Capítulo 5
Julia
El mensaje de Alexander se quedó abierto en la pantalla durante un buen rato.
«Ya he dejado clara mi postura. No hay futuro entre nosotros. Prolongar esta conversación no cambiará nada. Acepta Boston y sigue con tu vida».
No había rabia en la respuesta.
Quizá habría sido más fácil si la hubiera habido.
Aquellas frases eran frías, definitivas y estaban cuidadosamente construidas para no dejar espacio a otro intento.
Alexander creía que yo quería hablar de la relación.
No tenía ni idea de que había un test de embarazo sobre la mesa de mi cocina.
Mi pulgar tocó el botón de llamada antes de que pudiera pensarlo mejor.
Me llevé el teléfono al oído.
La llamada se cortó casi de inmediato.
Lo intenté otra vez, ahora prestando atención a la pantalla. No dio señal. No hubo espera ni oportunidad de dejar un mensaje. Solo una interrupción rápida e impersonal.
Me había bloqueado.
Aquel día, Alexander había elegido palabras para herirme. Ahora elegía no escucharme.
Dejé el móvil sobre la mesa y me quedé mirando el pequeño objeto de plástico que había a su lado.
Dos líneas.
Me pasé la mano por la cara. Mi piso estaba tomado por cajas, cinta de embalar y muebles medio desmontados.
La mudanza debería haber representado un comienzo.
Hasta unas horas antes, yo creía que lo más difícil sería aprender a vivir en una ciudad donde ningún pasillo, restaurante o esquina me recordara a Alexander.
Ahora me llevaría una parte de él conmigo.
Apoyé la mano en el abdomen, aunque sabía que aún era demasiado pronto para sentir nada.
No sabía si estaba preparada para ser madre.
No sabía cómo compaginaría la especialización, el trabajo y un embarazo en una ciudad donde no conocía a nadie.
No sabía cuánto costaría una guardería, cómo encontraría un piso adecuado ni qué haría cuando el bebé se pusiera enfermo y yo no tuviera a una sola persona a la que llamar.
Lo que sí sabía era que no me veía capaz de interrumpir aquel embarazo. Tendría a ese bebé, y lo demás habría que resolverlo después.
Cogí el segundo test, todavía sin abrir, y lo guardé en el armario. Después metí el primero en una bolsa de plástico y lo escondí en el fondo del bolso.
No tenía sentido conservar aquello.
Aun así, no fui capaz de tirarlo.
***
Pedí cita para dos días después, en una clínica al otro lado de Manhattan.
Elegí un sitio alejado del Westbridge y di solo la información imprescindible al concertar la cita. Lo último que quería era encontrarme con alguien conocido o convertir mi embarazo en un comentario susurrado por los pasillos antes de que yo misma entendiera lo que estaba pasando.
La sala de espera tenía paredes claras, música baja y revistas sobre maternidad ordenadas en una mesa de cristal.
La mayor parte de las sillas estaban ocupadas por mujeres acompañadas.
Algunas hablaban con sus parejas; otras sujetaban unas pruebas y sonreían como si estuvieran a punto de recibir una noticia esperada desde hacía mucho tiempo.
Yo estaba sola.
La recepcionista dijo mi nombre y una enfermera me acompañó hasta la consulta.
La médica era una mujer mayor, de voz tranquila y mirada atenta. Me hizo preguntas sobre mi ciclo, los síntomas, el método anticonceptivo que utilizaba y la fecha aproximada de la última regla.
Respondí a cada pregunta de forma objetiva. Era más fácil hablar del propio cuerpo cuando lo convertía en información clínica.
Después de la exploración y la extracción de sangre, la médica confirmó lo que yo ya sabía. Según la estimación inicial, estaba de unas seis semanas.
Seis semanas.
Hice la cuenta automáticamente.
