Capítulo 20
—¿Está segura de que esta preciosa dama es el diablo del que usted habla con tanta convicción, milord? A mí me parece que es la criatura más angelical no vista antes. Usted estaba equivocado.
—Usted vio mi oreja, ¿está seguro de que me equivoco?
Vivimos bajo el mismo techo y es capaz de hacer muchas cosas que ni siquiera imagina y que no me pondré a relatar.
Por el momento, me dejaré cegar por la belleza tal como lo está haciendo, no puedo desperdiciar el único día en que la veré como una verdadera dama.
La joven se acercó con seguridad por más que las miradas de los desconocidos se cernieran sobre ella. No debía sentir temor de lo que pasaría, pues si quería podría matarlos a todos en compañía de Ming.
—Sea bienvenida, milady. Espero que la vicaría de este humilde servidor sea de su agrado —pronunció el vicario con una inclinación de cabeza para saludar a la futura condesa de Riverdale.
—Gracias, caballero. Mi esposo no se ha portado bien con usted. Para lo que necesite, solo puede buscarme. Él tiene muchos asuntos que atender… —musitó Sybil con delicadeza.
Reginal miró a su futura esposa con atención.
Primero creyó que quería dejarlo como inoperante, pero lo que hizo fue decir que tenía demasiadas cosas más importantes que atender los asuntos de Dios.
Era una bofetada magistral, pero para el conde.
Lo dejaría pasar porque estaba de buen humor al ver la belleza tan delicada de Sybil.
No parecía la mujer violenta con planes de ser comandante que había llegado a su casa días pasados, pero sabía que de este momento no quedarían vestigios más adelante.
—Buen día, lady Sybil. Ha llegado el momento… —habló Reginald.
—Buen día, milord… —correspondió con una reverencia—. Veo que ha venido presentable.
—Lo mismo digo. Es un día especial, por lo que no debemos vestir igual que el resto.
—Por favor, pónganse uno junto al otro —pidió el vicario para poder comenzar.
Andrew y Ming se miraban como si no se toleraran, pero en el fondo sabían que era una rivalidad absurda.
Sus amos se casaban y tenían que aprender a tolerarse.
El señor Matthews miraba a la futura condesa con aprobación.
Era hermosa y esperaba que este matrimonio con su amigo resultara, aunque, según había entendido, ella no estaba dispuesta a darle una unión convencional, por eso él metería a dos damas en su casa para que pudiesen generar celos y, a partir de ahí, que ella recapacitara para cumplir como lo haría cualquier esposa.
Los arrendatarios se observaban entre ellos, deseando aprovechar la oportunidad para atacar a Reginald, mas al notar el porte de la dama, se contuvieron. Tendrían que esperar un poco más para hacer sus reclamos y recibir algunas respuestas. Este no era el momento de hacer un escándalo.
—Comenzamos la ceremonia… —anunció el vicario con su libro de ritos en la mano.
Sybil miró de reojo hacia Reginald, que hacía lo mismo que ella.
Se miraban intentando ocultar la intención.
Ambos temieron a ese día por más de un mes.
Estaban uno al lado del otro y era el tiempo exacto en el que comenzaría la verdadera batalla de voluntades, en donde mostrarían lo que cada uno de ellos quería conseguir.
Con objetivos tan distintos, las cosas cambiarían un poco en el nivel de tolerancia que cada uno de ellos tenía hacia el otro.
La disputa por el poder sería sangrienta, al menos del lado de la joven que estaba acostumbrada a conseguir muchas cosas.
La ceremonia se llevó a cabo en absoluto silencio por parte de los invitados y otros curiosos que no eran parte de la recepción.
Reginald tenía la mente en cualquier otro sitio menos en escuchar las palabras del vicario.
Sabía todo lo que significaba estar casado y no tenía ningún beneficio real de ello.
El dinero iba y venía, con su mente aguda podía conseguirlo en cualquier momento, por eso no compensaba contraer matrimonio, sin contar que, aparte de cualquier otra desventaja, estaba la negativa de su propia esposa a cumplir con sus obligaciones maritales.
Dar un heredero le parecía irrelevante. No sería un buen padre y lo sabía.
No anhelaba hijos hasta que se sintiera cómodo, lo que quería era sentir un poco del placer legal de una mujer de su casa y no de una que todo el mundo disfrutó.
Esa exclusividad era lo que apreciaba, una dama que le perteneciera solo a él por más que corriera el riesgo de ser castrado y quedar como un eunuco.
El sirviente de Reginald dio indicaciones a los invitados para el banquete que tendrían en el jardín de la residencia del conde. Los recién casados irían juntos en un mismo carruaje para demostrar la reciente unión.
El conde le dio la mano a Sybil para que ella se apoyara y pudiese subir al carruaje, ese era el acto más caballeroso que él podría hacer por cuenta propia, no era muy dado a este tipo de espectáculos de caballerosidad.
