El excéntrico lord Riverdale (Los solteros 1) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

—Quiere otro individuo para torturar y solo yo puedo dárselo.

En este momento agradezco que no quiera consumar el matrimonio, así mi pequeña semilla no corre peligro cerca de padres negligentes, y no me refiero a nosotros.

Cualquier serpiente puede ser mejor familia que la que tengo yo. No me agradan.

—Es muy drástico. Puede que mi familia de carrera en el ejército le agrade.

—Sé sobre su padre. Es un hombre admirable y preocupado por sus subordinados.

Un verdadero modelo que seguir en cualquier aspecto.

Es capaz y justo, tal vez por eso usted posee varias virtudes.

Sobre su hermano, no sé mucho, pero escuché que es tan hábil como usted en los asuntos de estado.

Podrá relevar al gran general en cualquier momento o quizá tener un papel preponderante en la Cámara de Lores.

—Usted está bien informado para estar lejos y no tener contacto.

—No es que no tenga contactos, tengo amigos cotillos que siempre van a Londres por negocios.

—Debe ser ese caballero elegante que no dejaba de hacerle señas mientras nos casábamos.

—Lo descubrió. Es el señor Matthews. Es un terrateniente y comerciante.

Dinero es lo que le sobra, pero siéntase orgullosa, jamás le he pedido prestado.

Pactar con él sería como hacerlo con el mismo Satanás.

Prefiero morir que aceptar una moneda de un comerciante, son extremadamente crueles para cobrar.

—¿Él sabe que es un príncipe?

—¿Quién es un príncipe? Fui degradado a conde, soy un conde y nada más.

¿Por qué debería saber mi origen? ¿Sabe lo peligroso que es andar diciendo que hay un príncipe pululando por un condado?

No lo diga si no quiere que me maten. Aquí tengo libertad, pero soy un blanco fácil para cualquier enemigo de la familia real que crea que importo demasiado.

Se pueden llevar una sorpresa si me matan: a nadie le importará.

Capítulo 20

Sybil consideró las palabras del conde y, ciertamente, tenía razón.

Cualquier debilidad podría ser utilizada como arma para un enemigo.

No importaba si lo querían o no como miembro de la familia, la suposición era suficiente para actuar.

Cualquier bandido o secuestrador que supiese esa información podría atacarlo.

—Entonces, ¿cree que los bandidos apostados en su propiedad en realidad sean gente queriendo sacar ventaja de que usted es un príncipe? Quizá se enteraron por algún sirviente.

—Es probable. No es que no quiera eliminarlos.

Mi territorio es vasto, no es fácil controlar lo que entra, permanece o sale.

No es que sea un vago, pero para recorrer tanta distancia diaria se necesita no solo dinero, sino personal que pueda hacer el trabajo.

Por el momento, solo Andrew y yo somos los capataces en nuestros ratos libres, esos que escasean, por cierto.

—Con el dinero que traje podremos contratar personal, algunos soldados retirados son una buena opción. Además, Ming puede ayudar. Ella vale al menos por cien hombres en una batalla.

—Ah, sí. Es la que mató a todos los bandidos en mi propiedad. Puede dejarle como pasatiempo asesinar, me complacerá enormemente. También servirá para desquitar el odio que siente hacia mí

—Ella me cuida mucho. Debe comprenderla.

—Andrew me quiere igual. Pese a todas las tempestades y oportunidades que le di para irse, ha preferido pasar penurias a mi lado. Esa es la verdadera lealtad. Soporta hasta que le robe el dinero. Esa es mi mayor prueba de su lealtad hacia mí.

—Sí que es leal. Es mejor tener a pocos leales que a un montón de hipócritas, ¿no es así?

—Ha captado un poco de la motivación humana, pero aún no es suficiente para comprenderme.

—Es cierto que me desconcierta su forma de ser y de hablar. Una cosa no coincide con la otra, tampoco su actitud coincide con la de un tonto.

—Ya hemos tocado este punto. Que sea un poco libertino no significa que fuera bueno para nada, solo es la ley del menor esfuerzo. Cuando una persona está agotada, hasta el pensamiento se cansa.

—Un poco audaz, pero muy real. Estamos llegando a la propiedad.

—Espero que pueda salvarme de mis arrendatarios. Ya ve que no son pocos. Tal vez la presencia de una dama logre calmar sus ánimos caldeados.

—Ese es mi objetivo, porque una vez que lo atacan a usted, me atacan a mí y eso no puedo permitirlo. Quiero ser razonable con ellos.

—Ellos no quieren ser razonables, quieren dinero. Harán lo posible por sacarle provecho. Creerán que es una tonta por ser mujer. Siendo un caballero me han creído tonto, pero mi plan de ignorarlos ha salido a la perfección durante mucho tiempo, por eso digo que los tontos son ellos.

La joven asintió, porque ella también parecía formar parte del selecto grupo que lo creía incapaz.

Él le hacía darse cuenta de que se golpeaba contra una pared cuando se trataba de comparar los conceptos de ese hombre con lo que conocía.

No creía que un mujeriego despilfarrador fuese capaz de pensar más allá, lo que le hacía pensar que aquel caballero era alguien con mucho talento que prefería ocultar, si así fuera, quedaría muerta de la impresión.

