Final
Dos semanas después…
Reginald y Sybil fueron hacia las caballerizas. Él creía que solo irían a alimentar a los animales, pero para su sorpresa, dos caballos estaban ensillados para salir a montar.
—Esto es una trampa —masculló Reginald con humor.
—Supongo que después de todas tus confesiones, montar es otra habilidad que tienes.
—Fui descubierto. Es solo que me duele la entrepierna al estar tanto tiempo sobre un caballo. Tenía que inventar algo para evitar el dolor, ¿o no? Además, me da fatiga y, como soy muy holgazán, prefiero evitarlo.
—Pues hoy es tu día de suerte. Montaremos antes de dejar la propiedad. No quiero hacerlo sola, con Andrew o Ming, prefiero ir contigo, mi esposo.
—Por fin me necesitas, al menos para hacerme sufrir. Qué fortuna tengo. Subamos…
Sybil había conseguido sacar a su esposo de otra zona de comodidad.
A él solo necesitaba empujarlo un poco. Descubrió que las amenazas y golpes no funcionaban para manipularlo, pero sí los deseos que ella tenía.
No pensó que su encanto femenino fuese la mejor arma para mantenerlo cerca e interesado.
Hacía todo lo que podía por consentirla y eso era realmente encantador.
El conde ganó su corazón con su ternura característica.
Lo único que él necesitaba era sentirse apreciado. El resto venía solo.
Los dos partieron hacia las praderas para disfrutar del viento y el paisaje.
La brisa de primavera era fresca y revitalizante, perfecta para que una pareja joven como ellos se uniera aún más.
Los dos cabalgaban con soltura. Sybil estaba impresionada con el porte de Reginald en el caballo, era la primera vez que lo veía, se notaba su clase y resaltaba más su atractivo.
Su cabello despeinado ya no le parecía solo una señal de rebeldía, sino de verdadera libertad y felicidad.
—Sybil, te mostraré un lugar hermoso con cuevas detrás de este bosque… ven… —mandó Reginald, que miraba al frente señalando, pero al no obtener respuestas, giró su cabeza para ver la razón de su silencio. Ella no estaba, solo su caballo se encontraba a un par de pies de distancia—. ¡Sybil!
El conde gritó su nombre para que aquella respondiera; sin embargo, no había respuesta. Recorrió el camino que ya habían transitado para encontrarla. La halló inconsciente entre los pastos largos de la pradera.
—¡Sybil! —la llamó bajando del caballo a toda prisa para verla—. ¡Sybil, responde!
Era inútil, ella no despertaba. No dudó un minuto más, la cogió en brazos y la subió a su caballo para llevarla a su residencia. Esperaba que no estuviese muerta, porque si a su esposa le ocurría algo, lo mejor era no continuar.
Mucho antes de llegar a la casa ya iba gritando por ayuda. Los sirvientes de los alrededores lo siguieron para ayudarlo. Ming aún estaba en la propiedad, por eso cuando salió al oír el barullo, entendió lo que ocurría.
—¡Milady! —exclamó intentando ayudar a Reginald.
—Que alguien vaya por un médico, no sabemos qué tiene —resaltó Reginald bajando a Sybil en brazos de los sirvientes.
Ellos la llevaron a la planta alta, mientras otros buscaban sales para despertarla y agua para limpiarla. Estaba sucia después de su caída.
La colocaron en la cama y Reginald se sentó a su lado.
—Sybil… abre los ojos. Eres la criatura más cruel al hacerme esto. Si no despiertas, juro que no te perdonaré y te seguiré hasta el infierno para cobrar esta angustia.
—Milord, no está muerta, solo está desmayada. Todavía respira. Tal vez solo tenga golpes por la caída —alegó Ming para calmar a ese hombre exaltado.
—Pues que se despierte ya. Aquí mando yo y lo exijo.
Las sales llegaron y las colocaron cerca de su nariz, lo que hizo que despertara con lentitud.
—¿Qué pasó? Me duele todo el cuerpo… —dijo sin abrir los ojos.
—Te caíste del caballo, Sybil. Te dije que montar era peligroso y no me escuchas…
—Me sentí mal y caí. Qué venga un médico a verme. Lord Riverdale, te pido que salgas un momento de la habitación, quiero hablar con Ming…
—Me parto el lomo para traerte a caballo y me echas de la habitación, tú no tienes Dios, querida. Al menos no estás muerta. El médico vendrá pronto.
Después de que se fuera. Sybil arrugó el rostro y lloró.
—¿Qué pasa, milady? Usted no llora, ¿qué pasa?
