33. Adriano
ADRIANO
Los días se confunden después de haber escuchado a Eva con Ivan. No dejo de esperar que aparezca ante nuestras puertas con los ojos llorosos, haciéndose la víctima de nuevo.
Pero no viene.
Cada mañana, reviso los informes de seguridad, buscando rastros de ella. Cada noche, me descubro mirando al techo, reviviendo todo lo que oí en aquel comedor de la Bratva.
—¿Cuándo va a volver mami? —La voz de Mirabella me saca de mis pensamientos. Está sentada frente a mí en el desayuno, moviendo los cereales reblandecidos por el cuenco. Tiene ojeras. No ha estado durmiendo bien.
Yo tampoco.
—Pronto —miento, porque no sé cómo decirle la verdad. Me indigna que Eva me haya puesto en la posición de romperle el corazón a nuestra hija.
Le tiembla el labio inferior.
—Eso dijiste ayer.
Alargo la mano por encima de la mesa para apartarle un mechón de pelo.
—Lo sé, princesa.
—Quiero a mami. —Se le llenan los ojos de lágrimas mientras aparta el cuenco de un empujón. La leche se derrama por el borde—. Dijiste que la sacarías de donde están los hombres malos.
Joder. ¿Qué hago?
Rodeo la mesa y la tomo en brazos. Esconde la cara contra mi cuello y sus lágrimas me empapan el cuello de la camisa.
La verdad es que, si Eva volviera ahora, no tendría elección. Sería tratada como cualquier otro traidor. Alessandro lo exigiría. La Familia lo esperaría.
Pero al mirar a mi hija, me siento agradecido de que Eva no haya regresado. Porque, a pesar de todo, no quiero ser el hombre que le arrebata una madre a su hija.
O quizá, simplemente, no quiero ser el hombre que le mete una bala a la única mujer a la que he amado.
—¿Señor?
Miro a Nico.
—Hay un mensajero de la Bratva que desea verle.
Vaya. Es esto. Ivan está moviendo ficha y no me cabe duda de que Eva está implicada. Por mucho que me duela dejar a Mirabella, tengo que encargarme de esto.
—Ven, cielo —dice Sophia, cogiendo a Mirabella de mis brazos—. Me ha parecido ver un hada nueva en el jardín.
Mirabella sorbe por la nariz.
—¿De verdad?
—Sí. Vamos a buscarla.
Camino con Nico hacia el vestíbulo, donde espera uno de los hombres de Ivan. Es ruso hasta la médula, con su cara de bulldog y un ceño fruncido permanente.
—Traigo un mensaje y tengo instrucciones de esperar su respuesta.
Le quito el papel y lo leo; casi me río ante semejantes exigencias absurdas. Que entreguemos el control de nuestras rutas de transporte, que nos retiremos de los territorios en disputa. A cambio, nos devolverá a Eva sana y salva. Si no, la matará.
Se me encoge el estómago. Es una respuesta automática ante la idea de que Ivan mate a Eva, un remanente de cuando la amaba.
Miro al hombre de Ivan.
—No hay trato.
Arquea una ceja.
—Quizá Don Dante debería—
Suelto una carcajada.
—Dirá lo mismo. —Pero le hago un gesto para que me siga y vamos al despacho de Alessandro.
Cuando ve entrar al esbirro de la Bratva tras de mí, Alessandro frunce el ceño.
—¿Ahora traes chuchos a casa?
—Es un mensajero. —Le entrego la nota.
El mensajero se remueve ligeramente.
—Estoy preparado para ofrecerles una prueba de vida.
—¿Está disfrutando también de la compañía de Ivan en su cama o solo en su mesa? —pregunta Alessandro, y aunque sé la verdad sobre ella, me molesta lo que está insinuando.
El mensajero echa la cabeza hacia atrás, claramente sorprendido por la respuesta.
—Es una prisionera—
—Sabemos que eso no es cierto.
El ruso nos mira a Alessandro y a mí, y hay algo en su desconcierto que me hace preguntarme si se me escapa algo. Sé lo que vi, lo que oí, pero él cree firmemente que Eva es una prisionera.
Una semilla de duda echa raíces. ¿Y si escuché mal aquella noche en el recinto? ¿Y si la cooperación de Eva no es voluntaria sino forzada?
El mensajero asiente.
—¿Dudan del Pakhan Vasiliev?
Alessandro se ríe.
—Dudo de todo lo que esté relacionado con Ivan Vasiliev.
—Espera fuera. Quiero hablar con Don Dante —le digo al mensajero.
Él asiente y sale del despacho.
—No me digas que te estás tragando esto —dice Alessandro antes de que yo pueda abrir la boca—. Te la está jugando otra vez.
—Quizá. ¿Y si la están obligando a—?
—Oh, por el amor de Dios, Adriano. —Me mira como si no me reconociera—. Siempre has sido el que ve a través de las mentiras. Y sin embargo, esa mujer te ciega cada vez.
