El evangelio silenciado Capítulo 30. El silencio de Florencia
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Capítulo 30. El silencio de Florencia

L a segunda noche había caído sobre Florencia como un manto de terciopelo oscuro, y la ciudad, iluminada por los faroles que se reflejaban en el Arno, parecía guardar en sus piedras un secreto demasiado antiguo para ser revelado sin consecuencias.

Gabriel e Isabel seguían sintiendo la sombra de Nápoles persiguiéndolos, y la herida abierta por la muerte de Alfonso latiendo como una cicatriz reciente.

Habían dejado atrás callejones húmedos y miradas sospechosas, pero el peso de la traición seguía rondando como un espectro.

Florencia los había recibido con su belleza intacta, majestuosa y cruel, como si las torres medievales y las cúpulas renacentistas estuviesen allí solo para recordar que el poder y la ambición nunca mueren, solo cambian de rostro.

—Aquí tampoco estamos seguros —murmuró Isabel, arropándose con su abrigo mientras la brisa nocturna le helaba los huesos.

—Nunca lo estaremos —respondió Gabriel—. Pero en Florencia hay un contacto que puede ayudarnos. O al menos eso me dijeron.

Se internaron por calles estrechas, siguiendo un mapa improvisado de memorias y advertencias, hasta llegar a una pequeña hostería cerca de Santa Croce.

El lugar olía a vino barato y a madera envejecida, y apenas unos pocos parroquianos murmuraban en las mesas, ajenos a la tormenta que se estaba gestando en torno a los dos fugitivos.

Gabriel pidió una jarra de vino y pan; Isabel, en silencio, observaba cada rincón, cada sombra, como si esperara ver a Eufemia salir de entre los pliegues de la penumbra.

Desde Nápoles no había podido olvidar la silueta de la monja, aquella certeza —o ilusión— de haberla visto entre los hombres de Romero.

—No dejes que las dudas te consuman —dijo Gabriel al notar su mirada inquieta.

—No son dudas, Gabriel, la vi, estoy segura y si ella nos ha traicionado, todo está perdido.

Antes de que pudiera responder, un hombre de mediana edad, delgado, con barba entrecana y ojos agudos, se acercó a su mesa. Vestía de manera sencilla, pero en su andar había algo que revelaba autoridad.

—Vosotros sois los que vienen de Nápoles —dijo con voz baja. Gabriel lo miró fijamente, sin confirmar ni negar.

—Depende de quién pregunte.

—Un amigo —respondió el desconocido—. Mi nombre es Ricciardo. Estoy aquí en nombre de quienes aún creen que la verdad debe sobrevivir.

Isabel entrecerró los ojos, desconfiada.

Gabriel, sin embargo, asintió lentamente.

Ricciardo los condujo fuera de la hostería, por callejones oscuros que serpenteaban como venas de piedra, hasta llegar a un palazzo oculto tras altos muros.

Allí, entre bóvedas iluminadas con candelabros, los esperaba un grupo reducido de hombres y mujeres.

—Somos pocos, pero no estamos ciegos —dijo Ricciardo—.Sabemos de Romero, de su juego sucio, y de cómo está envenenando al Santo Padre. Sabemos también del manuscrito que lleváis.

Isabel se tensó y protegió instintivamente la bolsa que llevaba pegada a su cuerpo. —Si lo sabéis, también sabéis que no lo entregaremos.

—No os pedimos eso —contestó Ricciardo—. Solo pedimos que tengáis cuidado. Florencia no es menos peligrosa que Roma o Nápoles. Aquí también tiene hombres, y la traición acecha en cada esquina.

Aquella misma noche, mientras los aliados discutían en la penumbra, en Roma, Romero se inclinaba sobre el lecho del Papa.

El anciano pontífice respiraba con dificultad, su piel estaba cetrina, y cada día parecía desvanecerse un poco más.

