Capítulo Tres — El bisturí y la casa #4
—¡No! ¡Tú me estás diciendo cómo lo hice mal!
Que es distinto. —Bajó la voz porque arriba dormían los niños, y bajarla la hizo más afilada—.
Tú llegas a las once de la noche, agarras el vaper como si fuera una pieza de patología, me das la cátedra del lóbulo frontal, y me dices que lo arruiné.
Perfecto. ¿Sabes qué? Si tú sabes exactamente cómo se hace, si tú tienes el manual, si tú eres la experta…
hazlo tú. Habla tú con él. Mañana. Pasado.
Cuando puedas encajarlo entre una lipo y una consulta.
Yo me quito. Llevo años haciendo de papá y de mamá a ciegas, sin manual, y resulta que lo hago todo mal.
Pues toma. —Empujó el vaper hacia ella sobre la mesa—.
Es tu hijo también. Encárgate tú de este, aunque sea de este.
Patricia apretó la mandíbula.
—No es justo eso, y lo sabes.
—¿No es justo? —Jorge soltó una risa sin gracia—.
Lena estuvo enferma ayer, llorando por ti.
Por ti , Patricia. Abrazó un teléfono porque era lo más cerca de su mamá que pudo tener.
¿Sabes lo que es ver a tu hija de ocho años quedarse dormida abrazando un aparato porque su madre vive adentro de él?
Eso vi yo. Mientras tú marcabas abdómenes.
No estás para tu hija. No estás para tu hijo. No estás.
Y entonces Patricia, que aguantaba casi todo pero no eso, no el reclamo de la madre fallida, contraatacó con lo único que tenía a la mano, lo más verdadero y lo más injusto a la vez:
—¿Y cómo quieres que esté, Jorge? Dime. ¿Cómo?
¡Estoy trabajando! ¡No estoy en un bar, no estoy de viaje, no estoy con un amante: estoy operando, estoy ganando lo que mantiene esta casa!
—Señaló alrededor, la cocina cara, la casa bonita en la colonia bonita—.
¿Tú crees que esto se paga solo? Si yo me quedo en casa a hacer sopa de conejo cada vez que a Lena le duele la garganta, ¿de qué vivimos?
Porque te voy a decir un número, ya que tanto te gustan los números: si yo bajo el ritmo, si yo dejo de operar para estar aquí haciendo paños fríos, los ingresos de esta casa se caen.
No tantito. Muchísimo. Más de la mitad. ¿Eso quieres?
¿Quieres una mamá presente y la mitad del dinero?
Porque las dos cosas al mismo tiempo no existen, Jorge.
¡No existen! ¡Alguien tuvo que escoger y la que escogió fui yo!
El silencio que siguió fue distinto a todos los otros silencios de su matrimonio. Más hondo. Porque los dos tenían razón, y esa era la tragedia: no había un bueno y un malo. Había dos personas agotadas, cada una cargando una verdad verdadera, y las dos verdades no cabían en la misma cocina.
Jorge fue el primero en hablar, ya sin gritar, vaciado.
—No te estoy pidiendo que escojas el dinero o los hijos.
Te estoy pidiendo que veas que yo, aquí solo, ya no puedo con la parte que no se compra.
Y que cuando por fin necesito a la doctora en mi propia casa —para un hijo, para una hija enferma—, la doctora está operando a desconocidos.
Eso es todo lo que te digo. No es un número.
Es que estoy cansado de cargar solo lo invisible.
Patricia no contestó enseguida. Tenía los ojos llenos pero no lloró; hacía años que había aprendido a no dejar caer las lágrimas, como si llorar fuera otra cirugía que podía dejar para después .
Recogió el vaper de la mesa y lo guardó en el cajón de los cubiertos, absurdamente, porque no supo dónde más.
—Mañana hablo con Alberto —dijo, en voz baja—. Bien. Como se debe.
—Mañana tienes la junta con Solórzano y dos cirugías. Lo vi en tu agenda.
—Entonces el sábado.
—El sábado es el cumpleaños del hijo de mi hermana, ya quedamos.
—Entonces no sé cuándo, Jorge —estalló ella en un susurro—. ¡No sé cuándo! ¿Eso quieres oír? Que no sé de dónde sacar el cuándo. Pues no lo sé. ¿Contento?
Subieron a acostarse sin resolver nada.
Y esa noche cumplieron, por costumbre, la vieja promesa que el padre Anselmo les había arrancado el día de su boda: no se durmieron sin tomarse de la mano.
Lo hicieron. En la oscuridad, cada uno en su orilla de la cama, estiraron el brazo y se rozaron los dedos, y dijeron perdón casi sin voz.
Pero por primera vez fue un trámite. Un perdón de oficina, sellado y archivado, sin nada adentro.
Las manos se tocaron y no se calentaron.
Y los dos, despiertos en la oscuridad fingiendo que dormían, sintieron lo mismo sin decírselo: que la promesa seguía ahí, sí, pero que se había vuelto un cascarón, y que un cascarón, el día que de verdad sople el viento, no protege de nada.
Afuera, sobre Mérida, el cielo seguía sin una sola estrella.
Demasiada luz de ciudad. Adentro, en el cuarto de Alberto, debajo de la puerta, se filtraba el resplandor azul de una pantalla encendida a las dos de la mañana —porque le habían quitado el teléfono pero no la tableta, y un niño enojado y solo siempre encuentra una pantalla— y, en unos audífonos, la voz de un muchacho mayor llamándolo desde el otro lado de la ciudad por su nombre.