobre el precio de los apartamentos en Florentin, sobre un restaurante de hummus en el mercado de Carmel que Miriam echaba de menos y sobre el trabajo de campo en general, agotador en el sentido físico, pero también en otro sentido que Miriam no había precisado y que Clara había anotado como una frase detenida antes de llegar a donde iba.

—¿Qué echo de menos de Tel Aviv? —había repetido Miriam, retomando la pregunta de Clara—. Pues muchas cosas. Sobre todo, no tener que pensar en lo que no debo decir.

Clara había dejado esa frase en el espacio, sin perseguirla. Era su manera de invitar a que algo volviera por sí solo si tenía que volver.

Miriam no había dicho nada más al respecto. Pero había acompañado el silencio con una expresión que Clara describió a Elías como la de alguien que acaba de recordar que no está de vacaciones.

—Es demasiado vago para ser útil —dijo Elías, cortando el pan de la cesta que había llegado con el café.

—Ahora sí —dijo Clara—. Cuando tengamos más datos, dejará de serlo.

Elías dejó el cuchillo sobre la mesa y miró a Clara durante un momento.

Había algo en la manera en que ella construía sus argumentos, por acumulación lateral, añadiendo piezas que no parecían conectadas entre sí hasta que, de pronto, encajaban, que producía en él una sensación análoga a la de la inscripción anómala: la certeza de que estaba viendo algo que no podía ignorar, aunque todavía no supiera qué significaba exactamente.

—¿Qué más dijo? —preguntó.

—Me preguntó cuánto tiempo íbamos a estar.

—Pregunta razonable.

—Le dije que dependía de lo que encontráramos.

—También razonable.

—Entonces dijo que esperaba que no estuviéramos demasiado tiempo —dijo Clara—. Y lo dijo con la cara de alguien que habla en serio, pero no puede explicar por qué sin revelar algo que no quiere decir.

Elías consideró eso. En la mesa de al lado, un grupo de turistas examinaba un mapa de la Ciudad Vieja con la concentración desorganizada de quien no sabe exactamente qué está buscando, pero confía en que lo reconocerá cuando lo encuentre.

—Esta tarde necesito volver a los osarios —dijo—. Al tercero en concreto. Y necesito los registros estratigráficos completos del sector sur: la posición exacta de cada pieza cuando fue descubierta, antes de que el equipo las moviera a la mesa de trabajo.

—¿Por qué los registros estratigráficos?

—Porque si la distribución que vi ayer era original y no resultado de cómo el equipo organizó el material, tiene que estar documentada en los registros de extracción. La posición en que se encontró cada pieza es la única evidencia de cómo estaba antes de que alguien la tocara.

Clara asintió.

—¿Y si Brenner no te da los registros completos?

—Me los dará. No tiene razón para no dármelos.

—No tener razón para negarlos y decidir entregarlos son dos cosas distintas —dijo Clara—. Lo primero es lógico. Lo segundo depende de otras cosas.

Era el tipo de distinción que a Elías le resultaba difícil incorporar a su sistema de trabajo porque era verdadera, pero no verificable de antemano.

Si Brenner le daba los registros, la observación de Clara habría sido innecesaria.

Si no se los daba, habría sido imprescindible.

La única manera de saber cuál de las dos posibilidades se cumpliría era pedirlos.

Los pidió esa misma tarde.

Brenner se los entregó sin vacilar, en formato digital, con una nota al pie que indicaba que la documentación de extracción había sido realizada según los protocolos estándar de la Autoridad de Antigüedades y que cualquier pregunta sobre el procedimiento podía dirigirse al técnico responsable, que era Avi.

Era una nota perfectamente formal. También era el tipo de nota que se añade cuando uno quiere que quede constancia de que la documentación existe y ha sido entregada, lo que es una cosa distinta de querer que se examine en detalle.

Elías la examinó en detalle.

Los registros estratigráficos de extracción documentaban, para cada pieza, la cuadrícula donde había sido encontrada, la profundidad, la orientación y la relación espacial con los elementos adyacentes.

Era documentación correcta y completa en todos los aspectos formales.