—Ay, Ming, yo sé lo que me ocurre. Es el peor momento.
—Oh, no. Ahora entiendo que no usara las compresas.
—Seré una carga para Reginald. Cuando venga el médico, él sabrá que estoy embarazada. No es un buen momento. Las cosas en Londres están revueltas y nosotros esperamos una mudanza. Un niño no está en los planes.
—No se puede hacer nada, milady. El niño ya está, lo único que queda es cuidarla a usted más que nunca y para eso, milord debe saber lo que ocurre.
—Él no lo querrá. Estábamos de acuerdo con no tenerlos.
—Eso fue al principio, cuando no se conocían bien y cada uno iba por su rumbo. Ahora solo pueden escoger un camino.
—Dile que entre, debo hablar. No podré ocultar esto por mucho tiempo.
Ming fue a cumplir con la orden de Sybil.
Cuando Reginald regresó, encontró a su esposa limpiándose la cara y las manos con un trapo húmedo.
—Deja, yo lo hago —ordenó él.
—Estoy embarazada…
Él ni siquiera pudo mojar el trapo cuando oyó eso. Aún no podía comprender lo que ocurría, sus palabras no tenían sentido, al menos no para Reginald.
—¿Qué? —preguntó sorprendido.
—Que vamos a tener un hijo.
—Un hijo… Ay, las cosas se complican… Ahora tendré que trabajar de verdad o él no podrá comer. Yo puedo vivir del aire, pero un bebé es distinto.
—No es buen momento para tus bromas. El río está revuelto.
—Entiendo lo que quieres decir, pero no tenemos solución. Solo podemos cuidarnos. Él no puede vivir como yo, necesitamos un lugar tranquilo. Debemos partir pronto. ¿Cómo te sientes para irnos en unos días?
—Mareada y con náuseas, pero puedo soportarlo. Solo quiero cuidar de ti.
—Me cuidarás cuidándote. Deja todo en mis manos. Seré serio con este asunto.
Aquel le dio un beso en la frente a Sybil y salió de la habitación con la mente trabajando como nunca para buscar refugio. Lo que el médico dijera ya lo sabía, lo importante era que la atendiera y confirmara todo.
—Andrew, pon centinelas toda la noche en la propiedad. Necesitamos de alguien que nos alerte de movimientos.
—Sí, alteza. ¿Qué está ocurriendo?
—Sybil está embarazada y todo se complica aún más. Antes me perseguían solo a mí, ahora que di intereses, esto será peor. No podemos continuar así. Pídele a Arthur un par de lacayos armados. Necesito proteger este lugar hasta que sea seguro para mi esposa ir a un viaje largo.
—Ahora mismo, alteza. Daré mi vida por usted y su familia. Los cuidaré.
El conde puso la mano en el hombro de su sirviente y asintió. Sabía que este jamás lo defraudaría.
***
Unos días después en la residencia, la situación de Sybil se estabilizó, por eso decidieron salir de la propiedad a la mañana siguiente.
Solo debían pasar esa última noche. Reginald se mudó a la habitación de Sybil.
Ahí no solo dormían ellos, sino también Ming y Andrew en la puerta.
Habían extremado cuidados, pero los sirvientes no se sentían tranquilos estando en otro lugar distinto al de sus amos.
—¡Hay soldados, hay soldados! —exclamó uno de los centinelas que llegó gritando a la puerta de la casa, golpeándola sin parar.
—Sybil, debemos partir. Ya están preparados los dos carruajes. Te irás en el segundo que tomará el camino más largo —habló el conde, que la cogía de un brazo para bajarla pronto por las escaleras.
—No te dejaré aquí. Estoy encargada de tu seguridad.
—Me cuidas más dejándome aquí. Tú y el bebé son la prioridad. Haz lo que te digo, yo puedo defenderme. Que nunca te mostrara una sola habilidad no significa que no la tenga.
—¿No me estás mintiendo?
—¿Crees que te mentiría con algo tan importante? ¿Olvidas cómo corrí cuando quisiste darme latigazos? Eso demuestra lo hábil que soy.
—Pero eso es para huir.
—Huiré de aquí, ¿sí? Vete ya… —Él la besó en los labios con fuerza—. Te amo, Sybil.
—Maldición, Reginald, también te amo. Ni se te ocurra morir.
—No, no está en mis planes… Ming, ayúdala a subir al carruaje. Andrew, ven, necesito ver qué armas tenemos a la mano y la cantidad.
