17. Adriano
ADRIANO
Vuelvo a echar un vistazo a mi móvil.
Faltan tres horas para que pueda regresar a la mansión.
Tres horas que se van a hacer tan largas como si fueran treinta.
Por primera vez desde que era un adolescente que aprendía el negocio familiar, voy con prisas en las reuniones, acorto las conversaciones y no quito ojo al reloj, como si fuera un oficinista cualquiera contando los minutos que le faltan para ser libre.
Y no es que me haya vuelto descuidado.
Al contrario, ahora soy más agudo, más eficiente.
La semana pasada, negocié un acuerdo en la mitad del tiempo que Alessandro esperaba y salí de allí con mejores condiciones de las que habíamos planteado.
Hace dos días, localicé al primo de Reginelli que andaba sisando; logré que confesara en menos de veinte minutos sin dejarle ni una marca, hasta que lo maté.
Ayer, reorganicé toda la ruta de distribución del este, reduciendo nuestra exposición en un treinta por ciento.
Todos estos resultados y esta eficiencia nacen del deseo de volver a casa con Eva y Mirabella.
—Tienes prisa —comenta Dominic mientras vuelvo a consultar mi reloj.
—Tengo cosas que hacer.
—¿Una cita importante?
Le ignoro y compruebo personalmente el último cajón de armas, asegurándome de que cada pieza coincida con nuestro manifiesto.
El móvil vibra con un mensaje de Eva. Una foto de Mirabella con la cara llena de chocolate ocupa toda la pantalla.
Un calor súbito me inunda el pecho. Estoy seguro de que sonrío como un idiota, pero no me importa lo más mínimo.
Hace cuatro años, mi padre notó esta misma distracción. —El amor debilita a los hombres —dijo con desprecio—. Con la cabeza en las nubes, harás que nos maten a todos.
Se equivocaba.
Tener algo que proteger no me hace más débil.
Me vuelve más implacable, más calculador, más decidido a que nada amenace lo que es mío.
Aparto de mi mente los pensamientos sobre por qué él creía que Eva era una amenaza. Por qué la obligó a irse sabiendo que esperaba un hijo mío.
Paso más fotos mientras Dominic se encarga del pago. Eva al piano enseñando a Mirabella, ambas riendo. Mirabella durmiendo la siesta con sus muñecas hadas. Esta es la familia que deseaba pero que creía haber perdido.
La sospecha de Alessandro es la única nube negra.
Vigila a Eva como si fuera una bomba a punto de estallar.
Quizá lo sea.
Ella todavía oculta algo.
No soy tan estúpido como para no darme cuenta.
Pero se lo sacaré tarde o temprano, bajo mis condiciones.
Sea lo que sea, nos encargaremos de ello.
—Hemos terminado aquí —anuncia Dominic.
—Bien. —Me guardo el móvil en el bolsillo—. Vámonos.
Regresamos a la mansión cuarenta minutos antes de lo previsto, y me importa un bledo quién note mis prisas. He pasado cuatro años creyendo que Eva estaba muerta, perdiéndome cada momento de la vida de mi hija. No voy a desperdiciar ni un minuto más.
La encuentro en el jardín, sentada en un banco de piedra viendo a Mirabella perseguir mariposas.
Por un momento, me quedo contemplándolas a las dos.
La escena es tan malditamente perfecta que hace que me duela el pecho de esa forma que te hace sentir que, en cualquier momento, te lo van a arrebatar todo.
Llevan aquí tres semanas. Cada día me siento más unido a mi hija. Cada noche sostengo a Eva, memorizando cada centímetro de su cuerpo como si pudiera desvanecerse de nuevo por la mañana.
Pero algo no encaja. Lo veo en la forma en que la sonrisa de Eva a veces se congela, en cómo sus ojos buscan las salidas cuando cree que no la miro.
En la forma en que se sobresalta ante sonidos inesperados.
Tiene miedo, y entiendo por qué.
