El evangelio silenciado Capítulo 25. Sombras sobre Nápoles
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Capítulo 25. Sombras sobre Nápoles

La estación central de Roma hervía con el bullicio de los viajeros que partían hacia todos los rincones de Italia.

El murmullo de las ruedas de las maletas, los anuncios metálicos de las salidas y llegadas, y el olor a café recién hecho en los pequeños bares de los andenes envolvían a Gabriel e Isabel mientras esperaban el tren nocturno hacia Nápoles.

El aire estaba cargado de una mezcla de expectación y peligro, como si la ciudad eterna intentara retenerlos, consciente de que lo que les aguardaba en el sur podía ser aún más oscuro.

—No me gusta dejar Roma de esta manera —dijo Isabel, ajustándose el abrigo y mirando hacia las sombras que se acumulaban en los pasillos de la estación—.Siento que estamos abandonando algo importante.

Gabriel, con el rostro endurecido por el cansancio y el peso del manuscrito oculto bajo sus ropas, asintió despacio.

—Roma nos ha dado respuestas… y demasiadas preguntas.

Pero ahora todo apunta a Nápoles. Anselmo hablaba de un archivo olvidado en el monasterio de San Martino, y el aliado del patriarca lo confirmó. Allí está la clave.

La voz de Gabriel sonaba firme, pero en su interior ardía una duda: ¿era realmente Nápoles el siguiente paso, o estaban siendo guiados hacia una trampa cuidadosamente diseñada?

Un silbato rompió sus pensamientos. El tren a Nápoles entraba en la estación, resoplando como una bestia metálica.

Subieron con prisa, fundiéndose en la multitud de pasajeros nocturnos: familias, estudiantes, soldados, comerciantes.

Nadie habría imaginado que entre ellos viajaban portadores de un secreto.

El viaje en tren

El vagón en el que encontraron asiento estaba medio vacío.

Las luces titilaban de forma intermitente, y el traqueteo del convoy parecía arrullar a los pocos viajeros que dormitaban en silencio.

Gabriel se sentó junto a la ventana, observando cómo las luces de Roma quedaban atrás, difuminándose en la oscuridad.

Isabel, a su lado, mantenía la mirada fija en el manuscrito, aunque no se atrevía a sacarlo en público.

—¿Qué piensas? —preguntó él, al verla tan abstraída.

Ella dudó unos segundos antes de responder. —Pienso que cada paso que damos nos acerca más a la verdad… pero también al peligro. Y me pregunto si en realidad no estamos siendo utilizados.

Gabriel la miró con atención. —¿Utilizados?

—Sí —continuó ella—. por el patriarca, por Anselmo, incluso por ese supuesto aliado que nos envió a Castel Gandolfo. ¿Y si todos juegan su propia partida y nosotros somos solo piezas del tablero?

El silencio que siguió pesó más que el traqueteo del tren. Gabriel lo sabía: Isabel no estaba equivocada.

Una sombra entre los pasajeros

En la penumbra del vagón, un hombre de sombrero y bufanda parecía observarlos desde el extremo opuesto.

Cada vez que Gabriel giraba la cabeza, el desconocido apartaba la mirada, fingiendo leer un periódico viejo.

El instinto de Gabriel se encendió. No era la primera vez que notaba esa sensación de ser vigilados.

Desde la huida en Roma, cada esquina parecía tener ojos, y cada sombra podía esconder un enemigo.

Isabel también lo percibió. —Ese hombre lleva siguiéndonos desde la estación.

Lo vi en el andén. —No lo pierdas de vista —susurró Gabriel—. Si baja en Nápoles, lo seguiremos nosotros.

El tren continuó su viaje, surcando la campiña italiana bajo la luna creciente. Afuera, los campos y pueblos parecían dormir, ajenos al juego mortal que se desplegaba en silencio dentro del vagón.

El arribo a Nápoles

La estación de Nápoles era un hervidero de voces, de vendedores ambulantes ofreciendo café fuerte y bollos recién horneados, de taxistas gritando tarifas y destinos. El aire olía a sal y a humo, mezcla inconfundible del puerto cercano.

El hombre del sombrero descendió antes que ellos, perdiéndose entre la multitud.

Gabriel e Isabel lo siguieron con cautela, manteniendo siempre cierta distancia.

El desconocido avanzó por las calles estrechas, hasta internarse en el barrio español, donde las luces eran más escasas y las fachadas parecían murmurar historias antiguas de conspiraciones y secretos.

De pronto, se detuvo ante una iglesia oscura y cerrada.

Miró hacia atrás, como si supiera que lo seguían.