Alexander y yo todavía éramos felices cuando aquel bebé empezó a existir. Yo todavía me despertaba en su cama creyendo que había algo verdadero entre nosotros. Todavía tenía una llave, un cajón y la ilusión de que los espacios pequeños podían, con el tiempo, convertirse en una vida compartida.
—Todo parece compatible con una gestación inicial —explicó la médica—. Vamos a controlar los niveles hormonales y a programar la ecografía para dentro de unas semanas. ¿Tienes dolores fuertes o has tenido algún sangrado?
Lo negué.
Anotó algunas indicaciones y me preguntó si tomaba alguna medicación además de los anticonceptivos. Después me habló de vitaminas, alimentación y de las señales que exigirían atención inmediata.
Ya me sabía parte de ellas. Había cuidado de pacientes embarazadas, había acompañado a madres en situaciones difíciles y creía comprender la responsabilidad que implicaba.
Descubrí que los conocimientos profesionales no preparan a nadie para escuchar esas mismas indicaciones mientras carga con un embarazo inesperado.
La médica cerró el historial y me observó.
—¿Tienes una red de apoyo en Nueva York?
—Me mudo a Boston la semana que viene.
—¿Conoces a alguien allí?
Me encogí de hombros.
—Voy a trabajar en un hospital. Imagino que haré amigos con el tiempo.
No comentó nada sobre la fragilidad de la respuesta.
—¿Y el padre de la criatura?
La pregunta hizo que mis dedos apretaran el asa del bolso.
—Él no va a formar parte de esto.
La médica esperó unos segundos antes de responder.
—¿Lo sabe?
Desvié la mirada.
—Todavía no.
Era más fácil decir «todavía» que «nunca».
—¿Piensas contárselo?
Pensé en el mensaje. En el bloqueo. En la cara de Alexander mientras decía que yo me aferraba a cualquier persona que me ofreciera estabilidad.
—No lo sé.
La médica apoyó las manos sobre la mesa y suspiró.
—No me corresponde a mí decidir cómo debes llevar esa relación. Pero es importante separar lo que ha pasado entre vosotros de las decisiones que afectan a la criatura.
Una reacción defensiva me subió por la garganta.
—Lo sé.
—Imagino que sí. También imagino que estás asustada.
La amabilidad casi me desarmó.
Miré el cuadro de la pared, una ilustración delicada de unas manos rodeando los pies de un bebé, y decidí ser sincera con ella.
—Él ha dejado claro que no quiere un futuro conmigo, doctora.
—Una relación contigo y la responsabilidad sobre un hijo son cuestiones distintas.
Yo lo sabía, y esa era la parte más dolorosa.
Alexander no había rechazado a una criatura. Había rechazado incluso escuchar lo que yo necesitaba decirle. Si entraba en su consulta con aquella prueba en la mano, no podía prever con qué versión de él me encontraría.
—Me lo pensaré —respondí.
La médica no insistió. Me dio las indicaciones impresas y me programó la revisión.
Salí de la clínica con una receta de vitaminas, un sobre de pruebas y la sensación de que todos los que iban por la acera podrían darse cuenta de lo que había cambiado.
Nada parecía distinto.
Los coches seguían atrapados en el tráfico. La gente caminaba mirando el móvil. Un vendedor anunciaba café en la esquina.
Entré en una farmacia, compré las vitaminas y me quedé unos minutos parada delante de la sección de productos infantiles.
Pañales, biberones, chupetes, termómetros pequeños.
Todavía no había nada que comprar.
Aun así, mirar aquellos objetos hizo que el embarazo pareciera algo más grande que una prueba positiva.
Salí sin llevarme nada más que las vitaminas.
***
Maya apareció en mi piso aquella noche cargada con comida china y una botella de vino.
Al abrir la puerta, el olor de la comida me revolvió el estómago. Ver la botella completó lo que faltaba.
—No puedo beber.
Ella interrumpió el gesto de entrar.
Su mirada bajó hasta mi cara y después hasta la mano que yo había apoyado instintivamente en el abdomen.