Alessandro es un tipo que impone.
Pero también veo cálculo en sus ojos. Como si estuviera planeando su huida.
Anoche dejó nuestra cama y, por un momento, pensé que iba a dar el paso. No sé a dónde fue ni qué hizo, pero regresó a mi lado. Quiero creer que eso significa que su comportamiento es solo una reacción ante Alessandro y no que planea marcharse.
Me acerco y Mirabella me ve primero.
—¡Papi! —Corre hacia mí con los brazos abiertos.
La cojo en brazos y le planto un beso en la frente. —¿Cómo está mi pequeña princesa hada hoy?
—¡Casi atrapo una mariposa!
—Sabes que si te quedas muy quieta, a veces vienen y se posan sobre ti.
Sus ojos se agrandan. —¿De verdad?
—De verdad. —La dejo en el suelo y ella trota para sentarse al borde del jardín de flores, con las manos en el regazo, inmóvil, observando a las mariposas.
Cuando está fuera del alcance de nuestros oídos, me siento al lado de Eva. —¿Qué pasa?
—Nada. —Se apoya en mí, pero hay tensión en sus hombros—. Todo es perfecto.
—Eva. Sé cuándo algo va mal. Habla conmigo.
—No es nada. Solo me estoy adaptando.
La mentira me cabrea, pero me trago la irritación. —Sea lo que sea, puedo manejarlo. Pero no puedo protegerte de lo que no conozco.
Desvía la mirada. —Estamos a salvo aquí. Eso es lo único que importa.
Maldita sea. Si presiono demasiado, se cerrará más en banda. Pero mi paciencia se está agotando.
—Quiero creerte —digo en voz baja.
Sus dedos aprietan los míos. —Entonces créeme.
No me mira a los ojos, una señal inequívoca de engaño. Paciencia, me recuerdo a mí mismo. Cuatro años de fuga vuelven a la gente asustadiza. Necesito quitarle a Alessandro de encima para que pueda relajarse y ver que aquí está segura. Que puede confiar en mí.
—Tengo una sorpresa —cambio de tema.
—¿Qué clase de sorpresa?
—De esas en las que te pones un vestido negro y sacamos a Mirabella a pasar la noche fuera.
—Dudo que Alessandro me permita...
—Que le den a eso, Eva. ¿Quieres salir o no? —le espeto.
Ella se sobresalta, y odio haberla asustado.
Respiro hondo. —Alessandro no lo controla todo. Anda. Saldremos en familia. ¿Qué me dices?
—Digo que sería encantador.
Una hora después, Eva aparece con un vestido elegante y ceñido que resalta sus curvas sin resultar excesivo. Se ha recogido el pelo, dejando a la vista la delicada línea de su cuello, y por un momento se me olvida cómo respirar. Es tan jodidamente hermosa.
Mirabella salta a su lado con un vestido azul noche con estrellas plateadas, con cara de estar a punto de estallar de la emoción. —¡Papi! ¡Mira mis brillos!
—Las chicas más guapas de Nueva York —les digo a ambas, de todo corazón.
Conduzco hasta Manhattan para cenar. El jefe de sala nos acompaña a una mesa privada en una esquina con vistas a todo el restaurante. Es un hábito muy arraigado. Necesito ver cada entrada, cada amenaza potencial. El lugar es elegante, pero no tanto como para que no tengan espaguetis para Mirabella.
—He conseguido entradas para ver La bella durmiente —digo mientras esperamos a que llegue la comida.
—¿La película? —pregunta Eva.
—El ballet. —Miro a Mirabella—. Salen hadas.
Su chillido de deleite atrae las miradas de las mesas cercanas. No me podría importar menos.
Después de cenar, nos dirigimos al teatro y ocupamos nuestros asientos en un palco privado. He experimentado muchas emociones fuertes en mi vida, pero nada se compara con ver la cara de mi hija cuando se levanta el telón y los bailarines llenan el escenario.