—Es la madre de mi hija.
—Y una mentirosa redomada. —Se inclina hacia delante, con las palmas apoyadas en el escritorio—. ¿Has olvidado cómo fingió su muerte? ¿Cómo huyó de nuestra protección? ¿Cómo la encontraste cenando con Ivan, conspirando con él?
No lo he olvidado, y aun así... —Sé lo que oí, pero—
—Pero nada. —Entorna los ojos—. Apuesto a que por eso la ha mandado lejos. Podía ver el efecto que tiene en ti. No es bueno.
—Tenemos hombres vigilándolos. ¿Qué dicen?
Suelta un suspiro, pero coge su teléfono. Marca y pone el manos libres.
—Don Dante —responde Ricci, un capo especializado en inteligencia rusa.
—¿Qué sabemos de la situación de la mujer de los Santoro con Ivan? —pregunta.
—Mis fuentes dicen que está bajo vigilancia estricta. No se le permite salir de la casa ni del complejo.
—¿Invitada o prisionera? —interviene Alessandro.
—Difícil de decir.
Alessandro me mira.
—Ivan no es un hombre generoso. Ni de broma la dejaría campar a sus anchas por la casa si fuera una prisionera.
—Pero no puede salir—
—Probablemente porque no quiere que aparezcas tú de la nada para llevártela.
Niego con la cabeza, porque esto no tiene sentido.
—Si quiere que trabaje para él, ¿por qué no la envía de vuelta?
Alessandro se cruza de brazos.
—A lo mejor ella le ha dicho que no nos la vamos a creer. Sabe que está muerta nada más llegar si viene aquí.
—¿Entonces qué es esto? —Cojo la nota y la agito ante él.
—¿Un último recurso desesperado? Quizá una trampa pensando que irás a salvarla. Quién cojones sabe, y francamente, no me importa. No voy a entregar el negocio a Ivan, y eres un iluso si crees que lo haría.
Alessandro tiene razón en que Eva tiene un control peligroso sobre mí. Cada instinto me grita que la proteja, que asalte el complejo de la Bratva y la traiga a casa, no solo por Mirabella, sino por mí.
Pero la lógica vence a las emociones. ¿Y si esto es exactamente lo que ella quiere? Sabe que no puede volver aquí, así que este es el nuevo plan que ha tramado con Ivan. Ha orquestado toda esta situación para manipularme una vez más.
Doblo la nota y me la guardo en el bolsillo.
—Ignoramos las exigencias.
—Por fin algo en lo que estamos de acuerdo. —Señala con la cabeza hacia el pasillo donde espera el mensajero—. La cuestión es, ¿qué mensaje enviamos nosotros?
Me encojo de hombros y abro la puerta.
—Pasa.
El mensajero entra, cuadrándose mientras espera nuestra respuesta.
—Dile a Ivan que los Dante rechazan su oferta insultante —dice Alessandro, sentándose en su sillón, con el aspecto del Don poderoso en el que finalmente se está convirtiendo.
—Él anticipaba esta respuesta —dice el mensajero—. Dijo que les recordara lo que le pasará a la mujer.
—Sé leer —bufa Alessandro—. Puede hacer lo que quiera con esa traidora.
No es fácil escuchar esas palabras, pero guardo silencio.
El mensajero me mira.
—Me dijeron que usted sería más comprensivo. Es la madre de su hija, ¿no es así? El Pakhan estaba seguro de que usted era débil en lo que a ella respecta.
Arqueo una ceja.
—Le aseguro que soy bastante fuerte. —Sonrío mientras saco mi cuchillo y, con un solo movimiento, se lo hundo entre las costillas antes de que se dé cuenta de lo que está pasando. Abre los ojos con asombro mientras giro la hoja, asegurándome de que la herida sea mortal.
Cae al suelo.
—Bueno... es una forma de ocuparse de él —suelta Alessandro. Se levanta de su escritorio, abre la puerta del despacho y llama a Nico.
—Empaqueta la cabeza y envíasela a Ivan —ordena Alessandro—. Asegúrate de que los ojos se queden abiertos. Deshazte del resto.
—Sí, señor. —Nico llama a sus hombres y sacan al mensajero de allí. Ya me imagino a Ivan recibiendo la caja con la cabeza de su mensajero dentro. Eso por sí solo servirá de respuesta.
Me cuesta todo mi temple acallar la duda sobre el papel de Eva en todo esto. En cuanto Ivan vea esa cabeza, si ella realmente es una prisionera, la matará. Lo más probable es que me envíe su cabeza a mí.
Cierro los ojos, intentando no ver esa imagen.
Sé lo que vi y lo que oí.
Ella es cómplice de Ivan.
Y si no lo es... bueno... a estas alturas, sea como sea, ya no hay vuelta atrás.