Romero, con manos enguantadas, sostenía un frasco diminuto.

Sus labios apenas se movían mientras vertía una nueva dosis en la copa de agua que descansaba junto a la cama.

—Perdóneme, Santidad —susurró, con una falsa sonrisa—. No hay otro camino.

Sin embargo, en su interior, un peso lo desgarraba. La imagen de Isabel, su sobrina, se colaba entre sus pensamientos como un aguijón. No la quería muerta, no a ella, sin embargo, sabía que su destino estaba ya marcado por el juego que él mismo había puesto en marcha.

—Si mueres —murmuró para sí—, será culpa de tu obstinación, no de la mía.

En Florencia, los pasos de la traición se acercaban.

Isabel y Gabriel salieron al amanecer, guiados por Ricciardo hacia los archivos secretos de una biblioteca olvidada, donde supuestamente hallarían las claves para entender el resto del manuscrito.

El aire olía a humedad y a polvo antiguo, y cada sala estaba plagada de pergaminos que parecían respirar con vida propia.

Isabel, fascinada y temerosa, se apartó unos metros, siguiendo un corredor donde las sombras se alargaban como brazos.

Entonces lo vio. Una figura encapuchada, inmóvil, como un espectro que aguardaba en silencio.

Su corazón dio un vuelco. —¿Eufemia? —susurró, casi sin voz.

La figura se desvaneció en la penumbra. Gabriel acudió al escucharla, pero ya no había nadie.

—¿La viste otra vez? —preguntó.

—Sí. Esta vez no me engañan mis ojos. Está aquí, Gabriel. Y nos sigue.

Ricciardo los urgió a marcharse, pero ya era tarde.

En cuanto salieron de la biblioteca, un grupo de hombres armados los rodeó.

La lucha fue rápida y brutal. Gabriel defendió a Isabel con todo su cuerpo, mientras Ricciardo caía herido.

Los gritos se mezclaron con el tañido lejano de las campanas de la catedral.

Y entonces ocurrió. Una bala, disparada desde un balcón, silbó en el aire y alcanzó a Isabel en el pecho.

Su grito desgarró la noche. Gabriel la sostuvo entre sus brazos, sintiendo que su vida se escapaba.

—No… Isabel, no me dejes —rogó, con lágrimas nublándole la vista.

Ella lo miró, con una extraña serenidad. —No es el final… todavía no. Su cuerpo inerte.

Gabriel gritó, un rugido animal que resonó contra las piedras centenarias de Florencia. Los atacantes huyeron, y en la confusión, Ricciardo malherido y Gabriel arrastraron el cuerpo de Isabel fuera.

En Roma, Romero recibió la noticia de inmediato. Su semblante, siempre implacable, se quebró por un instante. Se encerró en sus aposentos, golpeando la mesa con furia. —¡No debía morir! —exclamó, ahogando su rabia en un silencio cruel.

Su ambición había planeado la caída del Papa, había manipulado concilios y voluntades, pero jamás había deseado ver a su sobrina derrumbada bajo las balas de sus propios hombres, sin embargo, el destino no podía deshacerse ya.

En la penumbra de su despacho, Romero comprendió que, al mismo tiempo que avanzaba hacia el poder, había cavado una fosa en su propia sangre.

Florencia amaneció envuelta en silencio.

Gabriel, destrozado, se refugió en una cripta subterránea donde Ricciardo y los aliados ocultaron el cuerpo de Isabel.

No sabía si estaba muerta del todo o si aún había una chispa en su interior, pero su mente se negaba a aceptar la realidad.

Arrodillado junto a ella, juró con los labios temblorosos:

—Te juro, Isabel, que vengaré tu nombre y si aún vives, moveré cielo y tierra para salvarte.

La ciudad de los Médici, con su belleza intacta, se convirtió en un escenario de duelo y de guerra y la batalla por la verdad, lejos de terminar, acababa de encenderse con más furia que nunca.