Capítulo 13
V ictoria se alegró de tener prisa. Estaba tan centrada en su objetivo que no tuvo tiempo de reflexionar sobre la decisión que había tomado respecto a Larry.
Sorprendentemente, convenció a Georgie de que se quedara en casa de los Hollingsworth mientras ella se iba sola a casa.
Fue más fácil de lo que esperaba, seguramente gracias a que el duque de Roswell no la acompañaba.
Tardaron casi media hora en traer el carruaje del duque, y Victoria estuvo en ascuas todo el rato, preocupada por lo que Larry haría o pensaría si llegaba tarde.
Pero no llegó tarde.
Tras esquivar a un Crawford inusualmente entrometido y fingir que se retiraba a descansar, Victoria se escabulló de nuevo al patio.
Al principio no vio a Larry y empezó a preguntarse si habría cambiado de opinión o si algo imprevisto lo habría retrasado.
Pero entonces lo divisó entre las sombras del seto: su corbata blanca como la nieve se reflejaba bajo la suave luz de la luna y la punta de su puro ardía con un rojo humeante.
Intentó calmar su corazón acelerado. ¿Lo había pensado bien? En serio, ¿qué hacía allí por la noche con él? Pero la respuesta a esa pregunta resonaba en su alma. Amaba a Larry Blackwood, quizá de forma insensata, pero lo amaba de todos modos.
—Buenas noches —lo saludó en voz baja.
Larry salió de las sombras y dejó caer el puro al suelo. A Victoria se le cortó la respiración: el pícaro juguetón de debajo del balcón había desaparecido, sustituido por un hombre de ojos hambrientos que la miraban fijamente.
No le dijo nada, pero acortó la distancia entre ellos y la atrajo hacia sus brazos, devorándole la boca.
Todos los pensamientos abandonaron la mente de Victoria. Solo podía sentir: la forma en que Larry le acariciaba la espalda con sus manos expertas; la fuerza sólida de sus brazos y su pecho; la forma en que su cuerpo reaccionaba al suyo, deseando mucho más de lo que él le había dado hasta entonces.
Larry levantó la cabeza y le enmarcó el rostro con las manos.
—¿Qué deseas, princesa? ¿Quieres quedarte aquí a salvo? ¿O venir conmigo? Mi carruaje espera al otro lado de esa puerta.
Señaló con la cabeza hacia el fondo del patio.
Como si ella no fuera a ir con él. Llevaba demasiado tiempo esperando aquello.
—¿Adónde vamos?
La amplia sonrisa de Larry se reflejó bajo la luz de la luna y el corazón de Victoria dio un vuelco cuando él le rodeó la cintura con el brazo y comenzó a llevarla hacia la puerta del patio.
—Es una sorpresa.
Antes de que se diera cuenta, volaban por Upper Brook Street hacia un futuro incierto. Pero no tuvo mucho tiempo para reflexionar sobre el camino que había elegido, ya que Larry no le dio tiempo para pensar. La sujetaba con firmeza en el regazo. Tocándola. Besándola.
Una mano traviesa se deslizó bajo el vestido de Victoria y encontró el tobillo.
Luego comenzó a subir lentamente por la pierna, enviando un calor abrasador y espirales de deseo directamente a la unión de sus muslos.
Nunca se había sentido tan delirantemente lujuriosa en toda la vida.
Habría ido felizmente a la propia ejecución si él seguía tocándola.
Y la tocó.
La fuerte mano de Larry le agarró una rodilla y él gimió contra su boca.
Su fuerza era seductora. La piel de Victoria ardía donde él la tocaba, y se quedó sin aliento mientras la mano continuaba el recorrido por el muslo.
Nunca había soñado con que nadie la tocara allí, y luego él subió aún más.
Victoria pensó que expiraría en aquel mismo instante cuando él desató la cinta de las enaguas y deslizó la mano dentro de la abertura del tejido.
Larry la besó suavemente, succionándole el labio inferior, al mismo tiempo que el dedo se deslizaba entre los rizos elásticos y la tocaba suavemente allí.
Una necesidad la invadió, una necesidad que no acababa de comprender, pero sabía que solo él podía saciar.
Se arqueó contra el largo dedo mientras este se adentraba en la suave abertura.
Dios mío, nunca había sentido nada parecido.
El dedo se contrajo dentro de ella y Victoria pensó que se desmoronaría.
—¡Larry!
Él se rió entre sus labios y sacó el dedo para volver a deslizarlo dentro con un movimiento metódico, una y otra vez, hasta que la cabeza comenzó a darle vueltas y le costó respirar.
—¿Te gusta eso, princesa?
No podía hablar, así que simplemente asintió y luego jadeó cuando él volvió a mover el dedo. La lengua de Larry se deslizó dentro de su boca, entrelazándose con la suya. Estaban pasando tantas cosas a la vez que no podía concentrarse; solo podía sentir.
Entonces el carruaje se detuvo.
La sonrisa de Larry se amplió mientras le alisaba la falda.
—Ya hemos llegado.
Victoria no estaba segura de dónde estaba exactamente «aquí». Y debió de parecer asustada, porque Larry le besó suavemente la comisura de la mandíbula y le susurró:
—No hay nada de qué preocuparse, princesa. Yo te protejo.
