El engaño de la esposa (Multimillonarios Hawthorne) 27
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Aire

NOLAN ME LLEVÓ a un restaurante con vistas a un edificio antiguo y grandioso.

Fuimos poco después de salir del desfile de moda.

Me supo mal dejar a Bianca sola, pero cuando llamé para disculparme, parecía entusiasmada con la oportunidad de asistir a los desfiles.

Había sido una compañera estupenda durante todo el día y me había llevado a los mejores desfiles.

Con tantas invitaciones, podíamos elegir lo que quisiéramos.

El mundo de la moda no era lo mío; era más el terreno de Aelin.

Aun así, no podía negar el arte y la creatividad de algunas piezas expuestas, especialmente las colecciones de vanguardia.

Lo único que me incomodaba eran los fotógrafos y paparazzi que estaban allí solo por los cotilleos de famosos.

Me había mantenido deliberadamente alejada de los focos, pero asistir a la Semana de la Moda me había puesto en el punto de mira.

Algunos incluso habían intentado provocarme al entrar a un desfile, insinuando que mi matrimonio con Nolan era falso y puramente por negocios.

Lo cual era cierto, pero hasta yo sabía que no debía decirles nada y simplemente pasar de largo.

Cuando llegó Nolan, me alivió no tener que lidiar con ellos sola.

Curiosamente, cuando estaba con él, apenas me molestaban.

El restaurante era majestuoso y me hacía sentir como si hubiera viajado en el tiempo a la época del Renacimiento.

—¿Algo que te guste?

Aparté la mirada del techo pintado que estaba admirando y la bajé hacia el menú que tenía en la mano. Estaba en italiano y solo conocía algunas palabras.

—Pide lo que creas que está mejor. Nunca he estado aquí.

Nolan frunció el ceño.

—¿En serio? Pensaba que este sitio era tu favorito. ¿No había una foto famosa tuya con el chef?

Mierda. Me estrujé el cerebro tratando de recordar a qué se refería. Había una historia sobre Aelin en la que decía que había ido a un restaurante en Italia. ¿Era este? Entre lo bien que lo había pasado con Bianca y la increíble noche con Nolan, se me había olvidado por completo.

—Yo... eh. Fue un acuerdo de patrocinio.

Me encogí de hombros.

—Ni siquiera probé la comida. Pero pagaban bien.

—Oh.

Nolan pareció aceptar la excusa, lo cual fue un alivio.

—¿Haces muchos de esos? —añadió—. Patrocinios, digo.

—Solía hacerlos, pero no he recibido ofertas desde...

Desde el infame escándalo del envenenamiento del novio.

No podía decir eso sin sonar insensible o indiferente, así que lo dejé en el aire.

Era cierto. Kenneth me había dado acceso a parte de las finanzas de Aelin para ponerme al corriente de su vida, y la mayor parte de su dinero había desaparecido.

No conseguía contratos de modelaje, colaboraciones con marcas ni siquiera patrocinios en redes sociales.

Su estrella llevaba tiempo apagándose, y el escándalo había sido la puntilla.

No era de extrañar que hubiera consumido tantas sustancias que incluso el abuelo, un hombre que odia los centros de rehabilitación y piensa que son para débiles, la hubiera enviado a uno.

—Tan mal, ¿eh?

—He sobrevivido a cosas peores. Y no creas que me casé contigo por tu dinero.

Sonrió ante la broma.

—Bueno, no ibas desencaminada con el patrocinio, porque este sitio es realmente bueno.

Nolan hizo un gesto y un camarero se materializó a su lado unos instantes después. Pidió el mismo plato para los dos, y cuando el camarero se fue, preguntó:

—Nunca me has hablado de tu carrera.

Me reí.

—Posar un poco, dejarse ver en ciertos sitios y que te fotografíen para cobrarlo es todo lo que hacía. Difícilmente puede llamarse carrera.

—¿Por eso te dedicaste a la pintura?

Asentí, agradeciéndole en silencio que me lo pusiera tan fácil. Estudié para ello, así que ¿por qué no usar mi título?

—Me encantaría ver tus pinturas algún día.

—Puedes —dije, sacando el móvil. Abrí la galería y le mostré la carpeta con todas mis obras guardadas. Nolan fue pasando las imágenes sin expresión alguna, y me sentí como una aficionada pretenciosa por querer enseñarle lo que era, en el mejor de los casos, arte mediocre.

—Todavía estoy buscando mi estilo, claro. Y no soy nada comparada con los grandes.

Nolan negó con la cabeza y se me cayó el alma a los pies. Sin embargo, cuando levantó la mirada hacia mí, su expresión de asombro me sobresaltó.

—Son preciosas. Eres muy buena.

Me devolvió el móvil.

—¿Has pensado en hacer una exposición?

Quería hacer una desde hacía mucho tiempo, pero si no tenías contactos en el mundo del arte o no eras lo bastante rica para pagar a una galería que expusiera tu obra, conseguirlo era difícil.

