El doctor que me rechazó Capítulo 2
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Capítulo 2

Alexander

Julia salió del baño ya vestida, con el asa del bolso al hombro y el pelo castaño oscuro todavía húmedo oscureciéndole la tela del abrigo. Sus ojos claros evitaron los míos. No miró la cama deshecha, ni el envoltorio del cepillo de dientes que había dejado intacto sobre la encimera.

—Me voy a casa —declaró, con una firmeza gélida en la voz.

Apoyé una mano en la cómoda, manteniendo el cuerpo inmóvil. El dormitorio aún conservaba el calor de nuestra ducha y el perfume de su piel, pero yo ya había reconstruido la distancia necesaria para no dejarme afectar.

—Son casi las dos de la mañana —repliqué, en tono controlado—. Si quieres irte, vete, pero asegúrate de que no estás demasiado cansada para conducir.

Julia soltó una risa corta y sin el menor rastro de humor. Era evidente que esperaba otra reacción: una rectificación, una disculpa o una explicación que redujera la tensión de los últimos minutos a un malentendido. Yo no le ofrecí nada de eso.

—¿Es lo único que tienes que decirme, Alexander? —preguntó, dando un paso al frente.

—Este no es el momento ni la hora adecuada para tomar decisiones que van a afectar al resto de tu vida profesional —puntualicé, sosteniéndole la mirada—. Boston es una oportunidad indiscutible para tu carrera en el Hawthorne. Deberías aceptarla sin dudarlo.

—¿Y nosotros? —la pregunta salió baja, pero directa, cortando el aire entre los dos.

Podría haber suavizado el impacto. Podría haber recurrido a respuestas fáciles, sugerir que ya lo pensaríamos a lo largo de las próximas seis semanas o que la distancia entre Nueva York y Boston era manejable.

Cualquiera de esas frases mantendría a Julia atrapada en la ilusión de que había una promesa esperándola aquí. No alimenté su fantasía.

—No pagues el precio de comprometer tu futuro por una relación de cuatro meses.

Sus dedos se cerraron alrededor del asa del bolso.

—No te he preguntado qué debo hacer con mi carrera, Alexander.

—Pero esa debería ser tu única preocupación ahora mismo.

Julia asintió despacio, un movimiento contenido que parecía confirmar la peor de sus sospechas. Sin pronunciar una palabra más, se dio la vuelta y caminó hasta la puerta. No fui tras ella.

Oí el chasquido de la cerradura, el sonido lejano del ascensor y, después, el silencio absoluto volviendo a ocupar el piso.

En la cocina, la copa de Julia seguía en la encimera, con un trago de vino olvidado en el fondo.

Recogí las dos copas, tiré el líquido en el fregadero y las coloqué en el lavavajillas.

Con las tareas mecánicas resultaba más fácil restaurar el orden.

A la mañana siguiente llegué al Westbridge antes de las siete.

Encontré a Julia en el control de la unidad de neurología, revisando el historial del paciente Keller. No había rastros visibles de llanto en su cara, ni tampoco la intimidad de la noche anterior.

Cuando me acerqué, me pasó los datos del paciente con la misma neutralidad formal que le habría dedicado a cualquier médico del departamento.

Informó de que el hombre se había quejado de náuseas de madrugada y de que el equipo ya había solicitado un nuevo TAC.

Sin ironías, sin provocaciones y sin pronunciar mi nombre de pila.

Aquella distancia fría debería haberme facilitado el trabajo. No lo hizo.

Mientras ella ordenaba las fichas, una enfermera veterana se acercó al mostrador y le preguntó cómo iban los documentos para la dirección.

Julia intentó cambiar de tema, visiblemente incómoda con mi presencia, pero la compañera siguió, felicitándola y diciéndole que se merecía la plaza, lo cual no era mentira.

En cuanto la otra profesional se alejó, di medio paso al frente.

—¿De qué documentos hablaba?

—La documentación de traslado para el programa de especialización —respondió, sin levantar la vista de la ficha.

—Así que has decidido aceptar.

—Todavía estoy estudiando el proceso.

—Si todavía lo estás estudiando, ¿por qué has iniciado los trámites burocráticos?

Julia levantó por fin la cara. Tenía marcas sutiles de cansancio bajo los ojos, pero mantuvo la postura erguida.

—Porque los adultos suelen reunir información antes de tomar decisiones definitivas, doctor Bennett.

Ignoré el tono sarcástico.

—¿Cuándo empieza el programa?

—Dentro de seis semanas.

