Capítulo 19 #3
La joven levantó las manos en señal de rendición. Ese hombre era de naturaleza perezosa y no pensaba cambiar por nada del mundo, al menos no por palabras bonitas, tendría que hacerlo trabajar por las malas.
Uno de los asistentes se acercó a Reginald. Era un hombre de unos cincuenta años en compañía de quien sería su esposa, una dama aún joven, no más de cuarenta.
—Lord Riverdale, deje que me presente. Soy Lord Trevillian y ella mi esposa, lady Trevillian. Hemos venido aquí invitados por lady Sybil Withcombe.
—Es un gusto conocerlos. Espero que estén disfrutando de este banquete.
—Por supuesto que sí, lord Riverdale. Hemos venido para festejar esta unión y también para invitarlos a un baile privado en nuestra mansión. Llevamos tiempo deseando abrirnos a la sociedad rural. Nos acostumbramos al ritmo de Londres y este lugar parece muy tranquilo.
—Ese es el encanto de este condado. ¿Para qué convertirlo en un lugar de entretenimiento?
—Qué gracioso es usted, lord Riverdale —habló lord Trevillian sin entender la insinuación de Reginald. Aquel pensaba que el conde estaba bromeando con él—. Solo lo haremos dos veces al año, ¿eso le parece exagerado?
—Por supuesto que no. Si hay buen vino y música, la gente irá encantada —replicó Reginald para no llevarle la contraria a ese hombre.
Quería una fiesta y no podía negársela, no tenía ese poder, solo podía intentar persuadirlo para que no convirtiera ese lugar en otra Londres llena de personas estúpidas—.
Le aseguro que mi esposa y yo seremos los primeros.
Disfrutamos de las cosas buenas que la vida nos ofrece.
—Nos alegra saberlo, lord Riverdale. Estaremos esperándolos… —musitó la esposa de lord Trevillian observando con interés a Reginald.
Él solo asintió y buscó despedirse lo más pronto posible para ir junto a Andrew.
—Acabo de sentir la mirada lasciva de una vieja, Andrew. Creo que estoy perdiendo el atractivo, por eso las momias comienzan a rondarme —alegó el conde mirando a su alrededor y sujetando a su sirviente del brazo.
—Milord, solo tiene veinticinco años. ¿Qué le pasó?
—Todavía siento que la lengua de esa mujer me recorre la cara… Es asqueroso. Es la esposa de lord Trevillian. Por curiosidad, ¿qué se dice de mí en el pueblo? Este comportamiento no puede ser porque sea un joven atractivo, debe haber algo más.
—A usted nunca le interesó el chisme, ahora resulta que quiere saber.
—En este caso en particular necesito saber a qué demonios me estoy enfrentando. Dímelo.
—Pues, milord, su fama lo ha seguido hasta aquí. Sus pantalones ligeros son como un mito para las damas más avispadas. No le debe sorprender que más de una invitada crea que puede convencerlo de llevarlo a calentar su cama.
—Pero si solo buscaba campesinas al principio y no más de una al año. Entonces todos saben que soy un relegado de la familia real.
—No, no, milord. Esa información está controlada, nadie aquí sabe lo que no debe. Las nobles saben que solo tienen una vida para perder, no se arriesgarán a delatarlo.
—Pero con mi fama esto llegará a varios lugares y esta paz que tengo, definitivamente la perderé. No puedo ser el blanco de las mujerzuelas.
—Entonces, este matrimonio es la mejor forma de demostrar que está reformado y que esa vida suya, la anterior, ha quedado en el pasado para siempre.
Esas acciones jamás se repetirán. Siendo un esposo devoto es la manera más rápida de limpiarse de las damas de edad con miradas libidinosas.
Milady puede ser el escudo perfecto para una vida tranquila, por eso debe aprender a usarla.
Ella es como el agua: puede sostener el barco, pero también puede hundirlo.
Debe andar con mucho cuidado a su alrededor.
—Tengo mucho de lo cual cuidarme. Iré a buscar a mi esposa para dejar una buena imagen a las damas buitres que quieren devorar mi cuerpo.
Capítulo 21
Los invitados parecían no querer dejar la propiedad, en especial, los arrendatarios. Aquellos devoraron el festín y estaban bebiendo todo lo que se había comprado de bebidas.
Sybil se sentía agotada y tomó la decisión de ir dentro de la residencia solo para buscar un poco de silencio.
Su brillante esposo se había perdido de ella hacía ya una hora.
Para su sorpresa, lo encontró durmiendo en el salón, con el pañuelo desanudado y el cabello enmarañado.
Ahí estaba el hombre que conocía. Sabía que no se había ido demasiado lejos, aunque algo sí le gustaba: que tuviese la osadía de no sufrir con ella ante los demás invitados.
—Así quería encontrarlo, milord. Me ha dejado sola por una hora con los invitados —masculló golpeando a Reginald en el brazo.
El conde gritó del susto. Estaba dormido y por esa razón no sabía lo que estaba pasando.
—¿Qué ocurre? ¿Por qué el escándalo? Necesito descansar… —gruñó dándose vuelta sobre el sillón para continuar durmiendo.
—Es el día de nuestro matrimonio. Hay invitados en nuestro patio, lord Riverdale.
