Las páginas que faltan
❦
L a mañana amaneció limpia después de la lluvia.
Desde la terraza del monasterio, el paisaje parecía recién creado. Los viñedos descendían en suaves ondulaciones hasta perderse entre las primeras casas de Alba. Más allá, los bosques conservaban un verde oscuro que el otoño todavía no había empezado a vencer.
Elena sostenía una taza de café entre las manos. No bebía. Simplemente dejaba que el calor le templara los dedos. La antigua cocina de Lucía seguía ocupando sus pensamientos. No recordaba haber sentido nunca tan cerca a una persona a la que jamás había conocido.
No había imaginado una mujer atormentada. Había imaginado una mujer serena. Y aquello era mucho más difícil de aceptar. Porque significaba que Lucía había aprendido a convivir con su duda. No a vencerla.
❧
Encontró a Bellini en el pequeño huerto del monasterio. El inspector hablaba con uno de los monjes mientras examinaban unas tomateras ya agotadas por el final del verano.
Cuando vio llegar a Elena, se despidió con una inclinación de cabeza.
—¿Has dormido?
Ella sonrió.
—Lo suficiente para dejar de pensar como historiadora.
—¿Y ahora cómo piensas?
—Como cocinera.
Bellini soltó una risa breve.
—Eso necesito que me lo expliques.
Caminaron despacio entre los senderos de grava. El aire olía a romero y a salvia.
—Cuando cocinas una salsa —dijo Elena—, llega un momento en que dejas de añadir ingredientes. Si sigues haciéndolo, destruyes el equilibrio.
Bellini la miró con curiosidad.
—¿Y eso qué tiene que ver con nosotros?
—Que llevamos días buscando más documentos, más nombres y más pistas. Quizá ya tengamos suficientes. Quizá ha llegado el momento de entender lo que significan.
El inspector permaneció en silencio. No era una mala teoría.
❧
Regresaron juntos a la biblioteca. La luz entraba por las altas ventanas y dibujaba rectángulos dorados sobre el suelo de piedra. El diario de Lucía seguía abierto donde Elena lo había dejado la noche anterior.
Bellini pasó las páginas distraídamente. De pronto se detuvo.
—Espera…
Ella levantó la vista.
—¿Qué ocurre?
Bellini acercó el cuaderno a la ventana. Las hojas estaban cosidas con hilo de lino. Muy antiguo. Muy fino. El inspector recorrió la costura con la yema del dedo.
—Aquí falta algo.
Elena tomó el diario. Lo observó con detenimiento.
Bellini tenía razón. Entre dos cuadernillos había una separación apenas perceptible.
Alguien había arrancado varias páginas con una precisión extraordinaria.
No recientemente. Muchos años atrás. No quedaban desgarros. Solo el espacio. Un vacío perfecto.
❧
—¿Cuántas? preguntó Bellini.
Elena contó los puntos de la costura.
—Ocho páginas. Exactamente ocho.
Ninguno dijo nada. Los dos comprendieron al mismo tiempo la importancia de aquel descubrimiento. Lucía nunca había escrito un diario incompleto. Alguien lo había convertido en incompleto.
❧
El padre Angelo apareció poco después. No pareció sorprendido al ver el cuaderno abierto. Solo observó el espacio vacío. Cerró los ojos.
—Así que las habéis encontrado.
Bellini lo miró fijamente.
—¿Sabía que faltaban?
El anciano tardó unos segundos en responder.
—Lo supe el mismo día que murió Lucía.
Elena sintió un sobresalto.
—¿Quién las arrancó?
Angelo negó lentamente con la cabeza.
—Nunca lo vi. Cuando regresé a su celda, el diario ya estaba así.
—¿Y no dijo nada?
El sacerdote apoyó ambas manos sobre el respaldo de una silla.
—Porque pensé que había sido ella.
❧
El silencio llenó la biblioteca. Bellini fue el primero en romperlo.
—¿Lucía habría destruido sus propias palabras?
Angelo respondió con una serenidad inesperada.
—No. Lucía jamás destruía nada. Quemaba las malas hierbas del huerto. Nunca los recuerdos.
❧
Aquella respuesta dejó a Elena inmóvil. Se acercó a la ventana. Miró el bosque. De pronto recordó algo. No era una frase. Era un gesto.
Vittorio. Cada vez que consultaba un libro antiguo… Nunca empezaba por leerlo. Lo pesaba entre las manos.
—Marco…
Bellini levantó la vista.
Ella tomó el diario. Lo sostuvo unos segundos. Después sonrió.
—Faltan ocho páginas… Pero el libro pesa exactamente lo mismo que debería pesar.
El inspector frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Elena comenzó a pasar lentamente las hojas. Muy despacio. Una. Otra. Hasta detenerse casi al final. Había dos páginas pegadas entre sí. No por el tiempo. Por una fina capa de cera de abeja.
La separó con extremo cuidado. Entre ambas apareció un pequeño pliego doblado cuatro veces. No era una carta. No era un mapa. Era una receta.
Bellini soltó el aire.
—¿Una receta?
Elena la desplegó. La letra era de Lucía. No llevaba título. Solo una lista de ingredientes para unos sencillos tajarin. Harina. Yemas. Sal. Mantequilla. Trufa blanca. Nada extraordinario.
Pero, en el margen inferior, casi ocultas por una mancha de harina seca, había unas palabras escritas con otra tinta.
“Quien solo lee lo escrito, nunca comprenderá una receta.”
Elena sintió que un escalofrío le recorría la espalda. No hablaba de cocina. Hablaba de memoria. Hablaba de la Historia. Y comprendió, por fin, qué había intentado enseñar Vittorio durante todos aquellos años.
Los documentos nunca eran suficientes. Había que entender también los silencios, las tachaduras, las ausencias… todo aquello que no estaba escrito. Porque, igual que en una receta heredada de generación en generación, el ingrediente más importante casi nunca aparecía en el papel.
Y, quizá por eso, alguien había arrancado aquellas ocho páginas. No para ocultar una verdad. Sino porque sabía que la verdad no estaba en ellas. Estaba en todo lo que las rodeaba.