El Enigma de la Trufa Blanca (Los Misterios de Elena Vidal 4) La mentira más pequeña
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La mentira más pequeña

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E l café de la Piazza Risorgimento abría todos los días a las seis y media.

Vittorio ocupaba siempre la misma mesa. La del fondo, junto a la ventana.

No porque fuera la más cómoda. Desde allí podía ver llegar a los agricultores que bajaban de las colinas antes de que el mercado despertara.

Le gustaba saludarlos por su nombre, preguntar por la vendimia, por las lluvias, por los perros truferos.

Decía que una ciudad se conocía mejor escuchando a quienes venían del campo que leyendo los periódicos.

Bellini entró poco después de las ocho. El camarero lo reconoció enseguida. No hizo falta que pidiera nada. Le sirvió un espresso corto y lo dejó frente a él.

—Hace días que no venía por aquí, inspector.

—Tenía trabajo.

El hombre asintió con una expresión apagada.

—Todos lo echamos de menos.

No hizo falta preguntar de quién hablaba. En Alba, cuando alguien decía él, desde hacía una semana todos pensaban en Vittorio.

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Bellini recorrió el local con la mirada. Nada había cambiado. Las mismas fotografías antiguas. Las mismas sillas de madera. El mismo reloj detenido desde hacía años en las once menos cuarto porque el dueño decía que cambiarle la pila le daba mala suerte.

Todo seguía igual. Y, sin embargo, algo no encajaba. Era una sensación vaga. Persistente. Como una melodía que uno conoce sin recordar el título.

—¿Siempre se sentaba ahí? preguntó señalando la mesa del fondo.

El camarero sonrió.

—Siempre. Nadie se la ocupaba. Era su rincón.

—¿Y qué desayunaba?

—Lo de siempre. Pan tostado con mantequilla. Una cucharadita de miel. Y café. Nunca cambiaba.

Bellini asintió. Vittorio era un hombre de rituales. Lo había aprendido demasiado tarde.

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Antes de marcharse, el camarero dijo algo casi sin importancia.

—Solo rompió la costumbre una vez.

Bellini se volvió.

—¿Cuándo?

—La mañana antes de morir. Pidió una copa de Barbera. A las ocho de la mañana.

El inspector frunció el ceño.

—¿Una copa de vino?

—Sí. Me sorprendió tanto que aún lo recuerdo. Le pregunté si celebraba algo. ¿Y qué respondió?

El camarero tardó unos segundos.

—Me dijo… “No. Hoy necesito recordar a un amigo.”

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Bellini salió del café caminando despacio. No era una pista. Era un estado de ánimo. Vittorio sabía que iba a encontrarse con alguien. Con alguien importante. Alguien que pertenecía a un recuerdo antiguo. No iba a una cita cualquiera.

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De regreso a la comisaría pidió que le llevaran de nuevo todas las fotografías de la escena del crimen.

Ricci apareció con una caja llena de copias impresas.

Desde que Marta Gallo se había volcado por completo en coordinar las declaraciones de los cuatrocientos testigos de la feria, era él quien lo acompañaba sobre el terreno.

—Pensé que ya las habíamos visto cien veces.

—Ciento una. Extiéndelas.

Las fueron colocando sobre la gran mesa de reuniones. Una tras otra. La cocina. El comedor. El estudio. La escalera. El jardín.

Bellini caminaba alrededor de ellas sin tocarlas. No buscaba pruebas. Buscaba a Vittorio. Cómo había vivido aquella mañana. Qué había hecho. Qué había dejado sin hacer.

De pronto se detuvo.

—Espera.

Ricci levantó la cabeza. Bellini tomó una fotografía del comedor. En ella aparecía la mesa preparada para dos personas. Dos platos. Dos servilletas. Dos copas. Una botella de Barbera. Y una cesta de pan. Nada extraño. Salvo un detalle.

Las copas.

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—¿Qué pasa con ellas? preguntó Ricci.

Bellini acercó la imagen.

—No son iguales.

Ricci tardó unos segundos en comprender. Una era de cristal fino. La otra, más gruesa. De uso diario.

—¿Y?

Bellini permanecía inmóvil.

—El camarero acaba de decirme que Vittorio era un hombre de costumbres. Siempre hacía las cosas igual. Entonces… ¿por qué había puesto dos copas distintas?

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Llamaron a Elena. Llegó media hora después. Observó la fotografía durante apenas unos segundos. Luego sonrió con tristeza.

—No las puso él.

Bellini sintió un pequeño vuelco.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque Vittorio tenía una manía insoportable. Siempre elegía dos copas idénticas. Decía que el vino no debía hacer diferencias entre los invitados.

El inspector recordó entonces la cena que habían compartido semanas atrás. Era cierto. Vittorio había cambiado una copa solo porque tenía un pie ligeramente más alto que la otra. Había dicho riendo:

“Las mesas ya son bastante injustas. No obliguemos al vino a serlo también.”

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El silencio se instaló en la sala. Bellini volvió a mirar la fotografía.

Esta vez ya no veía una mesa. Veía una historia.

Alguien había servido el vino. Después había recolocado la mesa.

Lo suficiente para simular una escena cotidiana.

Pero no conocía a Vittorio. No conocía sus pequeñas obsesiones.

No sabía que jamás habría recibido a un invitado con dos copas diferentes.

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—La escena fue modificada. Murmuró Ricci.

Bellini negó.

—No. La escena fue corregida. Y quien la corrigió creyó que bastaba con borrar las huellas. Pero olvidó algo mucho más difícil de falsificar.

Los hábitos.

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Aquella tarde regresó al monasterio. Encontró a Elena en la antigua cocina de Lucía. Estaba amasando pasta. Sin prisa. Las manos cubiertas de harina. Le recordó a Vittorio de una forma casi dolorosa.

—¿Has encontrado algo? preguntó ella sin dejar de trabajar.

Bellini apoyó la fotografía sobre la mesa.

—Creo que sí.

Elena la observó. Él esperó. Ella tardó apenas unos segundos.

—Las copas.

Bellini sonrió.

—Sabía que lo verías.

Elena dejó el rodillo a un lado.

—Vittorio decía que una mesa habla de quien la prepara. No de quien se sienta en ella.

Los dos permanecieron en silencio. Después Bellini dijo algo que llevaba días guardándose.

—Creo que el asesino conocía la historia que Vittorio investigaba. Pero no conocía a Vittorio. Y quizá esa sea la diferencia que termine por resolver el caso.

Elena limpió la harina de sus manos con un paño de lino. Miró por la ventana hacia el bosque, donde los robles comenzaban a teñirse de oro.

—Las grandes mentiras siempre empiezan por un detalle pequeño.

Bellini asintió.

—Y los grandes investigadores también.

El inspector recogió la fotografía y volvió a guardarla en la carpeta. Mientras cruzaba el claustro, comprendió algo que hasta entonces se le había escapado. No iba a encontrar al asesino siguiendo sus pasos. Lo encontraría siguiendo los de Vittorio.

Se detuvo junto a la fuente seca del patio, la carpeta bajo el brazo, y por un momento dejó de ser un inspector de policía. Fue solo un hombre mirando cómo las sombras se alargaban sobre las piedras.