Capítulo 37. El sello del traidor
L a luz de la mañana en Venecia era distinta a cualquier otra.
No era la claridad franca del sur, ni el resplandor duro de Roma; era un resplandor tamizado, como si el agua y la piedra se hubieran puesto de acuerdo para velar la realidad.
En aquel convento escondido en los canales, donde Gabriel, Isabel y los suyos habían buscado refugio, todo parecía suspendido en un equilibrio precario, como si un soplo bastara para desmoronarlo.
Isabel abrió los ojos antes que nadie. El techo abovedado, pintado con frescos desvaídos, parecía moverse al compás de su respiración.
Había pasado días en la camilla, entre fiebre y dolor, pero aquella mañana notó una fuerza distinta en su cuerpo.
No era una recuperación total, apenas un destello de energía que le permitió incorporarse lentamente.
Todo le daba vueltas, pero pudo sentarse, apoyada en los cojines que Ricaccio había traído.
Gabriel, que la vigilaba en silencio, se acercó.—No deberías forzarte —le susurró—
Ella lo miró, pálida, pero con determinación.
—He pasado demasiado tiempo inmóvil, si sigo tumbada, moriré más por la espera que por la herida.
El gesto de Isabel, tan frágil y tan firme a la vez, encendió en Gabriel un fuego antiguo: la certeza de que aquella mujer no estaba hecha para ser mártir en una camilla, sino para pelear hasta el final.
Sobre la mesa reposaba aún el sello que el encapuchado había arrojado a los pies de Gabriel antes de desvanecerse en la penumbra.
Era un objeto pesado, de bronce envejecido, con inscripciones que parecían más profundas cuanto más se las miraba.
La criptógrafa, desde que lo vio, no había dejado de estudiarlo.
—No es un simple emblema —explicó a los presentes—. Este sello perteneció a un pontífice del siglo XV, Benedicto X, borrado de los registros oficiales por herejía. Fue declarado antipapa… pero la pieza demuestra que hubo bulas y decretos bajo su autoridad que jamás se destruyeron.
Gabriel la escuchaba con atención, mientras Isabel levantaba la cabeza apenas para mirar. —¿Qué significa? —preguntó él.
—Significa que el Vaticano edificó parte de su poder sobre una mentira silenciada. Y quien dejó este sello a tus pies, sabe que la verdad está a punto de salir a la luz.
Ricaccio, que se mantenía de pie, apoyado en la pared, frunció el ceño. —¿Y si es una trampa? El sello puede ser auténtico, sí, pero entregado de esa manera… quizá solo busque dividirnos.
La criptógrafa lo miró con calma. —No niego la posibilidad, pero incluso como trampa, tiene un valor incalculable: obliga a abrir los ojos.
A cientos de kilómetros, en Roma, la situación se volvía insostenible. Romero, cada vez más intrincado en su juego, manipulaba a los cardenales mientras el Papa, enfermo y debilitado, apenas podía sostener la pluma.
Se rumoreaba en los pasillos del Vaticano que existía un “ Papa fantasma”, no porque se le hubiera visto deambular entre los anaqueles de la biblioteca secreta, sino porque su nombre había sido borrado con tal meticulosidad que parecía un espectro de la historia.
Sus decretos sobrevivían en fragmentos ocultos, como huellas de alguien condenado a no existir jamás.
Un cardenal anciano, tembloroso, se atrevió a comentarlo en el cónclave secreto: —Si el pueblo supiera que las sombras del pasado regresan, no tendríamos forma de detenerlo.
Romero sonrió con esa frialdad que había perfeccionado. —El pueblo creerá lo que yo les diga que crean.
De vuelta en Venecia, Isabel intentaba caminar.
Gabriel la sostuvo con firmeza; ella dio apenas dos pasos antes de que el dolor la doblegara, pero no cedió.
Su respiración era entrecortada, aunque la determinación la mantenía en pie.
—No me mires como a una enferma —le dijo a Gabriel—.
Hazlo como si aún quedara algo de mí para luchar.
Él asintió, aunque el miedo lo consumía por dentro.
—Siempre quedará algo de ti, Isabel; no lo olvides.
La criptógrafa interrumpió aquel instante con un hallazgo: había descubierto una inscripción oculta en el borde interior del sello.
Al frotar con un paño húmedo, emergió un lema en latín: “Veritas non delenda est” .
“La verdad no debe ser destruida”. Gabriel repitió las palabras en voz baja, como si probarlas en sus labios les diera un poder nuevo.
Eufemia permanecía en segundo plano, observando.
Desde hacía tiempo, su papel se tornaba ambiguo: ni enemiga declarada ni aliada confiable.
Sus gestos eran medidos, su voz apenas se alzaba; pero aquella mañana, al ver a Isabel levantarse, dejó escapar un murmullo que Gabriel alcanzó a oír: —La resistencia a veces es peor que la herida.
¿Era una advertencia sincera o un deseo oculto de verla caer?
Gabriel no lo supo, y ese velo de sospecha se volvió más pesado que cualquier bala.
Ricaccio, pese a la herida curada, no dejaba de rondar por el convento.
Dormía poco, vigilaba las entradas, examinaba las calles desde los ventanales estrechos.
Su lealtad era incuestionable, pero había en él un silencio cargado de secretos.
Gabriel intuía que Ricaccio sabía más de lo que decía, quizá porque en Nápoles había presenciado movimientos ligados a Roma que aún no revelaba.
En un momento de calma, se acercó a Gabriel: —Quien nos entregó el sello no lo hizo al azar. Sabe que eres la pieza clave. La pregunta es: ¿para qué? ¿para salvar la Iglesia… o para hundirla? Gabriel guardó silencio. No tenía respuesta.
Mientras tanto, el encapuchado se movía en otra ciudad, lejos de Venecia, pero siempre cerca de su sombra.
Había dejado atrás el sello, pero no su propósito.
En una habitación oscura escribía cartas con tinta negra, cartas que no iban dirigidas a un hombre, sino a una institución.
Sus manos temblaban al escribir un nombre que no debía pronunciarse: “ Benedictus” .
En el convento, la tensión crecía. La criptógrafa comenzó a ordenar los pergaminos antiguos que acompañaban al sello, descubriendo que todos ellos estaban relacionados con decretos anulados, bulas excomulgatorias y registros de juicios contra herejes; una red que, hilada con paciencia, mostraba un mapa oculto de poder paralelo al Vaticano oficial.
Isabel, desde su silla, escuchaba y asentía, aunque a veces sus ojos se perdían en la nada, como si la fiebre aún reclamara su parte.
Gabriel se debatía entre cuidarla y seguir los hilos de aquella revelación.
Fue entonces cuando Ricaccio entró de golpe en la sala, jadeando: —Hay movimiento en los canales. Hombres armados, no parecen venecianos.
El silencio cayó como un peso de plomo. Eufemia palideció, la criptógrafa apretó el sello contra su pecho, y Gabriel miró a Isabel, que apenas murmuró:—Entonces ya nos encontraron.
Un golpe seco en la puerta retumbó en todo el convento.
La madera vibró. Una voz, en perfecto latín, resonó desde fuera: —“ Aperite. Veritas venit”.
“Abrid. La verdad viene” En ese instante, todos contuvieron la respiración, mientras Gabriel sujetaba a Isabel y el sello ardía en las manos de la criptógrafa.