35. Adriano
ADRIANO
Las lágrimas de Mirabella me rompen el corazón mientras la arropo para su siesta por tercera vez. Su lamparita de hadas proyecta siluetas danzantes por el techo, pero no sirven de nada para consolarla.
—Quiero a mi mamá.
Me siento en el borde de su cama, apartándole el pelo de la cara.
—No lo sé. —He pasado del «pronto» al «no lo sé», pero sigue siendo una mentira.
La verdad es que Eva está muerta. No hay forma de que Ivan no haya tomado represalias después de que le enviáramos aquella cabeza.
Pero no puedo darle a mi hija una verdad tan brutal.
Sus diminutos dedos aprietan el borde de la manta. —¿La tienen los hombres malos?
Asiento con la garganta cerrada. —Sí.
—Pero tú eres el más fuerte —dice con una convicción que me destroza—. Tú puedes ir a por ella.
Esta confianza absoluta me derretiría el corazón en cualquier otro momento.
Ahora me hace sentir como una mierda porque le estoy mintiendo a mi propia sangre.
Especialmente porque se ha aferrado a mí como su única fuente de seguridad en un mundo que, de repente, se ha vuelto del revés.
Dios, no quiero fallarle y, sin embargo, lo estoy haciendo.
—Duerme ahora —susurro, dándole un beso en la frente.
Cuando su respiración por fin se acompasa, me retiro al pasillo y me apoyo contra la pared.
El agotamiento me quema los ojos.
Todos estos días siendo su padre, su protector, y tratando de llenar el vacío que dejó su madre, me han llevado al límite.
Soy un asesino, un ejecutor.
Sé cómo quebrar a los hombres, no cómo remendar el corazón roto de una niña.
Incluso mientras maldigo a Eva por lo que ha hecho, me descubro deseando que estuviera aquí para decirme qué hacer para ayudarla.
Voy a mi habitación y cojo la botella de escocés que me he acostumbrado a esconder en mi cajón.
Sirvo un vaso y me quedo junto a la ventana, con vistas al jardín trasero.
Puedo ver el árbol bajo el cual Eva, Mirabella y yo hicimos un picnic. Fue un momento feliz.
Ahora Eva está en algún lugar ahí fuera.
Probablemente muerta.
Porque no hice nada para salvarla.
Me bebo el licor de un trago abrasador y me sirvo otro, intentando ahogar la imagen de su cuerpo, destrozado y desechado, que me persigue cada segundo del día.
—¿Papi?
Me giro y me encuentro a Mirabella en el umbral, abrazando su unicornio de peluche.
—¿Qué pasa, princesa? —Dejo el vaso y me acerco a ella.
—He vuelto a soñar con mamá.
Escucho las palabras como una acusación. Como si supiera que su mamá se ha ido porque yo lo permití.
Tiene los ojos de Eva, la boca de Eva cuando frunce el ceño. Un recordatorio constante de a qué la he condenado.
La levanto en brazos y ella esconde la cabeza bajo mi barbilla.
—Estaba llorando —sorbe Mirabella.
—Solo es un sueño.
¿Pero y si no lo es?
¿Y si Eva está viva, gritando por una ayuda que nunca llegará?
Llevo a Mirabella de vuelta a su cama y me siento a su lado, frotándole la espalda hasta que se queda dormida de nuevo.
La duda que ha estado gestándose en mi interior se hace más fuerte.
¿Y si me equivoqué en todo?
Sí, la oí con Ivan.
Oí cómo él le decía que quería que nos traicionara.
Pero no me quedé para escucharlo todo.
Mi mente regresa a aquella última noche que pasamos juntos.
Ella había hablado de cómo su padre la arrastró a esta vida.
Que, una vez que él formó parte de la mafia, ella nunca tuvo elección.
¿Y si Ivan la está usando de la misma manera?
La verdad es que las mujeres tienen muy poca capacidad de decisión en nuestro mundo.
A Valentina la consentíamos, pero durante un tiempo, Alessandro estuvo decidido a obligarla a casarse con un monstruo.
Fue Cristian quien la salvó de ese destino.
La posibilidad de haber abandonado a Eva a la tortura y a la muerte cuando quizá solo era una víctima más en este juego sangriento me revuelve el estómago.