Maya cerró la puerta detrás de sí sin decir nada. Dejó la bolsa y la botella en la encimera, se quitó el abrigo y esperó.
Le entregué el sobre de la clínica.
Leyó la primera página, todavía en silencio. Cuando terminó, levantó los ojos.
—¿Es suyo?
Asentí.
Maya cerró los ojos un instante y acercó una silla.
—¿Se lo has contado?
Cogí el teléfono y abrí la conversación. El mensaje de Alexander seguía allí, aunque el nombre lo hubiera sustituido el número.
Maya leyó despacio.
La indignación apareció primero en la rigidez de su boca.
—¿Te ha bloqueado?
—Intenté llamarlo después de recibir la respuesta.
Ella negó con la cabeza.
—No me puedo creer que haya tenido la cara de ser tan indiferente, incluso diciéndole tú que tenías algo importante que contarle.
—Para él, yo estaba intentando alargar la ruptura.
Maya me devolvió el teléfono.
—Eso no cambia el hecho de que tiene que saberlo.
La culpa apareció como una presión detrás de las costillas.
—Ya lo sé, Maya. No soy idiota.
Mi respuesta salió más dura de lo que ella merecía. No se echó atrás.
—No creo que lo seas. Creo que estás herida y a punto de tomar la mayor decisión de tu vida mientras todavía estás sufriendo.
Aparté la cara. Las cajas apiladas junto a la pared parecían una prueba de la rapidez con la que estaba pasando todo.
—¿Qué esperas que haga? ¿Que me presente en su consulta? ¿Que interrumpa una cirugía? Me bloqueó después de que le dijera que necesitaba hablar con él.
—Trabajáis en el mismo hospital.
—Solo una semana más.
—Pues encuentra la manera de decírselo.
Me reí sin ninguna gana.
—¿Y qué le digo? «Sé que nunca te imaginaste un futuro conmigo, pero ha surgido un pequeño imprevisto». Va a pensar que lo he hecho para atarlo.
—Y nosotras sabemos que no ha sido así.
—Alexander no necesita hechos cuando ya ha decidido lo que piensa de mí.
Maya se quedó en silencio. La rabia de su cara dejó paso a algo más cauteloso.
Le conté lo de la conversación en la consulta. No todos los detalles, pero sí lo suficiente.
Solo se me quebró la voz una vez.
—Sabía que aquello me destrozaría —concluí—. No fue algo dicho en mitad de una discusión. Alexander eligió cada frase.
Maya se pasó la mano por el pelo.
—Eso fue una crueldad.
—Fue honestidad, según él.
—No creo que fuera completamente honesto.
Me encogí de hombros.
—De todas formas, da igual.
—No da igual si estás usando esa conversación para decidir que él nunca verá a su propio hijo.
—Yo no he decidido eso.
Ella me miró con firmeza.
—Todavía.
La palabra se quedó flotando entre las dos.
Me senté frente a ella.
—No puedo hacerlo ahora. No puedo entrar en esa sala, contárselo y esperar a que analice si el embarazo es real, si tomé bien los anticonceptivos o si estoy intentando conseguir la familia que él cree que busco en cualquier hombre.
—Julia…
—Me voy a Boston. Voy a empezar a trabajar, a buscar un piso y a organizar mi vida. Cuando esté lejos de aquí, cuando consiga pensar sin sentir que le estoy suplicando que me vea como alguien capaz de tomar decisiones, se lo cuento.
Maya no pareció convencida.
Yo tampoco lo estaba, pero necesitaba creer que aquello era un aplazamiento y no una decisión definitiva.
—Prométeme que no vas a desaparecer sin más —me pidió.
Miré el teléfono que había sobre la mesa.
—Te prometo que me lo pensaré.
—No es eso lo que te he pedido.
—Es lo que puedo prometerte.
Maya soltó el aire lentamente.
—¿Y el embarazo?