Seis semanas. El plazo convirtió lo abstracto en una cuenta atrás palpable. En mes y medio, Julia estaría en otra ciudad, formando parte de otro equipo y construyendo una vida que no se cruzaría con mis pasillos, mi casa ni mi rutina.

—Debes ir —dije, manteniendo la voz firme—. Ya te he dado mi opinión y la repetiré tantas veces como haga falta.

—No será necesario —me cortó, cerrando la carpeta con firmeza y pasando por mi lado para alcanzar el ascensor.

Seguí sus pasos hasta que las puertas metálicas se cerraron.

Julia tenía veintidós años y se estaba planteando renunciar a una plaza de excelencia en uno de los hospitales más prestigiosos del país por un lío clandestino de cuatro meses. Creía que sabía lo que hacía, alegando madurez.

Mi madre decía exactamente lo mismo.

Tenía la misma edad que Julia cuando se lio con mi padre.

Él era quince años mayor, jefe de departamento, influyente y con una posición económica que hacía que cualquier concesión de ella pareciera una elección romántica.

Al principio, mi madre llamaba «cuidado» al hecho de que él gestionara su rutina.

Después de la boda, abandonó la carrera de arquitectura; años más tarde, se alejó de sus amigos; al final, perdió la capacidad de tomar decisiones sin la aprobación del hombre que había prometido protegerla.

Pasé la juventud viendo cómo mi madre se encogía dentro de su propia vida hasta convertirse en un fantasma en el caserón familiar. Yo no le haría eso a Julia. Y, por encima de todo, no permitiría que ella se lo hiciera a sí misma.

Sin embargo, con animarla a irse a Boston no bastaría.

Mientras Julia alimentara la esperanza de que existía un futuro para nosotros en Nueva York, seguiría buscando pretextos para quedarse.

Intentaría un traslado tardío, aceptaría un puesto menor en el Westbridge o justificaría la renuncia diciendo que había sido una decisión personal.

Estaba enamorada, y las personas enamoradas tienen una capacidad peligrosa para disfrazar los sacrificios en nombre del amor.

Para salvarla de esa trampa, yo tenía que eliminar cualquier vestigio de esperanza.

Esperé al final de la jornada. Cuando Julia salió del vestuario, la abordé cerca de la zona restringida del departamento.

—Tenemos que hablar —dije.

—¿Aquí, en el pasillo? —preguntó, frunciendo el ceño.

—En mi consulta.

Podría haberse negado, pero mantuvo la barbilla alta y me acompañó. Entró en el despacho, oyó el chasquido de la puerta al cerrarse y se quedó de pie, sin quitarse el abrigo: un gesto claro de que no pensaba entretenerse.

Me senté detrás de la mesa de caoba, colocando el tablero como una barrera física entre los dos.

—No hace falta que montes todo este teatro, Alexander —empezó ella, con la voz cargada de una firmeza dolida—. Ya he entendido que quieres que me vaya de Nueva York.

—Quiero que aceptes un logro que es tuyo por derecho.

—Eso no responde a por qué pareces tan desesperado por apartarme.

Miré la ficha que había sobre la mesa un segundo antes de encararla. Yo había realizado cirugías de una complejidad extrema, en las que un milímetro de error significaba secuelas irreversibles. La diferencia era que, en el quirófano, el daño nunca era intencionado.

—Lo nuestro ha ido demasiado lejos, Julia —empecé, sin cambiar el tono—. Ha sido una experiencia agradable mientras ha durado, pero no hay ninguna razón para que reestructures tu vida en base a eso.

El color pareció huir de su cara, pero sus labios se cerraron en una línea rígida.

—¿«Agradable»? —repitió, con la voz quebrándose ligeramente—. ¿Esa es la palabra que eliges?

—¿Prefieres que use otra terminología?

—Prefiero que seas honesto —dijo, dando un paso al frente y apoyando las manos en el borde de la mesa—. Mírame a los ojos y dime que estos cuatro meses no han significado nada para ti.

Le sostuve la mirada sin parpadear.

—Han significado exactamente lo que eran: compañía mutua, atracción física y conveniencia temporal. Nos hemos acostado bien. Nunca te he ofrecido una promesa de futuro.

Julia inspiró hondo, luchando visiblemente por contener las lágrimas.

—Yo nunca te he pedido promesas, Alexander.

—Pero has preguntado en qué punto quedaríamos si aceptabas la plaza de Boston —repliqué, frío—. Estás alimentando expectativas que no tengo la menor intención de cumplir.

—¿Y por qué has dejado que esto siguiera, entonces? ¿Por qué me llevaste a tu casa?