Y lo que esa documentación mostraba, después de que Elías pasara dos horas examinándola en el apartamento que usaban como base de operaciones, era lo que había intuido el primer día: la separación de los dos osarios en la pared del fondo era original.

No era una reorganización del equipo. Los registros de extracción indicaban que ambas piezas habían sido encontradas exactamente donde estaban, separadas de los otros cuatro osarios por noventa centímetros en el plano de la cámara, sin que las notas de campo explicaran esa distancia.

La separación no había sido creada por nadie en el siglo XXI. Llevaba ahí desde mucho antes.

Eran las ocho de la tarde. Elías tenía los registros sobre la mesa, la cámara con las fotografías del día, el cuaderno con las anotaciones de la mañana y la inscripción anómala documentada desde cuatro ángulos distintos.

Clara estaba en el sofá del apartamento con una taza de té y su propio cuaderno, donde escribía algo que Elías no estaba mirando porque respetar el trabajo de Clara mientras lo desarrollaba era uno de los acuerdos tácitos que habían establecido durante años de compartir trabajo sin haberlo negociado nunca explícitamente.

—¿Sabes lo que es una fórmula epigráfica? —preguntó Elías, sin levantar los ojos de los registros.

—Sí —dijo Clara—. Una frase hecha. Una estructura que los escribas repetían porque era la manera correcta de decir algo en un contexto específico.

—Como el saludo en una carta.

—Exacto.

—Las fórmulas epigráficas funerarias del período del Segundo Templo son razonablemente bien conocidas porque hay suficientes ejemplos documentados como para establecer patrones.

—Elías cerró los registros estratigráficos y los dejó a un lado—.

Son estables en su estructura, pero varían en sus detalles gráficos según el período.

No de manera radical, porque las fórmulas son conservadoras por definición: la gente tiende a escribir en las piedras de los muertos lo que vio escrito en otras piedras de otros muertos.

—Tradición.

—Tradición con variación paleográfica trazable. Eso significa que, si uno conoce suficientemente bien el corpus, puede fechar una inscripción funeraria con una precisión razonable no solo por lo que dice sino por cómo está escrito.

Clara dejó el té sobre la mesa.

—¿Y la inscripción del tercer osario?

—La primera línea corresponde perfectamente al siglo I. El nombre, la filiación, la estructura. Y el trazo de las letras también: la forma de la ayin, la bet, la mem, todas dentro del rango documentado para el período.

—¿Y la segunda línea?

Elías abrió el cuaderno en la página donde había dibujado las tres formas de la letra ayin: la del siglo I, la del siglo III y la que había encontrado en el osario.

—La segunda línea tiene una letra que no corresponde al siglo I. Corresponde al siglo III.

Clara miró el dibujo durante un momento.

—¿Solo una letra?

—Solo una. Pero no es una variación de escriba.

Es la forma documentada del siglo III, que es el resultado de una evolución que tardó dos siglos en desarrollarse.

Como si alguien hubiera escrito la segunda línea sabiendo exactamente cómo debía verse una inscripción del siglo I, pero cometiendo un error de detalle que solo es visible si uno conoce la paleografía del período con suficiente profundidad.

—¿Cuántas personas conocen la paleografía del período con suficiente profundidad?

Era la pregunta correcta. Elías se la agradeció porque era la misma que él mismo había estado postergando.

—Pocos. En cualquier época. Incluida la Antigüedad.

—¿Qué significa eso?

—Que si la segunda línea fue añadida en el siglo III por alguien que quería que pareciera del siglo I, ese alguien tenía un conocimiento paleográfico extraordinario.

Lo suficiente como para reproducir la forma correcta de las letras en casi todos los aspectos.

Suficiente para engañar a cualquiera que no examinara la inscripción con el nivel de detalle que yo he aplicado esta mañana.

—¿Pero no lo suficiente para engañarte a ti?

—No lo suficiente para engañar a alguien que conoce la evolución completa del trazo en ese período.

—Elías cerró el cuaderno—. No es un error de ignorancia.

Es un error de exceso de conocimiento: alguien que sabe perfectamente cómo se ve la letra, pero que vive en un tiempo en que la letra ya ha evolucionado y que, en un momento de distracción o prisa, traza la forma que conoce en lugar de la que está imitando.