Alessandro diría que estoy inventando excusas para una traidora porque aún la amo.
Quizá tenga razón.
O quizá la verdadera traición fue la mía, al darle la espalda a la madre de mi hija sin darle la oportunidad de explicarse.
Vuelvo a mi escocés, pero no hace nada para mitigar el escozor de la culpa.
¿Qué he hecho?
—¿Señor? Don Dante solicita su presencia en su despacho. Tiene una reunión con Don Vitale.
—Iré enseguida. ¿Puedes pedirle a Sophia que suba por si Mirabella vuelve a despertarse?
—Sí, señor.
Voy al baño y me echo agua en la cara. Aprovecho el camino al despacho de Alessandro para sacudirme la niebla de la culpa y el dolor para poder concentrarme en el trabajo.
Don Marco Vitale se levanta de su silla cuando entro, tendiéndome la mano con una amplia sonrisa. —¡Adriano! Ha pasado demasiado tiempo.
—Don Vitale. —Le estrecho la mano, preguntándome por qué está tan jovial cuando no hace tanto tiempo estaba intentando invadir nuestro territorio.
—Recordarás a mi hijo, Enrico —dice.
Estrecho la mano de Enrico.
Alessandro nos hace un gesto para que nos sentemos. —Don Vitale nos ha traído una propuesta interesante.
El viejo Don se inclina hacia delante, con las manos entrelazadas. —Los rusos se han vuelto muy audaces últimamente, ¿no? Pensaba que Maksim era malo, pero este Ivan… —Hace un gesto que en Italia se consideraría obsceno.
—¿Cuál es la propuesta? —pregunto, sin ningún interés en una charla trivial para romper el hielo.
—Directos al grano, eso me gusta de los Dante. —Su mirada se desliza hacia mí—. La Bratva ha sido una espina clavada en nuestro costado durante demasiado tiempo. Son como malas hierbas, invadiendo poco a poco lo que es nuestro como si no nos fuéramos a dar cuenta.
Lo mismo podría decirse de los Vitale, pero mantengo la boca cerrada. Si estamos teniendo esta conversación, significa que Alessandro está considerando lo que sea que Marco esté proponiendo.
Miro a Alessandro, que asiente levemente, animándome a hablar. —¿Qué saca usted de esta alianza, Don Vitale? Los rusos no han molestado en su territorio.
—Todavía no. Pero Ivan es ambicioso. Hoy es vuestra familia, mañana será la mía.
La mirada de Enrico recorre el despacho de mi hermano, con los ojos brillando con lo que parece anticipación.
—¿En qué consiste esta alianza? —pregunta Alessandro.
—Compartimos recursos. —Vitale se lleva la mano al pecho como si hiciera un voto—. Mis hombres están listos cuando vosotros lo estéis.
¿Listos para qué, exactamente? No ha propuesto ningún plan específico.
—Tenéis un cargamento que llega el viernes, ¿verdad? —dice Marco.
Se me eriza el vello de la nuca. Miro a Alessandro, cuya mirada se ha estrechado sobre Marco. —¿Cómo sabe eso?
Marco suelta una carcajada. —Ya conoce a los estibadores. Todos son unos bocazas, ¿no es cierto, Enrico?
—Así es.
—Tenemos problemas con algunas de nuestras obras no muy lejos de vuestro territorio. Yo os ayudo a vigilar ese cargamento frente a la Bratva, y vosotros me ayudáis a mantenerlos fuera de mis proyectos de construcción. Todos ganamos.
Alessandro se inclina hacia delante. —¿Tiene información específica sobre la Bratva que sugiera que nos tienen como objetivo?
—Son de la Bratva, ¿no? —dice Enrico con un tono que sugiere que Alessandro es un idiota.
Alessandro lo ignora. No es el movimiento más sabio. Algún día, Enrico será Don, y probablemente querrá que Alessandro pague por haberle faltado al respeto. Aun así, Enrico es una comadreja engreída.
—No, no… nada específico, pero Enrico tiene razón. No es ningún secreto que la Bratva os tiene ganas. ¿Qué mejor manera de ir a por vosotros que ese cargamento que llega el viernes?