—Porque te deseaba —respondí, con una sencillez cruel.

Julia parpadeó despacio, como si hubiera recibido un golpe físico. Apartó la cara unos instantes, buscando el control, antes de volver a mirarme con una dureza nueva en los ojos.

—¿Y ha sido solo eso? ¿Solo deseo?

—Sí. —La mentira salió sin un temblor en la voz. Tenía que sonar irrefutable.

Julia rodeó la mesa, reduciendo la distancia hasta detenerse a pocos pasos de mi silla.

—Me llevaste a tu piso, me hiciste sitio en tus cajones y pasaste noches enteras conmigo —dijo, con la voz vibrando de indignación contenida—.

Te aprendiste mis horarios, mis manías y cosas de mi pasado que nunca le había contado a nadie.

No vengas ahora a comportarte como si yo fuera solo una mujer cómoda que te ocupaba la cama.

—Le estás atribuyendo un significado profundo a gestos rutinarios porque necesitas desesperadamente que representen algo más grande —repliqué.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Quiero decir que te has pasado la vida entera buscando un lugar al que pertenecer —expuse—. Es perfectamente comprensible que alguien en tu situación confunda la proximidad física con la permanencia emocional.

Julia se quedó paralizada. Sabía que había cruzado una línea imperdonable.

Podría haber parado ahí; ya había sido suficiente para desanimarla.

Pero yo conocía la determinación de Julia: si le quedaba un resquicio de duda, buscaría al hombre que la había acogido la noche anterior, la versión de mí que la tocaba con ternura y memorizaba sus detalles.

Buscaría una contradicción a la que aferrarse.

—No estás enamorada de mí, Julia —continué, manteniendo la voz serena—. Estás enamorada de la idea de tener por fin una estructura. Hay una diferencia fundamental entre las dos cosas.

—No uses mi historia en mi contra —pidió, en un susurro cargado de dolor.

—No estoy usando nada. Solo estoy señalando lo que te niegas a aceptar por inmadurez. Tienes veintidós años, poca experiencia de vida y una tendencia comprensible a aferrarte a la primera figura que te ofrece alguna ilusión de estabilidad.

Por primera vez en cuatro meses, Julia pareció más pequeña delante de mí. No débil —jamás sería débil—, sino herida en el punto exacto donde había abierto un hueco para dejarme entrar.

—Eres un cobarde —dijo, con una lucidez cortante.

No me defendí.

Ella miró alrededor de la consulta, paseando los ojos por los diplomas, por los libros y por la mesa ordenada, como si buscara cualquier vestigio del hombre que había conocido en la intimidad. No encontró nada. Yo me había encargado de borrar cada rastro.

—¿Alguna vez…? —empezó, con la voz casi inaudible—. ¿Alguna vez te imaginaste un futuro a mi lado?

La imagen de nuestras mañanas silenciosas, del sonido de su risa en mi cocina y de la facilidad con la que su presencia llenaba mi piso me asaltó con violencia.

—No —respondí.

Julia cerró los ojos un segundo y asintió una sola vez, absorbiendo el golpe final.

—Entonces ya no tienes de qué preocuparte —declaró, recomponiendo la postura y levantando la barbilla—. Me voy a Boston.

Caminó hasta la salida y agarró el picaporte. Antes de girarlo, miró atrás una última vez.

—Solo te pido una cosa: no intentes convencerte a ti mismo, dentro de unos años, de que hiciste esta crueldad por mi bien.

La puerta se cerró con un chasquido suave.

Me quedé sentado en mi silla, con las manos extendidas sobre la madera fría de la mesa. Fuera, la rutina del hospital continuaba a su ritmo frenético: pitidos de monitores, pasos apresurados y llamadas por megafonía.

Mantuve la mirada fija en el historial del paciente al que operaría en cuarenta minutos.

Julia se iría a Boston. Desarrollaría su potencial, se convertiría en una profesional brillante y, con el tiempo, entendería que cuatro meses con un hombre quince años mayor no valían el sacrificio de sus ambiciones.

Era lo correcto. Repetí la justificación mentalmente hasta que adquirió el peso de una verdad irrefutable.

No me permití pensar en el dolor grabado en su cara cuando usé su soledad en su contra.

Y no me permití mirar de frente lo demás: al decidir yo solo lo que era mejor para Julia, había hecho con ella exactamente lo que me pasé la vida detestando en mi padre.

Me levanté, me puse la bata y caminé hacia el bloque quirúrgico.

Había conseguido mi objetivo. Julia se iría. Y nunca más volvería a mirarme como a alguien en quien pudiera confiar.