Era una idea, no una realidad comprobada, tampoco creía factible comprobarlo.

Tenía tan mala reputación que rebatir algo así podría ser contraproducente.

Reginald descendió primero del carruaje para poder ayudar a Sybil para que se bajara.

—Vaya, ha hecho un trabajo excepcional en este espacio, milady. No parece el mismo jardín de siempre —comentó el conde para agradarla sin soltar su mano.

—Esa era la idea: que nadie reconociera este jardín. Es un día especial, debería ser mínimamente hermoso. —Ella no se alejó de él, dejó que este sostuviese su mano.

Los invitados fueron llegando y los sirvientes los ayudaban a acomodarse. También tenían la presentación de una mujer al pianoforte para ambientar el banquete al aire libre. Para fortuna de Sybil, el clima había colaborado a la perfección.

—Vaya, llevo tiempo sin oír un pianoforte. Qué detalle de su parte, milady —agradeció Reginald con una sonrisa sincera. Aquella no sabía que le gustaba la música y que disfrutaba de oírla, en especial el pianoforte.

—Necesitábamos un buen ambiente, milord, no podemos quedar sin divertir a la gente. He pedido mucha comida y bebida.

—Me alegra…

—Oye, Reginald, ¿no me presentarás a la condesa? Debo decir que tienes un gusto excepcional. Tu esposa es una mujer preciosa —exaltó el señor Matthews.

—Arthur, ella es lady Sybil Whitcombe, hija del general Whitcombe.

—He oído hablar de las hazañas de su padre. Es un hombre de gran valor. Su hija no debe ser menor que eso. Mi estimado conde tiene mucha suerte al estar casado con alguien de su renombre.

—El nombre lo tiene mi padre, señor Matthews. Mi esposo me ha hablado de usted. Dice que es comerciante y terrateniente.

—Sí. Mis tierras colindan con las de Reginald. No me acostumbro a estar en un solo lugar. Vuelvo aquí porque recuerdo a este caballero con frecuencia. Nos une la soledad, milady.

—Puede visitar la propiedad cuando quiera, solo tenga cuidado, hay muchos bandidos.

—Le he dicho a Reginald que se encargue. Él es excelente con el tiro con arma y arco.

La dama giró hacia su esposo y lo vio condenando al señor Matthews con la mirada, como si no quisiera que ella supiera esa parte de su vida.

—No es cierto, amigo, soy malo, ¿lo recuerdas? Quien sabe de eso es Andrew. Me estás confundiendo. Deberías dejar de beber tan temprano, tienes malos hábitos —lo acusó para que no contara nada más que pudiese dejarlo bien parado.

Arthur comprendió la indirecta. Él no quería que su esposa supiera sobre sus habilidades, pero no entendía la razón por la cual no tenerle confianza a la persona que envejecería a su lado. Le parecía absurdo.

Durante el banquete, el conde se abstuvo de ir junto a sus arrendatarios, pero vio a su esposa intentando razonar con ellos de alguna manera.

Desde lejos le enviaba su apoyo, pues no pensaba arriesgarse a mostrar un poco de potencial, porque terminarían haciéndole muchas cosas que no quería.

Estudiar era una de ellas. Sybil creía que las cosas serían fáciles con él y que simplemente se entregaría por la paz mundial, pero estaba lejos de ocurrir algo semejante.

—Milady, la vi animada conversando con los arrendatarios, por simple curiosidad, ¿ha logrado algo? —curioseó el conde de pie junto a ella, observando a los invitados con una copa de vino en la mano.

Ella sonrió con suficiencia y giró el rostro hacia él.

—Por supuesto. Pedí que no lo maten apelando a que estoy recién casada, ¿qué le parece?

—Buena idea para ganar tiempo, pero mala para solucionar el problema de raíz. Bueno, hizo lo posible, tendré que ocuparme de ellos después de repartir el grano.

—Serán amables en esta siembra y en la cosecha, cuando cobren, serán aún más. Esto es una estrategia de retroceder para avanzar.

—Supongo que quienes avanzarán son ellos, aunque prefiero creer que no y confiar en usted y su buena percepción de los demás.

—¿Se está burlando de mí?

—No, no piense esas cosas. Solo no confío en esas ratas. Les gustan los beneficios con el menor esfuerzo, lo digo porque yo no he conseguido nada ni siquiera esforzándome. Son tacaños para arreglar las cosas por su cuenta.

—Lo importante es que no le harán daño y puede pasarse la vida vagando por la propiedad sin peligro alguno. Deje estos asuntos en mis manos. Lo único que necesitaré será su guía sobre los tiempos de siembra.

—Con eso puede ayudarla Andrew. Él es el amo de toda esta finca, yo solo soy el dueño, nada importante.

—Usted me enseñará porque aprenderá conmigo. Debe saber lo que ocurre con sus tierras, no puede vivir ajeno a sus intereses.

—Eso suena a mucho trabajo y, como sabrá, a mí lo que menos me gusta es trabajar. Si otros pueden hacerlo, ¿para qué meterme a estorbar?