—Papi —dice maravillada—. Las hadas son de verdad.
—Sí, lo son.
Mirabella se queda embelesada durante la primera parte, pero luego se sube a mi regazo y, poco después, se queda dormida.
Cuando termina el espectáculo, la llevo en un brazo mientras con la otra mano sujeto la de Eva, avanzando por el vestíbulo hacia la salida.
—El hada azul era la más bonita —murmura Mirabella, medio dormida—. ¿Puedo ser un hada?
—Ya lo eres —le digo—. La más mágica de todas.
Eva me busca la mirada por encima de la cabeza de nuestra hija, y el calor en sus ojos me reconforta. Por esta noche, sea lo que sea lo que la atormenta, parece haber desaparecido.
Estamos casi en las puertas de salida cuando se me eriza el vello de la nuca.
Aprieto la mano de Eva, atrayéndola más hacia mi costado.
—Adriano Dante. No sabía que te interesaran las artes. —Ivan Vasiliev se planta frente a nosotros.
Cada músculo de mi cuerpo se tensa, preparándose para la violencia.
Calculo lo que me costaría meterle una bala entre los ojos ahora mismo.
Pero el vestíbulo del teatro está lleno de civiles y mi hija duerme apoyada en mi hombro, inocente y vulnerable.
—Ivan —respondo, manteniendo un tono casual mientras mis ojos prometen muerte—. Tampoco te hacía fan del ballet.
Su sonrisa me recuerda a una serpiente. —El arte trasciende nuestros insignificantes conflictos, ¿verdad?
Dos de sus hombres cambian de posición, bloqueando la salida. Ivan da un paso más y siento que Eva tiembla contra mí.
—No sabía que tenías familia. —Sus ojos se desvían hacia Eva, observándola con una familiaridad inquietante.
Eva se encoge aún más a mi lado.
—Pareces inusualmente interesado en mi mujer —digo, abandonando todo fingimiento de cortesía. Si Eva no quiere decirme qué cojones está pasando, quizá él lo haga—. ¿A qué se debe?
La expresión de Ivan cambia a una de diversión. —¿Tu mujer? Interesante.
El concurrido vestíbulo se desvanece; mi atención se estrecha en el espacio que nos separa. —Elige bien tus próximas palabras, Vasiliev.
—¿O qué? —Extiende las manos—. ¿Me abatirás a tiros delante de todos estos testigos? ¿Delante de la niña? No lo creo.
Se acerca más, lo suficiente como para que huela su colonia. Lo suficiente como para que pudiera romperle el cuello antes de que su corazón registrara el movimiento.
—Siempre actúas como si te hubiéramos quitado algo, joven Dante, pero déjame recordarte que fuiste tú quien se llevó a mi hermano.
—Vosotros matasteis a mi padre.
Se encoge de hombros. —Maksim no debió hacer eso.
—No has respondido a mi pregunta. ¿Qué interés tienes en Eva?
La mirada de Eva se dispara hacia mí, con los ojos llenos de horror. Siento un vacío en el estómago al darme cuenta de que tiene miedo de lo que él pueda contarme.
Ivan nos observa con interés. —¿No te lo ha dicho?
La mano de Eva me aprieta con tanta fuerza que casi hago una mueca.
Él se ríe. —Evidentemente, no.
Uno de los hombres de Ivan se inclina y le susurra algo al oído.
—Ay, me tengo que ir. —Ivan vuelve su atención a Eva—. Volveré a verte pronto, маленькая шпионка.
La frase en ruso hace que Eva ahogue un grito. Pequeña espía.
—Tócala y te despellejaré vivo —prometo en voz baja.
Ivan agita la mano con desdén. —No habrá necesidad de eso.
Sus hombres se apartan de nuestro camino y tiro de Eva mientras salimos del teatro.
Hago todo lo posible por mantener el rostro impasible, pero en mi cabeza, las preguntas rebotan sin cesar.
¿Por qué la ha llamado su pequeña espía?