El enigma de El Cairo 23
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Me incliné hacia delante y señalé al taxista.

—Te daré la mitad, nada más. A tu amigo le correspondía la mitad del dinero, y no la quiere.

El conductor levantó las manos.

—Hicimos un trato. Espero que lo cumplas.

—¿Aunque el enfermero no quiera el dinero?

El conductor se inclinó hacia mí.

—Quizá su familia lo quiera.

—¿Conoces a su familia?

Parecía poco probable.

—No, pero si algo sucede, la conoceré.

—¿Qué quieres decir con si algo sucede?

Se había inclinado tanto que podía olerle el aliento, una mezcla de tabaco y algo picante. Me eché hacia atrás.

—Si muere, señora.

Habló en voz baja y arqueó las cejas.

Pensé en eso durante unos segundos. ¿Era todo esto un engaño? La carretera principal estaba lo bastante cerca como para ir andando. Pero sin duda sería mejor que me llevara de vuelta al hotel, o a ver qué estaba pasando en la pirámide.

—¿Crees que podría morir por lo que me dijo?

El conductor se encogió de hombros.

—Es posible. El pájaro del que habló es el símbolo de gente muy poderosa.

Bajó la voz, como si pudieran oírlo si hablaba demasiado alto.

—¿Qué gente?

—La Hermandad.

—¿Te refieres a los Hermanos Musulmanes?

—Nos matarán a todos si lo que decimos les causa problemas.

Se pasó un dedo por la garganta.

—No quiero que mi familia acabe en la calle por ayudarte.

Estaba dividida. Quizá tenía razón. Tal vez bastaba con la confirmación de que alguien había visto a Sean.

A lo mejor debería buscar yo misma a los Hermanos Musulmanes, ver si sabían algo.

Y puede que hubiera otras cosas que este conductor podría hacer por mí, si pensaba que podía sacarme más dinero.

Extendí la mano hacia mi bolso.

—¿Me llevarás a la Gran Pirámide si te pago?

Asintió.

—Sí. ¿Quiere ir ahora?

Sonrió. Tenía los dientes amarillos y le faltaba uno a un lado.

—Necesito el dinero antes de llevarla.

Señaló al hombre del lado derecho del taxi.

—Mi primo lo guardará a buen recaudo, por si acaso.

Empezaba a creer que tenía miedo de algo, o de alguien. Cogí el sobre con el dinero que me había dado el hotel y se lo pasé. Era una inversión. No tenía muchos contactos aquí que hablaran inglés y árabe.

—¿Dónde encuentro a la Hermandad? —pregunté mientras le pasaba el sobre.

—No los contacte, por favor, señora. Eso le traerá problemas.

Hizo una pausa y sacudió la cabeza.

—No los conoce. No la ayudarán.

Me recorrió el cuerpo con la mirada, como dando a entender que, por ser mujer y vestir ropa no islámica, mis posibilidades de conseguir ayuda eran prácticamente nulas.

Abrió la puerta y pasó el sobre con el dinero a una mano que se extendió hacia dentro. Todavía no estaba segura de haber tomado la decisión correcta, pero los beneficios de pagarle parecían compensar los riesgos.

—Nos vamos.

Arrancó el motor.

—Sí. Pero hay una cosa más que puedes hacer.

—¿Qué es?

Se volvió y me miró con los ojos entrecerrados.

—¿Conoces a la Hermandad?

—Están en todas partes.

—¿Puedes averiguar si saben algo de mi marido?

Sacó el coche al tráfico en dirección a la carretera principal.

—Es peligroso lo que pide. Esta gente hará cualquier cosa por su fe. Cualquier estupidez.

—Lo entiendo, pero te pagaré. Lo mismo que has recibido hoy, si alguien sabe dónde está Sean.

Sacudió la cabeza.

—Querré más. El doble de lo que ha pagado hoy. Es un gran riesgo.

Pensé durante un minuto, sobre todo para darle la sensación de que dudaba en pagar su precio. En realidad, habría pagado diez o veinte veces lo que pedía por encontrar a Sean. No, pagaría cien veces lo que pedía y hasta el último céntimo de cada cuenta a la que pudiera echar mano.

Cuando se detuvo en el semáforo, sacó la foto de Sean del bolsillo.

—¿Esta foto es reciente?

La miré y aparté la vista.

—Sí.

Había un grupo de hombres cruzando la calle.

Uno de ellos se volvió para mirarme. Se parecía un poco a Sean.

No pude mirarlo. Cerré los ojos. Cada vez que veía un rostro como el de Sean, el dolor me atenazaba, como si me estrujaran el corazón por todos lados.

Imágenes de él sonriéndome se arremolinaban en mi mente.

Cada una traía el mismo dolor, una herida que no sanaba, que me dejaba anhelando verlo.

El taxi dio un tirón hacia delante. Abrí los ojos, sobre todo para evitar que el rostro de Sean apareciera todo el tiempo, persiguiéndome.

Esta búsqueda desesperada tenía que ser la última.

Seguiría estos rastros en El Cairo hasta el final, y luego aceptaría la verdad, pasara lo que pasara.

Si me habían estafado, que así fuera. Si no había nada aquí para mí, salvo mi desesperación para que se aprovecharan de ella, que así fuera.

Y cuando todo terminara, volvería a casa. Alek me necesitaba.

—Un control, señora. ¿Tiene el pasaporte?

Redujo la velocidad al acercarnos al control de tráfico militar en el que me habían retenido antes.

—Sí.

Pero no estaban deteniendo el tráfico que salía de la ciudad. Estaban deteniendo el que entraba, y la fila de coches a la espera de ser revisados era el doble de larga que unas horas antes. Mientras observaba los coches en la cola, me pregunté cuándo volvería la ciudad a la normalidad.

Entonces vi un coche cerca del final de la fila subirse a la estrecha franja de hierba que separaba los carriles en cada dirección.

Mientras pasábamos a toda velocidad, vi a tres hombres en el coche, todos vestidos de negro.

Miré por la ventanilla trasera. Se habían pasado a nuestro lado de la carretera.

Detrás de ellos pude ver el cañón de uno de los tanques girando hacia nosotros.