Entonces abrió la puerta de un empujón y la levantó en brazos. Victoria jadeó de sorpresa, pero recuperó rápidamente la compostura cuando Larry la dejó en el suelo cerca del muelle, donde el yate los esperaba en silencio.
El cielo nocturno se reflejaba en las tranquilas y oscuras aguas del Támesis, y Victoria sintió que el corazón acelerado comenzaba a ralentizarse hasta recuperar el ritmo normal.
Entonces la mano de Larry se posó en la parte baja de la espalda, guiándola por la pasarela, y el cálido aliento con aroma a cítricos rozó la mejilla de ella.
—Solo unos pasos más, princesa.
Unos pasos más y la vida nunca volvería a ser la misma.
Aunque, sinceramente, no había sido igual desde que él había irrumpido en ella.
Un momento después, Victoria se encontró de pie sobre la enorme cubierta del yate, contemplando la luna creciente que se alzaba sobre ellos.
Todo parecía distinto en plena noche. Era como si fueran las únicas dos personas en el mundo.
Por detrás, Larry le rodeó la cintura con los brazos y la atrajo contra el pecho, apoyando la barbilla sobre la cabeza de ella. Todo parecía perfecto: el agua tranquila, el cielo despejado, el hombre poderosamente seductor a su espalda. Victoria cubrió las manos de Larry con las suyas y suspiró.
—¿Tienes frío? —preguntó él en voz baja y la atrajo aún más hacia sí, mientras la prueba de su deseo presionaba contra el trasero de ella.
¡Ni mucho menos! No creía haber sentido nunca tanto calor, con aquel pecho fuerte y aquellos brazos rodeándola. Una risita se le escapó ante la sugerencia.
—¿Nerviosa? —preguntó él y le dio un beso detrás de la oreja.
Eso sí. Nerviosa era mucho más acertado. Victoria se giró entre sus brazos y le recorrió el pecho con los dedos, posándolos en los anchos hombros.
—¿No debería estarlo?
La sonrisa devastadora de Larry —aquella de la que se había enamorado— se extendió por el rostro y sus diabólicos ojos verdes brillaron.
—¿Confías en mí?
Curiosamente, sí. Le confiaría la vida, las esperanzas y los sueños. Victoria se limitó a asentir.
Larry le besó la punta de la nariz y luego se apartó de ella, tomándole la mano. La condujo hacia la parte trasera de la cubierta y bajó por las escaleras a oscuras por las que una vez habían descendido juntos.
Bajo cubierta, estaba más oscuro que la noche y Victoria no veía nada, pero la cálida mano de Larry siguió guiándola por lo que parecía un pasillo largo y estrecho.
Entonces se detuvo y abrió una puerta. Seguía estando oscuro como la boca de lobo, y Victoria tragó aire sorprendida cuando él le soltó la mano y de repente se quedó sola en la oscuridad.
Pero un momento después se encendió una vela, brillando cálidamente en un rincón de la habitación.
Y aunque todavía estaba bastante oscuro, Victoria reconoció que se encontraba en la estancia a la que él la había llevado semanas antes, cuando Emily Norleigh los había descubierto.
Larry se ajustó la corbata mientras cruzaba la sala, donde Victoria seguía clavada en el sitio.
Al parecer, estaba más nerviosa de lo que pensaba. Tragó saliva con ansiedad.
Pero la sonrisa perezosa de Larry era reconfortante y, cuando él llegó hasta ella, Victoria suspiró. Era tan magnífico.
Larry se pasó una mano por el cabello dorado y arqueó una ceja.
—Milady.
Le ofreció la mano.
Victoria lo siguió hasta la gran cama con dosel.
Había llegado el momento. El momento de la verdad.
El final de su vida como inocente. Victoria decidió que aquello no le importaba demasiado.
Estar con Larry, hacer el amor con él, era algo que deseaba desesperadamente.
Además, nadie lo sabría jamás. Solo ellos dos.
—Estás temblando, princesa.
Larry le acarició los brazos con las manos.
—Estoy bien.
Ella le sonrió y se sintió aliviada cuando él le acarició suavemente el lado del cuello.
Luego la atrajo hacia sí y simplemente la abrazó con fuerza.
Larry comenzó a deslizar lentamente las manos por los costados de ella, calentándola desde dentro.
A continuación, inclinó la cabeza y empezó a acariciarle el cuello con la nariz.
Antes de que Victoria se diera cuenta de lo que estaba pasando, el vestido se deslizó por el cuerpo y quedó amontonado a sus pies.
Ella alzó la vista hacia los ojos verdes de él y tiró de los lazos de la camisola, dejando que la seda cayera al suelo y quedándose solo con las enaguas. Fue un gesto atrevido, pero quería que él supiera que ella también estaba ansiosa. Que quería aquello. Que lo deseaba a él.
Los ojos de Larry se posaron sobre los pechos desnudos y él contuvo el aliento.
—Dulce Lucifer, eres preciosa.
Victoria no pudo evitar sonreír ante aquello y le acarició la mandíbula con las manos.
—Tócame, Larry.