31
Aire
EL RESTAURANTE ESTABA casi vacío, pero aun así no me sentía cómoda hablando con ella donde la gente pudiera vernos.
Encontré una mesa para dos en un rincón apartado y me senté.
Aelin hizo lo mismo, dejándose caer en la silla de enfrente sin ninguna prisa.
Su sombrero de ala ancha y sus gafas de sol le cubrían el rostro lo suficiente para darme cierta tranquilidad, aunque no del todo.
—¿Qué haces aquí? —le espeté en voz baja.
—¿Acaso una chica no puede saludar a su prima? Solo quedamos tres Burgess, y el tercero tiene un pie en la tumba.
—Me ignoraste toda mi vida, ¡y ahora es cuando decides aparecer! Perdona que desconfíe.
—Venga ya. Estaba aquí viendo el partido y me topé contigo, nada más. ¿Qué te creías? ¿Que te estaba siguiendo?
—¿Por qué no me cogiste el teléfono?
Se quitó las gafas y las dejó junto a la carta sobre la mesa.
—Quería llamarte, pero ya sabes cómo es el abuelo. No quería que hablara contigo.
—¡Por tu culpa estoy metida en esto! Desapareciste...
Mi voz resonó en la sala vacía y me contuve.
—Desapareciste, ¡y tuve que casarme con tu marido en tu lugar!
—Y por lo que veo, lo estás haciendo bastante bien. Hasta parece que lo disfrutas.
Entrecerré los ojos.
—Te vi con mi querido esposo en ese bosquecillo.
Se me encendieron las mejillas y ella soltó una carcajada.
—Tendrías que verte la cara. La verdad, no te creía capaz de algo tan escandaloso.
Volvió a reírse, enseñando los dientes blancos.
Estaba más delgada de lo que recordaba. Si lo del centro de rehabilitación era cierto, debería pedir que le devolvieran el dinero, porque no la habían cuidado nada bien.
Tenía los ojos hundidos y las mejillas menos rellenas.
Aunque también podía ser que hubiera adelgazado a propósito.
Las uñas descascarilladas le pedían a gritos una manicura, pero el vestido era tan impecable como siempre.
Se parecía al mío, solo que en otro color: azul en lugar de amarillo.
Me puse un sobresaliente por saber imitarla en ese aspecto.
—¿Has vuelto? ¿Es eso?
Se quitó la suciedad de las uñas.
—Parece que te lo estás pasando bien.
—No puedes volver a ocupar tu lugar sin más; él se dará cuenta.
—Sí, seguro que le encanta tu coño aburrido, pero tranquila, no he venido a quitarte al hombre.
Respiré hondo.
—Entonces, ¿por qué me pones en peligro y arruinas el plan del abuelo?
Frunció el ceño.
—¿Desde cuándo te importa? En fin, no voy a estropear nada a menos que...
—¿A menos que qué?
Abrió la boca, pero la cerró de inmediato y miró hacia un lado. Seguí su mirada y vi a la camarera que había aparecido junto a nosotras. Con una sonrisa radiante, preguntó:
—Buenas tardes. ¿Qué tal el partido?
—No queremos nada, gracias —dijo Aelin.
La mujer abrió la boca formando una «o», y por un momento temí que hubiera reconocido a Aelin, pero dijo:
—¿Sois gemelas?
—Sí. Separadas hace mucho y preferiríamos que nos dejaran solas —respondió Aelin con tono desdeñoso. La mujer captó el mensaje enseguida y dijo con una sonrisa forzada:
—Estupendo. Estaré en la barra si me necesitáis.
Mientras se alejaba, Aelin dijo:
—No te preocupes, no necesitaremos tu culo gordo.
La camarera no estaba gorda ni de lejos; era más bien rellenita, pero supongo que para Aelin eso ya era sobrepeso. Ella y Jacqueline se llevarían de maravilla.
Se volvió hacia mí.
—Como iba diciendo, me he quedado sin blanca y necesito pasta.
Sentí un alivio enorme.
—¿Cuánto necesitas?
Había estado ahorrando parte de mi asignación. Lo que me daba Nolan era demasiado y apenas lo tocaba.
—Tengo mil dólares que puedo darte ahora mismo.
Aelin puso los ojos en blanco.
—¿Qué voy a hacer yo con mil pavos? El abuelo me ha cortado el grifo y prácticamente no me queda nada para gastar.
—¿Te ha cortado el grifo?
Kenneth Burgess quería a Aelin más que a mí o a cualquier otra persona. Era un hombre amargado, pero tenía debilidad por su nieta. Su verdadera nieta, le oí decir una vez. Incluso pensaba dejarle toda su fortuna, así que cortarle el grifo parecía raro, sobre todo dadas las circunstancias.
