El evangelio prohibido de Eliav (Los manuscritos prohibidos 1)
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CAPÍTULO 1 · El que enterró la voz
El que enterró la voz
· del rollo de Eliav ·
He vivido lo bastante para que las manos me tiemblen al hacer lo único que de verdad sé hacer, que es escribir, y por eso lo escribo ahora deprisa, antes de que el polvo del camino llegue hasta aquí.
Hacia el norte, sobre las colinas, hay un humo que no es de cocina.
Los que huyen desde Jericó dicen que las legiones bajan por el valle quemando lo que encuentran, y que no distinguen entre el que tomó la espada y el que solo amasó pan.
Yo no tomé la espada. Amasé pan, herví lentejas, anudé redes y, durante un puñado de meses que duraron toda mi vida, caminé detrás de un hombre por los caminos de Galilea con una tablilla de cera escondida bajo el manto.
No fui de los Doce. Que nadie me confunda.
Fui uno de los muchos, uno de los que no tienen nombre en los relatos de los otros, el que iba siempre un poco atrás porque desde atrás se ve mejor.
Aprendí las letras de niño, en la sinagoga de mi aldea, con un escriba viejo que me daba con la caña en los nudillos cuando trazaba torcida la bet .
Le debo a aquella caña el estar aquí, escondiendo lo que escondo.
He guardado este rollo treinta años.
Lo he reescrito tres veces, porque el junco se pudre y la tinta se va, y cada vez me he prometido no añadir nada que no hubiera visto con estos ojos.
No siempre lo he cumplido del todo; un hombre que recuerda mucho tiempo termina recordando también lo que querría haber visto.
Pero lo esencial está limpio. Está lo que pasó. No está lo que significa, porque eso nunca lo supe, y a estas alturas he hecho las paces con no saberlo.
La cueva que he elegido mira al mar de sal.
Es estrecha de boca y honda de vientre, y hay otras tinajas selladas más adentro, de los hombres de la comunidad que se fueron antes que yo, los que se lavaban tres veces al día y esperaban una guerra de luz que ha resultado ser esta, de humo y de hierro.
Meto el rollo en una tinaja, lo envuelvo en lino, lo cubro de brea en la boca.
No lo escondo para que se pierda.
Lo escondo para que sobreviva a los que querrían que se perdiera.
Porque ya escriben otros.
Ya corren copias de cartas de aquel fariseo de Tarso que nunca lo conoció, que nunca pisó Galilea con él, que vio una luz en un camino y a partir de esa luz está construyendo un templo entero de palabras.
En sus cartas mi maestro no enseña: muere y vuelve, y al morir paga, y al volver salva, y de pronto la sangre de un hombre de Nazaret lava a pueblos que jamás oyeron hablar de la Ley.
Lo leo y no lo reconozco. No reconozco al que comía con nosotros. No reconozco al que me dijo una vez, al borde del lago, que el Reino estaba más cerca de lo que la gente creía y más lejos de lo que los soldados temían.
Tengo sesenta años o los que sean.
Hace frío en la cueva y fuera empieza a hacer demasiado calor.
Sello la tinaja.
Borro mis huellas con el manto, como me enseñó mi padre a borrarlas en la arena cuando éramos niños y jugábamos a no ser encontrados.
Que descanse aquí la voz hasta que el mundo esté listo para no entenderla.
Yo ya no lo estaré.