—Hemos cumplido con nuestras obligaciones, milady. Ahora es cuestión de convivir en la mayor armonía posible. Podríamos quedar en algo así como: usted no me obliga y yo me porto como un santo. De tan bueno que seré, Dios querrá ascenderme en cuerpo y alma —dijo Reginald para conversar con Sybil.
—Esas son sus aspiraciones, no las mías. Por ser un caballero el día de hoy, lo dejaré descansar tranquilo, pero desde mañana, los libros serán su compañía más fiel y aprenderá a subir al lomo de un caballo.
—Milady, con solo pensar que tengo que hacer todo eso, me fatigo. El estudio y la equitación no son para mí. Soy un hombre de arte, no de otras cosas. Creo que tengo edad suficiente para decidir sobre mis pasatiempos.
—Por supuesto que puede decidir, pero usted tiene obligaciones como esposo y las debe cumplir. Le ayudaré para que nadie siga diciendo que es un tonto inútil.
—Milady, usted es de las que se rebaja a morder al perro.
Debe dejar que hablen y que la ignorancia salga a flote.
No soy ningún erudito o prodigio de nada, al igual que el resto.
Somos simples mortales. Algunos creen que por tener más dinero, estatus o preparación, son mejores que el resto, pero le digo que una bala puede matarme a mí o a cualquiera de la misma forma.
Los gusanos nos comerán igual… ¿Cuál es la diferencia?
No me molesta que los demás hablen mal de mí, me gusta saber los chismes.
Quizá un día digan que soy un dios griego reencarnado. Todo es posible.
—Lord Riverdale, ¿alguna vez se toma algo en serio? —cuestionó con los brazos cruzados bajo el pecho.
—Por supuesto que no, o ya estaría muerto. Me encargo solo de lo que puedo, el resto lo dejo ir. Si está lejos de mi alcance y me hace sufrir, no veo razón suficiente para martirizarse por ello. Vivir es lo que importa.
—A veces lo entiendo y a veces no. La ambición siempre la he percibido como algo que perseguir, que sea grande y dé mucha importancia.
—Mmm… quizá no esté tan mal su percepción; sin embargo, las ambiciones cambian de acuerdo con las situaciones de la vida.
Quienes viven en guerra, ambicionan no solo ganar, sino también la paz.
Los que viven en paz ambicionan buscar problemas y pelear.
No todos somos iguales al momento de desear algo.
Para usted es imperativo un cargo que la diferencie y para mí es importante mi tranquilidad.
Lo que buscamos no coincide, pero no significa que no puedan coexistir.
—Está equivocado, no pueden coexistir, porque para tener el cargo, usted debe recuperar el suyo.
—Lamento ser la piedra en el zapato para mi esposa, pero no tengo interés alguno. Viva aquí un par de años y se dará cuenta de que no tiene nada que envidiar a los demás. Pelear y matar no son tan gratificantes como tener la conciencia tranquila.
—Usted no debería hablar de conciencia, pues no la tiene. Durante años ha sido considerado un sinvergüenza. ¿Qué puede decir al respecto?
—Nada. El pasado es parte de mí. Me he librado de un peso muerto.
Que me enviaran aquí fue una de las mejores cosas que me han pasado y lo supe pronto.
Primero tal vez sentí rabia y odio hacia mis padres, pero estoy agradecido porque me hicieron un gran favor, me dieron las alas que nunca tuve.
¿Cree que ser un príncipe es una ventaja?
No lo es. Hubiese dado cualquier cosa por ser un mozo de cuadra.
Sé que dirá: «Pero eso es porque no ha experimentado las carencias de los pobres» y yo le responderé: «Es peor experimentar las carencias de los ricos».
Sin dinero no significa infeliz y con dinero no significa felicidad, y más cuando no se le encuentra sentido a nada de lo que se hace. Aquí aprendí a ser libre.
—Así le llama a ser perezoso —acusó la joven cruzando los brazos.
—Usted es demasiado severa al momento de juzgar, pero la comprendo. Esto que digo no es para todos, solo para los que comprenden el verdadero sentido del sufrimiento. No importa la peripecia en sí, sino cómo uno la vive.
—El libro de frases increíbles e incoherentes debería ir escribiéndolo.
—Lo haré, pero cuando ordene todos mis asuntos. Debo delegar muchas funciones en mi querida esposa, para que no le quede tiempo de andar pensando tonterías. Le aseguro que estará viviendo como yo en menos de seis meses.
—Podríamos apostar —propuso la joven al notar la cara de absoluta certeza del hombre.
—¿Apostar con una pésima perdedora? No lo creo.
Cuando aprenda a perder podríamos conversar, pero por el momento me niego a que me maten o me corten algo valioso.
Estoy seguro de que mi madre le dijo que me corrigiera, no que me matara, por eso, debe considerar sus opciones, existen restricciones para las acciones.
—Es cierto. Ella me ha pedido eso. En verdad, la princesa lo quiere.