—Apresúrese, milady… —pidió Ming al ver que la joven no quería dejar a su esposo.
Después de subirla al carruaje, Ming vio las antorchas a lo lejos.
—¡Váyanse pronto! ¡Están aquí!
Los cocheros de los dos carruajes se apresuraron a salir como podían. La idea era que el primer carruaje continuara el camino a la propiedad a la que se mudarían, mientras que el otro se escondería en un camino que los llevaría al mismo lugar.
Cuando el conde supo que su destino lo había alcanzado, lo aceptó. No caería ahí, sino que cumpliría con regresar a los brazos de Sybil.
Los soldados se detuvieron frente a la residencia, pero para sorpresa de todos, no atacaron. Reginald salió a recibirlos con su pistola en la mano.
—¿Quiénes son y qué quieren? —increpó Reginald.
—Su alteza, soy el marqués de Dublín y he traído cien hombres para escoltarlo a su nueva propiedad.
Debe alejarse mucho del conflicto. La princesa y el duque quieren que esté a salvo.
El rey se ha vuelto loco y pidió que usted sea cazado como un animal.
Los leales no nos doblegaremos ante esta injusticia.
—El marqués de Dublín, el que pretendía a mi esposa…
—Es un asunto del pasado, alteza. No puedo luchar contra eso. Debemos cuidarlo ahora, al igual que su esposa.
—¿Lo único que debo hacer es esconderme mientras me amenazan de muerte?
—No puede hacer nada. Todos saben que es incapaz de muchas cosas, su vida es lo que importa.
—Ignorantes. Me camuflé bien estos años para que nadie me molestara, pero soy mejor que usted en casi todo, menos en estrategia, marqués.
Nadie amenazará a mi familia. Si hace falta que alguien luche al frente, seré yo.
He sido cobarde mucho tiempo y eso se terminó.
Debo luchar por mi esposa y mi familia. Lo que pase después con el país será un asunto que solucionarán los leales.
—¿Qué sugiere, alteza?
—Que veinte de ellos lleven a Sybil y el resto irá conmigo a enfrentar este asunto. Mientras más rápido, menos bajas.
El marqués asintió.
—Debemos hacerlo pronto, porque los soldados del rey están en el condado vecino. Tenían un espía que sabía nuestros movimientos y por eso adelantamos la fecha para partir, sacando un poco de ventaja. Cuando ellos lleguen aquí, este lugar estará vacío.
—Bien. Entonces, vámonos.
***
Cinco años después…
Reginald había logrado vencer a su propio hermano.
A él lo encerraron en la prisión no solo por haber intentado matarlo, sino también porque había logrado eliminar a su competencia.
Como heredero legítimo, decidió abdicar a favor de otro primo.
No quería saber nada del trono, lo único que deseaba era estar con su familia.
Raymond, su hijo de cuatro años, era su mayor felicidad.
No pensó que alguna vez podría vivir tan tranquilo.
Sus padres habían vuelto a su vida y el duque, pese a no ser su hijo, continuaba con sus planes de legarle su ducado.
Atrás quedaron sus días de conde, le habían devuelto su tratamiento de príncipe.
Con el tiempo regresaron a la antigua propiedad, una que se volvió muy próspera y que por fin daba ganancias no solo de la cosecha, sino también de la venta de whisky.
—¿No me dejarás ayudarte con los libros? —curioseó Sybil acercándose a su esposo.
—No. ¿Por qué mejor no vas a la escuela de la propiedad? Hay muchos niños que quieren aprender de ti. El vicario está entusiasmado con tantos feligreses pequeños. Tanta prosperidad lo asusta.
—Iré ahí y llevaré a Raymond. Creo que le hará bien convivir con niños de su edad y un poco más grandes.
—Sí. Dile a tu padre que lo devuelva antes de las cinco. Fueron a pescar y aún no regresan. Cuando termine esto, descansaré un poco.
—Qué atractivo eres cuando trabajas.
—Mi encanto estaba escondido. Dile a Andrew que venga, querida. Necesito asesoría.
Ella sonrió y lo dejó en el despacho, mientras que Reginald abría la ventana para salir por ahí.
Cuando Andrew entró al lugar, la ventana estaba abierta y su sillón vacío. Al acercarse encontró una nota bajo un pisapapeles que decía:
«Ya descansaste suficiente, regresa a trabajar. Yo me voy al monte a dormir, no se lo digas a Sybil».
—Tan poco duró mi descanso. Ha vuelto a ser el mismo vago de siempre —lamentó Andrew, que se sentó a continuar con el trabajo.
Fin.