Sonrió. Y luego desapareció por una puerta lateral que se cerró tras él con un eco metálico.

—Una trampa —murmuró Isabel, sujetando el brazo de Gabriel.

—O una invitación —respondió él, con el pulso acelerado.

La iglesia abandonada

Empujaron la puerta con esfuerzo y entraron.

El interior estaba sumido en penumbras, iluminado apenas por unas velas dispersas.

El olor a incienso viejo y humedad impregnaba el aire.

En el altar, esperándolos, estaba el hombre del sombrero.

Se quitó la bufanda, revelando un rostro endurecido por las arrugas, los ojos oscuros y penetrantes.

—Gabriel, Isabel —dijo con una voz grave—. Bienvenidos a Nápoles.

Gabriel tensó la mandíbula.—¿Quién eres? ¿Por qué nos seguiste desde Roma?

El hombre esbozó una sonrisa cansada.—Mi nombre no importa.

Lo que importa es a quién sirvo. De entre sus ropas extrajo un medallón con el escudo del Vaticano.

—Soy enviado de alguien que conoce la verdad desde hace mucho tiempo…

alguien que ha visto cómo Romero extiende su veneno en las entrañas de la Santa Sede.

Las palabras resonaron en la iglesia vacía. Isabel lo miró con recelo. —¿Y qué quieres de nosotros?

—Lo mismo que vosotros —contestó él—. Que la verdad no muera con el último Papa enfermo.

El silencio se quebró por un ruido en la puerta. Sombras se movieron afuera, pasos apresurados. Gabriel apretó la mano de Isabel. —Nos han encontrado.

La persecución en Nápoles

La puerta estalló con un estruendo, y varios hombres armados irrumpieron en la iglesia. No llevaban uniforme, pero sus movimientos eran precisos, como soldados entrenados.

—¡Corred! —gritó el desconocido, arrojando una vela encendida contra una cortina, que prendió en llamas de inmediato. El caos fue instantáneo.

Entre humo, fuego y gritos, Gabriel e Isabel escaparon por una puerta lateral que daba a las estrechas callejuelas del barrio.

El sonido de los pasos tras ellos retumbaba como martillos sobre la piedra húmeda.

Corrieron sin mirar atrás, atravesando pasajes angostos y balcones que casi se tocaban sobre sus cabezas.

La ciudad parecía un laberinto de sombras, y cada giro era una apuesta entre la libertad y la captura.

Finalmente, alcanzaron un pequeño puerto, donde las barcas dormían atadas al muelle.

El mar oscuro se agitaba bajo la luna. —¡Por aquí!

—dijo Gabriel, ayudando a Isabel a saltar a una de las embarcaciones.

Remaron con fuerza, alejándose de la costa mientras los hombres llegaban al muelle, disparando al aire y maldiciendo.

La barca se mecía violentamente, pero poco a poco se alejaron, ocultándose entre los barcos mayores anclados más lejos.

Solo entonces Isabel, jadeante, habló: —¿Viste?

No era una trampa… era un aviso. Pero alguien nos delató.

Gabriel guardó silencio, consciente de que sus sospechas empezaban a tomar forma.

La semilla de la traición

En la calma relativa del mar, bajo el cielo estrellado, los pensamientos se agolpaban en la mente de Gabriel. ¿Quién podía haber dado sus pasos a conocer con tanta precisión? ¿El misterioso aliado? ¿O alguien aún más cercano? Isabel lo miró fijamente, como si leyera sus dudas.

—No pienses lo que estás pensando —dijo con un hilo de voz. Gabriel sostuvo su mirada, sin responder. Pero el silencio entre ellos se volvió más pesado que el ruido de las olas.

Nápoles dormida, Nápoles despierta

Cuando al fin regresaron a tierra por otro muelle, la ciudad aún dormía. Caminaron por callejones empedrados, buscando refugio en una posada discreta. Las paredes olían a humedad y a vino viejo, pero era un lugar seguro, al menos por unas horas.

Gabriel cerró la puerta tras ellos y dejó caer el manuscrito sobre la mesa.

—Aquí encontraremos la respuesta —dijo, con la voz ronca—.

Pero antes debemos descubrir quién juega contra nosotros desde dentro.

Isabel no contestó. Simplemente se sentó, apartó un mechón de cabello de su rostro y apoyó la cabeza en sus manos.

La llama de una vela iluminaba su perfil cansado, y Gabriel no pudo evitar sentir un escalofrío.

El traidor estaba cerca, demasiado cerca, y la ciudad de Nápoles no tardaría en mostrarles su rostro más oscuro.