—Dice que no puedo sacar más fondos del fideicomiso hasta que se cierre el trato.
Eso no era cortarle el grifo; eso era simplemente pedirle que gastara con cabeza.
—¿Por qué no le pides una asignación?
—¿Me estás escuchando? No me va a dar nada en lo que queda de mes. ¿Y a qué viene el interrogatorio? Podría hacer saltar por los aires toda tu tapadera con solo enseñar la cara.
—¿Y echar a perder los planes del abuelo? Pensaba que precisamente tú querías que el trato saliera adelante.
Se recostó en la silla, sin tragarse mi farol.
—Os vi juntos. No sé qué está pasando, pero te has pillado, prima. Lo mirabas como si quisieras comértelo, poniéndole ojitos. Reconozco a una mujer enamorada en cuanto la veo.
—Ahí te equivocas.
No estaba enamorada de Nolan. Sí, cada día lo encontraba más atractivo. Sí, estaba bajando la guardia conmigo y por fin nos comportábamos menos como adversarios y más como amigos, pero eso no significaba que estuviera loca por él.
—¿Ah, sí?
Cruzó los brazos.
—Puede ser, pero te importa. Te importa lo suficiente como para no querer que este tinglado retorcido salte por los aires.
—¿Y por qué intentas sabotearlo? En cuanto se cierre el trato, heredarás la fortuna de los Burgess.
—Cierto. Pero eso será cuando el viejo estire la pata, y para eso queda mucho. Necesito dinero ahora.
Aelin era capaz de hacerlo. Quizá si le daba algo se largaría, pensé. Era lo mejor, ¿no?
—¿Cuánto quieres?
—Cien mil dólares.
Me quedé boquiabierta. Tenía mucho dinero en mi cuenta, pero si le daba esa cantidad, acabaría con el noventa por ciento de mi saldo. Aunque tampoco es que lo usara. —De acuerdo. Te haré la transferencia.
—Hazlo ahora.
Saqué el teléfono del bolso y escuché mientras me dictaba los datos de su banco.
Unos minutos después, mi cuenta había menguado considerablemente y el dinero estaba en camino hacia la de Aelin.
Su teléfono sonó; lo sacó del bolso y sonrió.
—Gracias, prima. Aunque ¿debería darte las gracias?
Al fin y al cabo, él es mi marido, y técnicamente es mi dinero.
—¿Será suficiente?
—Debería bastar por el momento.
—¿Qué estáis planeando exactamente el abuelo y tú?
Aelin frunció el ceño. —¿Aún no te lo ha contado? ¡Vaya! ¿Y aceptaste sin saber en qué te metías? Eres increíble. Demasiado confiada, si me permites decirlo.
—Prometió saldar mis deudas si decía que sí.
—Ah, sí, ese estúpido título de Historia del Arte que te sacaste.
—Bellas Artes. Y me iba bien en mi trabajo hasta que desapareciste.
—Estaba en rehabilitación. Intentando mejorar, no es que te importe.
—¿De verdad? —Entrecerré los ojos. Se removió en su silla.
Parecía menos segura que antes, y algo en nuestra conversación cambió.
Aelin me estaba intimidando, pero era ella quien no había dado la talla.
Actuaba con aires de superioridad, y sin embargo era la misma persona que había atropellado a un grupo de niños.
La misma que había llamado a Servicios Sociales contra una amiga por despecho.
Crucé los brazos, imitando su postura. —¿Entraste antes o después de intentar matar a tu novio?
Te estabas escondiendo de la prensa, ¿verdad?
—¡Oh, vamos! ¡Fue una sobredosis! —Habló tan alto que varios invitados se volvieron hacia nosotras. Bajó la voz—. No puedo creer que tú, precisamente tú, te tragaras esa mierda.
—Bueno, me ha estado persiguiendo desde que ocupo tu lugar. Por no mencionar tus condenas por conducir ebria y lo de llamar a Servicios Sociales contra tu amiga.
Frunció el ceño confundida, y luego cayó en la cuenta. Se rio. —¿Cómo te enteraste de eso?
—Tu amiga se me encaró delante de la familia de Nolan, y tuve que aguantarlo porque no sabía qué hacer ni qué decir.
Aelin sonrió con suficiencia. —¿Pero ninguno sospechó nada? Mírate. Estás desempeñando mi papel bastante bien.
—Vete a la mierda, Aelin.
Se rio y se levantó.
—¿Qué haces?
—Irme. Eso es lo que querías, ¿no?
Asentí con cansancio.
Esbozó una sonrisa que no le llegó a los ojos. —Nos vemos luego, zorra.