Capítulo 18 #2
Julia parpadeó despacio, sorprendida por la vehemencia de mis palabras. Dio un paso a un lado, acercándose a la ventana, y observó el tráfico de la avenida allá abajo. El silencio que siguió fue largo y denso.
—Necesito pensar cómo se lo cuento —dijo finalmente, con el tono despojado de la agresividad anterior, quedando solo un cansancio profundo—. Ellie ya me ha preguntado por su padre alguna vez. Yo siempre le he dicho que él no sabía que ella existía.
Aquellas palabras me perforaron las defensas de una forma devastadora.
—Podrías haberle dicho la verdad —murmuré, con la culpa pesándome como plomo en los hombros—. Podrías haberle dicho que yo me negué a escuchar.
Julia se giró rápidamente, con la cara tomada por una indignación dolorosa.
—¿Y hacer que mi hija creciera pensando que la rechazaron incluso antes de nacer?
¿Crees que yo dejaría que una cría cargara con el peso de pensar que su propio padre no la quiso?
—Se acercó otra vez a la mesa, con los recuerdos del pasado ardiéndole en los ojos—.
Nunca lo hice por ti, Alexander. Lo hice por Ellie.
Cuando era más pequeña se conformaba con respuestas vagas y poéticas.
A medida que fue creciendo, empezó a preguntar por qué nadie había buscado a su padre para contárselo.
Y yo tuve que tragarme el orgullo y decirle que las cosas de adultos son difíciles de explicar, solo para asegurarme de que se sintiera querida y deseada.
Se detuvo a pocos centímetros de mí, al otro lado de la mesa.
—Nunca he intentado envenenar la cabeza de mi hija contra ti. Pero tú me obligaste a tomar esa decisión sola cuando me diste la espalda.
Yo recordaba aquel día. El recuerdo volvió con la claridad cruel de una herida abierta.
—No voy a abandonar a Ellie.
—¡Eso no lo puedes saber! —Su voz cortó el aire como un látigo.
—Tienes todo el derecho a dudar —dije en voz baja, rodeando la mesa despacio, reduciendo la distancia entre los dos—.
No puedo exigirte que confíes en mi cambio de un día para otro.
Solo puedo aceptar que cualquier espacio que llegue a tener en la vida de Ellie tendré que ganármelo con tiempo. Sin prisa. Sin imposiciones.
Julia cerró los ojos con fuerza y soltó un suspiro entrecortado.
—No digas eso —murmuró, negando con la cabeza.
—¿Por qué?
—¡Porque no es justo que ahora te comportes de forma sensata! —Abrió los ojos, y la vulnerabilidad que había en ellos era devastadora—. No es justo que hagas tan difícil seguir odiándote.
El polvo de la discusión pareció asentarse, dejando al descubierto algo mucho más peligroso: la intimidad cruda y sin resolver que seguía ardiendo bajo la superficie.
Julia se dio cuenta de lo que acababa de admitir.
Abrió un poco más los ojos y se volvió hacia la mesa a toda prisa, intentando recoger el informe para marcharse.
Con las prisas, sus manos temblorosas dejaron que una de las hojas se deslizara hasta el borde.
Me moví en ese mismo instante y alcancé el papel antes de que cayera.
Nuestros dedos chocaron sobre el papel.
El contacto físico fue eléctrico. Julia se quedó paralizada. Yo no aparté la mano, y ella tampoco retiró la suya de inmediato. La piel de sus dedos estaba caliente contra la mía, y el olor de su perfume me invadió los sentidos con la fuerza de un recuerdo dormido.
Tiró del documento con firmeza.
—Dámelo.
Solté el papel al instante, pero no di un paso atrás. Estábamos peligrosamente cerca. Podía ver el pulso acelerado en la base de su cuello, la forma en que su pecho subía y bajaba rápidamente y la tensión evidente de su mandíbula.
Julia apretó los papeles contra el pecho, usando el sobre como una frágil barrera física entre los dos.
—Hace seis años me dijiste que lo que tuvimos fue solo deseo y conveniencia. —Su voz salió más baja, ronca, cargada de un dolor que el tiempo no había sido capaz de borrar—. Y ahora te quedas ahí, plantado delante de mí, mirándome como si todavía conocieras mis reacciones.
—No conozco a la mujer en la que te has convertido todos estos años —admití, sintiendo mi propia respiración pesada—. Pero conozco cada segundo de lo que viví contigo.
—Aquello dejó de existir en el momento en que decidiste que yo era prescindible.
—No dejó de existir.
Las palabras salieron de mi boca antes de que mi filtro racional pudiera impedirlo.
Julia retrocedió medio paso, y la suela de su zapato chirrió contra el suelo de la consulta.
—No hagas eso —advirtió, con la mirada echando chispas en una mezcla de peligro y aviso—. No conviertas esta conversación en eso.
—No estoy intentando convertirla en nada.
—¡Sí que lo estás haciendo! Me estás mirando igual que me mirabas antes.
—Porque todavía te deseo —dije.
El silencio que siguió fue absoluto.
—¡Eso no te da derecho absolutamente a nada! —Julia dio un paso al frente y me empujó el sobre con fuerza contra el pecho.
El gesto debería haber servido para apartarme, pero el impacto solo eliminó el último centímetro que nos separaba. Nuestros cuerpos casi se tocaron. Podía sentir el calor que emanaba de ella.
—No tienes ni idea de lo que es pasarte años odiando a alguien y aun así reconocer su presencia en el momento en que entra en una habitación —estalló, con las palabras atropellándose de furia y frustración—.
¡No sabes lo que es pasarte días convenciéndote de que ya no sientes nada, para luego ponerte delante de ti y descubrir que mi cuerpo no participó en esa decisión!
Se dio cuenta de la gravedad de lo que acababa de confesar e intentó dar un paso atrás, sobresaltada.
—Julia… —la llamé, con la voz saliendo profunda, ronca.