—Lo consideraré —dice Alessandro—. Deme un día.
—Por supuesto. —Marco se levanta de la silla—. Pero que no sea demasiado. Necesitaré tiempo para organizar a mis hombres para el viernes.
—Nos pondremos en contacto mañana.
Se estrechan la mano, y Marco y Enrico abandonan el despacho de Alessandro.
Hay algo en esto que no me cuadra.
Los Vitale y los Dante nunca tuvieron problemas hasta que murió mi padre y Marco decidió poner a prueba la fuerza de Alessandro como Don.
No le salió bien. Desde entonces, las relaciones han sido frías. Pero no se diría por la forma en que Marco Vitale se ha comportado hoy.
—Eso ha sido interesante —digo, apoyándome en el escritorio de Alessandro.
Mi hermano se afloja la corbata y se sirve una copa. —Vitale nunca ha sido tan amable.
—¿Tú también lo has notado? —Acepto el vaso que me ofrece—. ¿Cómo sabía lo del cargamento del viernes? Ni de coña los estibadores andan con chismes.
Alessandro entrecierra los ojos. —Podría ser coincidencia.
—Y una mierda. No hay coincidencias en nuestro mundo.
—Buen punto. —Alessandro agita su bebida, pero su expresión me dice que está pensando en aceptar el trato.
—Alessandro, no los necesitamos. Especialmente a ellos no. Usarán esto en nuestra contra. Te juro que Enrico estaba tomando medidas a tu despacho, como si planeara estar al mando una vez que su padre se deshaga de los Dante.
—Tal vez, pero esta alianza podría ser lo que necesitamos ahora. La Bratva ha sido como las termitas, carcomiéndonos. Si Vitale quiere poner sus recursos a nuestra disposición…
—¿Y si eso no es lo que quiere? ¿Y si está pescando, buscando debilidades?
Alessandro lo considera. —¿Crees que planea moverse contra nosotros?
Me encojo de hombros. —Creo que nadie ofrece ayuda sin querer algo a cambio y, lo siento, pero eso de «necesito ayuda para proteger obras de construcción» es muy flojo.
Alessandro se acerca a la ventana, mirando hacia los terrenos del complejo. —Necesitamos aliados —dice finalmente—. Ivan está reclutando familias que han sido neutrales durante generaciones. Si los Vitale deciden que prefieren aliarse con la Bratva…
—Estamos jodidos —termino por él.
Él asiente. —Así que seguiremos el juego.
—¿Y si nos traiciona?
Alessandro se gira y, por un momento, veo a nuestro padre en sus ojos. Frío, calculador, implacable. —Entonces haremos lo que los Dante siempre han hecho con los traidores.
Asiento, pero algo sigue sin encajarme. —Haré que Carlo siga a Vitale. Para ver con quién más podría estar reuniéndose.
—Bien. —Alessandro vuelve a su escritorio—. Y haz que Nico revise de nuevo nuestra seguridad en los muelles. Si la Bratva planea algo para el viernes, quiero estar preparado.
Salgo de su despacho, con la reunión todavía dándome vueltas en la cabeza. No me fío de los Vitale ni un pelo, pero si Alessandro tiene razón y necesitamos aliados para seguir rechazando a la Bratva, esto podría restaurar lo que se perdió tras la muerte de mi padre.
Cuando paso por la habitación de Mirabella, asomo la cabeza y veo que está durmiendo la siesta.
Por un momento, toda la sospecha y la violencia de mi mundo se desvanecen, sustituidas por algo más puro.
Este es mi propósito ahora. El negocio. Los asesinatos.
Todo es para mantener a salvo este precioso tesoro que se me ha entregado.
Le fallé a Eva. Si me hubiera dado cuenta de lo que estaba pasando hace cuatro años, tal vez habría podido salvarla, protegerla, construir una vida con ella.
Pero así es la vida.
A toro pasado, todo se ve más claro. No puedo volver atrás. Solo puedo seguir adelante.
Para mí, eso significa darle a Mirabella una vida en la que esté a salvo y sea amada, evitando que tenga que tomar las decisiones imposibles que Eva tuvo que tomar.