Mis contactos en el mundillo eran insignificantes, y la galería en la que trabajaba estaba más interesada en exhibir a artistas ya consagrados.

Mi abuelo podría haber ayudado con el dinero, pero pensaba que el arte contemporáneo era feo y absurdo, así que nunca le pedí ayuda.

—No es tan fácil conseguir una.

—Quizás como Burgess, pero desde luego no como Hawthorne. Conozco varias galerías a las que les encantaría exponer un talento como el tuyo.

—Gracias, pero no creo que les parezca tan bonito como a ti.

—Hablo en serio. Tu trabajo merece que lo vea el mundo.

Vaya. Parpadeé para contener las lágrimas que se acumulaban en mis ojos.

—Nadie me había dicho eso.

—Eso es porque todos están ciegos.

Nos interrumpieron de nuevo cuando llegó el entrante. La conversación cambió a partir de ahí. Nolan y yo hablamos de todo y de nada. Cuando terminamos, se ofreció a dar un paseo.

Caminamos de la mano por las calles de Milán.

Fuimos a la Piazza Duomo, que lucía una iluminación preciosa de noche.

Mientras paseábamos sin rumbo, la mano de Nolan se deslizó de la mía a mi cintura.

El calor de su cuerpo me protegía del aire fresco de la noche.

En algún momento nos detuvimos y Nolan suspiró.

—Mi padre y yo solíamos venir aquí a menudo, pero nunca he visitado ninguno de los monumentos. ¿No es curioso? —dijo.

—Tu padre debía de ser un hombre serio.

Nolan asintió.

—Era muy exigente. Siempre estaba trabajando. Seguramente pasé la mayor parte de mi infancia en su despacho. Era la única forma de poder verlo.

—Eso debió de ser duro para ti.

Se encogió de hombros, evitando mi mirada.

—Me convirtió en quien soy hoy. No estaría donde estoy si no fuera por él.

—No estoy tan segura. Parece que no tuviste infancia.

—¿Y tú tuviste una infancia mejor que la mía?

—No mejor. Pero al menos tuve una —negué con la cabeza—. No me extraña que seas como eres.

Se quedó cortado.

—¿Y cómo soy?

—Desalmado y sosainas.

—Eso no es una palabra.

—Es lo que eres. Eres tan rígido y cuadriculado —pensé en las comidas semanales que le preparaba su chef—. ¿Alguna vez has comido algo que no estuviera planeado con un mes de antelación?

—Sí. Literalmente hace unos minutos.

—Me refiero a en casa. Te ponías nervioso cada vez que tu madre sugería que comiéramos algo diferente. Siempre haces lo mismo cuando estás en casa, y seguro que también en el trabajo. Nunca te sales del guion.

Me hizo girar y me rodeó la cintura con ambos brazos.

—No hay absolutamente nada de malo en repetir lo mismo una y otra vez si es tan hermoso y satisfactorio en la cama como tú. Y además, sí me salgo del guion cuando merece la pena.

Ignoré la insinuación, por difícil que fuera.

—Sabes a qué me refiero.

—¿Y tú? Parece que te sales tanto de los límites que acabas convirtiendo todo el cuadro en un Jackson Pollock.

Si supiera lo equivocado que estaba.

—Esa no soy yo de verdad —dije en voz baja, con la mirada gacha.

—Lo sé. Ojalá me mostraras más de ella.

Alcé la vista hacia él. Sus ojos eran de un gris agradable que brillaba bajo la luz de la luna.

—Quiero hacerlo. Quiero mostrarte más de ella. Pero...

—¿Pero?

Sus ojos se volvieron inquisitivos. Esperanzados. Se me revolvió el estómago. Era imposible que quisiera estar conmigo más allá del sexo. Conocerme más allá de mi cuerpo.

—¿Te gusto?

Nolan levantó la barbilla.

—¿Y tú? ¿Te gusto yo?

Nolan era genial en la cama. El sexo con él era como tirarse a un dios. Pero sabía poco más de él. Nada que me hubiera mostrado deliberadamente. Estaba cerrado para mí. Para el mundo. Y sin embargo, quería romper esa coraza tras la que se escondía y ver qué había debajo.

—Quiero que me gustes —dije.

Una sonrisa cansada se dibujó en sus labios.

—Yo también quiero que me gustes.

Me atrajo aún más hacia él. No de forma sexual como todas las demás veces, sino casi como si buscara consuelo.

—Hagamos un trato. ¿Qué te parece si pasamos este fin de semana conociéndonos sin que haya sexo de por medio?

Luego bromeó:

—Aunque si surge, tampoco estaría mal.

—¿Y tu trabajo?

—Te dije que me estaba costando concentrarme. He llamado al director creativo para que venga en mi lugar. Así que básicamente tengo el fin de semana libre.