El evangelio prohibido de Eliav (Los manuscritos prohibidos 1) CAPÍTULO 32 · El ruido y el silencio
97%

CAPÍTULO 32 · El ruido y el silencio

El ruido y el silencio

El mundo, que se conmueve con cualquier cosa y no cambia por casi ninguna, absorbió el evangelio de Eliav igual que un río se traga una piedra grande: con un remolino enorme y ruidoso que dura un instante, y luego sigue corriendo exactamente igual que antes, hacia donde iba, como si nada.

Hubo de todo, y todo en el orden previsible, que Rafael fue viendo desfilar desde lejos con una mezcla de fascinación y de fatiga.

Titulares a cinco columnas que prometían que aquello «lo cambiaría todo para siempre» y que a los seis días ya hablaban de otra cosa, de un escándalo político o de un partido, con la misma vehemencia.

Documentales apresurados, montados en semanas, con música de tensión y reconstrucciones de actores en sandalias.

Sermones airados desde mil púlpitos negándole importancia a lo que no podían negarle autenticidad, que es la maniobra más vieja del mundo.

Libros de divulgación a destajo, unos honrados y otros indignos, exprimiendo el hallazgo desde todos los ángulos que daban dinero, incluidos varios que Rafael no reconoció como suyos, aunque llevaran citas de su traducción.

Sectores de la academia que lo fueron incorporando despacio, con esa prudencia de tortuga de los que saben que un consenso erudito tarda una generación entera en moverse un palmo, y que no se mueve por un hallazgo sino por la jubilación de los que se le oponen.

Creyentes que dijeron haber perdido la fe de un día para otro, y creyentes que dijeron haberla encontrado por fin limpia, sin el oro encima.

Descreídos que se sintieron plenamente confirmados en su descreimiento sin haber leído jamás una sola línea de aquel arameo que tanto les daba la razón.

La disputa por el relato, que había arrancado en el siglo primero entre la Jerusalén del hermano y la Tarso del converso, continuaba sin solución de continuidad en el siglo veintiuno, trasladada de las cartas y los concilios a los repositorios académicos y a las redes sociales, con las mismas pasiones intactas y, eso sí, con peores modales.

Lo que no hubo, en medio de todo aquel estruendo, fue una conclusión.

Y eso fue precisamente lo que Rafael tuvo que aprender a soportar, y lo aprendió mejor que nadie, porque ya lo había aprendido antes, frase a frase, traduciendo a un hombre que escribió «no sé» tres veces seguidas y lo dejó escrito sin avergonzarse.

La verdad histórica, comprendió del todo, no era la roca firme que él había bajado a buscar a la cueva con la fe del que va a tocar un fundamento. Era una excavación sin fondo, un pozo que cuanto más se ahonda más hondo se revela.

Cada respuesta abría dos preguntas mejor formuladas que la primera.

El evangelio de Eliav no había cerrado el viejo debate sobre quién fue de verdad aquel hombre de Galilea; lo había vuelto a abrir, en canal, con un dato más, más antiguo y terco que todos los anteriores, un dato que de ahí en adelante nadie podría ya ignorar y, a la vez, nadie podría agotar nunca.

Eliav, desde su tinaja, seguía haciendo después de muerto lo que había hecho en vida agazapado detrás del maestro: narrar sin interpretar, ver sin entender, y obligar con su terquedad a todos los que vinieran detrás a interpretar por su cuenta y riesgo, sin la red de una respuesta dada.

Rafael volvió a Salamanca unos meses, al pueblo, a la casa de su madre.

Ella no entendió del todo qué le había pasado a su hijo el cura, por qué ya no decía misa, por qué salía su nombre en la televisión asociado a cosas que ella no sabía si eran buenas o malas; pero lo abrazó igual, sin pedirle explicaciones, y le puso de comer, porque las madres, como la madre de aquel otro galileo que se volvió sola por el camino sin entender a su hijo, siguen de lejos a los hijos por caminos que no comprenden y los quieren sin la condición de entenderlos.

Rafael vivió allí con sobriedad, casi con pobreza, sin que pareciera costarle.

Leía mucho.

Caminaba por el campo.

No celebraba misa, no podía, pero rezaba a su manera nueva, la de la intemperie, sin bóveda y sin fórmula, hablándole a alguien por cómo había tratado una vez a la gente en una orilla de un lago lejano.

Y descubrió, con cierta sorpresa, que estaba en paz.

Una paz adulta, sin triunfo y sin desolación, sin la euforia del converso ni la amargura del expulsado: la paz exacta del que ha cambiado de raíz ha pagado por el cambio un precio altísimo, y no querría deshacerlo aunque le devolvieran hasta el último céntimo de lo pagado.

La excavación seguía en el desierto sin él.

Tamar le escribía de vez en cuando, mensajes secos y cortos, llenos de un afecto que ella disfrazaba de logística, y en uno de ellos, ya entrada la primavera, le contó como de pasada que la campaña en la cueva Q-17 se reanudaba con la estación buena.

«Sigue sin cuadrar —escribió Tamar con su laconismo de siempre—.

Hay algo que quizá esa mano no metió en esta cueva, o que metió en otro sitio a propósito.

Ven, si quieres. No te necesito para nada —y Rafael sonrió al leerlo, porque sabía leerla— salvo para lo único que importa: eres el único en el mundo que sabría leer al vuelo lo que salga, si sale. »

Rafael miró aquel mensaje durante mucho rato, sentado a la mesa de la cocina de su madre, con la tarde cayendo despacio sobre los campos de Salamanca.

El hombre que con tanto esfuerzo había hecho por fin las paces con no saber sintió, en algún lugar concreto bajo el esternón, el viejo tirón de siempre, el de querer saber, intacto, ni un gramo más débil que el día que bajó por primera vez a la cueva.

No había aprendido a no sentirlo; eso, comprendió, no se aprende, ni se debe.

Solo había aprendido a vivir con él sin que lo gobernara.

Al día siguiente compró un billete a Tel Aviv.