—Voy a tener al bebé. —Mi respuesta salió sin vacilar.
Por primera vez aquella noche, su expresión se suavizó.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Entonces tienes que comer.
Se me escapó una risa débil.
Maya guardó el vino, abrió los envases y sacó los platos. Se quedó hasta tarde, ayudándome a ordenar documentos y apuntando una lista de cosas que tendría que resolver en Boston.
Antes de irse, me abrazó más tiempo del habitual.
—Esta criatura no es un castigo —murmuró—. No dejes que lo que él hizo convierta al bebé en el recuerdo de un rechazo.
Apreté los brazos alrededor de ella.
—No lo voy a dejar.
Aquella noche, tumbada entre cajas, repetí esas palabras hasta quedarme dormida.
***
Maya me acompañó al aeropuerto.
Mi vuelo salía a primera hora de la mañana, pero ella llegó antes del amanecer, cargando dos cafés y quejándose de la hora como si eso pudiera hacer la despedida menos dolorosa.
Mi vida entera estaba repartida entre dos maletas, un equipaje de mano y unas cajas que llegarían por la empresa de transporte.
El piso ya no me pertenecía. Había devuelto la acreditación del Westbridge.
Tenía una plaza en Boston, una reserva temporal en una residencia para el personal y dinero suficiente para pasar los primeros meses con cuidado.
También tenía a una criatura del tamaño de una semilla creciendo dentro de mí.
Durante el trayecto, Maya habló de cosas prácticas. La temperatura en Boston, el transporte entre la residencia y el Hawthorne, la necesidad de encontrar una ginecóloga en cuanto llegara.
Yo respondía cuando hacía falta.
La ciudad pasaba al otro lado de la ventanilla, todavía gris bajo la luz débil de la mañana.
Ahora la dejaba sin saber cuándo volvería.
En el aeropuerto, Maya me ayudó a facturar las maletas y se quedó conmigo hasta el acceso al control de seguridad.
—Todavía estás a tiempo de echarte atrás —dijo, intentando sonreír—. De Boston no. De irte sin mí. Puedo dejarlo todo y vivir en tu sofá.
—No voy a tener sofá.
—Pues empezamos mal.
Me reí, y el sonido acabó demasiado cerca del llanto.
Maya me abrazó.
—Llámame cuando aterrices. Y luego todos los días durante al menos una semana.
—Tú trabajas.
—Y tú estás embarazada, sola y fingiendo que controlas la situación. Creo que mi agenda es el menor de los problemas.
Apreté los ojos para contener las lágrimas.
—Voy a estar bien.
—Ya lo sé. Pero no hace falta que estés bien todo el rato.
Cuando nos separamos, Maya me cogió las manos.
—Sigo pensando que él debería saberlo.
La frase no fue una acusación. Eso lo hizo todo más difícil.
—Se lo voy a contar.
No dije cuándo.
Ella tampoco preguntó.
Pasé el control de seguridad y miré atrás una última vez. Maya seguía en el mismo sitio, con los brazos cruzados sobre el pecho, intentando parecer fuerte por las dos.
Levanté la mano para despedirme.
Después seguí hacia la puerta de embarque.
La sala de embarque estaba llena. Había familias ordenando documentos, niños corriendo entre las sillas y gente quejándose de los retrasos mientras yo intentaba asimilar que, en unas horas, empezaría una vida completamente distinta.
Me senté cerca de la ventana y me puse la mano sobre el abdomen.
Los altavoces anunciaron el inicio del embarque para Boston.
Me levanté, me coloqué el bolso al hombro y me puse en la cola. Cuando la azafata comprobó mi tarjeta y me indicó el pasillo de acceso al avión, miré por última vez las ventanas de la terminal.
Crucé la puerta de embarque y volví a apoyar la mano sobre el vientre.
—Todavía no sé cómo hacer esto —le murmuré al bebé que apenas se había formado—. Pero tú no vas a estar solo.