—Encárguese de eso, lady Riverdale. He bebido demasiado y quiero cerrar los ojos. Usted es bastante capaz para despachar a la gente. Después podríamos ir a nuestras habitaciones para descansar hasta el día siguiente. Todos deben estar cansados. Háganos un favor y despídalos.
—La dureza de su rostro rivaliza con la de una pared, esposo, pero lo haré usando sus técnicas: ¿para qué hacerlo yo si puede hacerlo otro? ¡Andrew! —vociferó llamando al sirviente del conde.
Aquel apareció muy pronto, como si estuviese cerca de la escena.
—¿Se le ofrece algo, milady?
—Sí, despide a todos. Milord y yo comenzaremos con la noche de bodas. Solo debes decir eso, la gente sabrá entender, al menos eso espero. Estos invitados parecen estar pegados a las sillas y copas.
—¿Debo obedecer, milord? —preguntó Andrew dirigiéndose a Reginald, que seguía con los ojos cerrados.
—Claro, ella es tu ama. Haz lo que dice.
—Sí, milord —obedeció Andrew después de que lo autorizaran a seguir órdenes ajenas, aunque le parecía injusto que él tuviese dos amos, lo que significaba doble trabajo.
Lo único que le faltaba era que ella también se quedase con su miserable porción del sueldo que le tocaba.
Ese sería el colmo y hasta trabajar sería inútil.
Después de que Andrew se fuese a cumplir la orden, la joven empujó las piernas de Reginald y se sentó en el mismo sillón en el que aquel se encontraba.
—Haga espacio, también me acomodaré aquí… —mandó con violencia, cruzando los brazos bajo el pecho.
—Milady, no podemos estar en este mismo sillón. Comencemos por el principio más básico: la casa me pertenece, incluso usted es de mi propiedad desde hoy. Le recomiendo, por su bien y buen descanso, que vaya a su habitación.
—¿Por qué no va usted a la suya? Es bueno para dar consejos, pero no para seguirlos.
—Me descubrió. No puedo ocultarme más. Le haré caso y le cederé este cómodo espacio como señal de buena predisposición. Espero verla esta noche, milady. Hasta más tarde.
El conde se levantó de un salto y fue caminando hacia las escaleras con mucha seguridad, dejando a su esposa en el salón para que disfrutara de su espacio solitario.
Por la noche llevaría a cabo su primera jugada para conseguir la atención de Sybil.
Sabía que era difícil de tratar, pero esperaba que un poco de celos la ayudara a decidirse para aceptarlo sin que tuviese que demostrar su valía.
Sybil se recostó de la misma forma que lo había hecho el conde, pero enseguida se arrepintió, pues antes que él tomara sus buenos hábitos, ella estaba tomando los malos de aquel.
Se estaba volviendo vaga y perezosa. Eso era una pesadilla para alguien como la joven, puesto que estaba acostumbrada a buscar algo que hacer que, por supuesto, no fueran cosas que una mujer común tuviera que hacer. No le gustaba lo convencional.
El sirviente de Reginald tuvo que hacerse cargo de pagar a todos los que trabajaron ese día y no pertenecían a la residencia del conde.
Al final fue un evento más grande de lo esperado.
La condesa lo hizo al estilo londinense en lo ofrecido, pero recordando en dónde se encontraba.
Mientras Andrew trabajaba, Ming había entrado a la residencia a hacerle compañía a su ama.
Eso lo molestó, porque él tenía dos amos que le exigían; sin embargo, aquella sirvienta solo una.
Se quejaría con su amo para que sufrieran de igual manera. Si se hundía, se llevaría a alguien.
Durante la noche, Arthur regresó a la residencia y lo hizo en compañía de dos mujeres arregladas y perfumadas, tal como dijo que le ofrecería a su amigo para la noche de bodas. Cuando golpeó la puerta y Andrew habló, este se quedó de piedra al ver lo que eso significaba.
—Señor Matthews, el conde acaba de contraer matrimonio —habló para que el hombre se arrepintiera de llevar suripantas.
—Andrew, él aceptó esto. Dijo que su esposa no estaba dispuesta a cumplir como lo haría una dama convencional, por eso las traje, para que tenga una excelente noche.
—Señor, me está poniendo en un apuro. Milady es una fiera, si llegara a saberlo, milord morirá. Tenga compasión por él y retírese con su compañía.
—Si tienes miedo de recibirme, solo habla con el conde. Te esperaré aquí para no perjudicarte, porque si algo te pasa, él morirá.
El pobre Andrew quería patear todo lo que se encontraba a su alrededor.
Ese día lo habían tratado peor que a un esclavo, y cuando estaba a punto de ir a dormir, el señor Matthews iba con la intención de desalojar esa casa.
Él sabía que lady Sybil buscaría el arma más contundente y peligrosa para perseguir a su amo.
No estaba seguro de si sobreviviría con sus habilidades que no practicaba desde hacía bastante tiempo y, si lo hacía, era con una amargura absoluta.
—Milord, en la puerta se encuentra su amigo con dos mujeres. ¿Me permite aconsejarlo? —curioseó el sirviente tronando los dedos a causa de los nervios.
—Dime, eso no significa que seguiré tus consejos —replicó el conde con una copa de whisky en la mano.