Capítulo 25
Tuck no era imprudente ni estúpido. Pero con Lizzy entre sus brazos, todo era posible; ninguno de los dos podía conformarse con un simple beso, ya no.
La cuenta atrás que había empezado en aquel primer encuentro llegaba a su fin.
Ella le rodeó el cuello con los brazos y él se hundió más profundamente en su boca, mientras corrientes invisibles surgían como si líneas ley recorrieran sus venas.
—Dime qué quieres que te haga —susurró Tuck contra los labios hambrientos de Lizzy.
—Podrías sorprenderme… —respondió ella, su cálido aliento acariciándole la piel.
—Lo digo en serio. Necesito saber hasta dónde quieres llegar.
Ella lo agarró con más fuerza, arañándole suavemente la piel con las uñas.
—Hay demasiadas decisiones que tomar y planes que trazar. No quiero hacer eso aquí, ahora no. Tú entiendes de hacer el amor. Yo no. —Su voz se suavizó, volviéndose casi tímida—. Así que, en lugar de pedirte lo que creo que quiero, ¿por qué no me das lo que crees que necesito?
Él le apartó un mechón de pelo de la mejilla húmeda.
—Quieres que yo tome las riendas.
—Por favor.
—De acuerdo, entonces. Vamos a meternos en problemas. —Trazó círculos lentos y perezosos con los dedos por la piel bajo su mandíbula—. Buenos problemas.
—Más —pidió ella, acercándose él.
—¿Intentas decirme qué tengo que hacer? —Arqueó una ceja burlonamente—. Solo por eso, voy a ir aún más despacio.
Tuck deslizó los dedos por el delicado contorno de su clavícula, centímetro a centímetro, sin prisa, avanzando hacia la curva de su pecho. Cuando la respiración de ella se entrecortó, convirtiéndose en jadeos irregulares, redujo aún más la velocidad.
—Te encanta cuando te toco.
Ella abrió la boca para responder y él le mordisqueó el labio inferior.
—Eso no era una pregunta. —Las caderas de ella reaccionaron cuando él deslizó la mano hacia abajo y le cubrió el pecho con la palma. Con el pulgar, le recorrió el pezón, gruñendo cuando se endureció incluso a través de las capas de tela—. Y eso te gusta.
Lizzy jadeó de manera entrecortada.
—Buena chica.
Los ojos de Lizzy se oscurecieron, haciendo que su mirada se volviera borrosa y difusa. El único sonido en la habitación era su respiración entrecortada.
—Vamos a quitarte ese vestido.
No fue una tarea rápida. Ella llevaba varias capas; la última era una enagua blanca y larga. Una vez se la hubo quitado, solo llevaba un corsé corto y medias sujetas por ligas azul pálido.
El tiempo se ralentizó mientras él contemplaba su cuerpo. El contorno de sus caderas. El triángulo oscuro de vello. El sutil temblor de sus muslos. Las manos de ella revoloteaban como si luchara contra el impulso de cubrirse. Tan tímida.
—No te escondas. —Su voz salió ronca—. ¿Recuerdas cómo te besé en Escocia, deslizando mi lengua por ese dulce coño?
Las pupilas de ella estaban tan dilatadas que amenazaban con eclipsar el azul.
—Voy a saborearlo otra vez. Hoy voy a saborearlo todo. —Se pasó la mano por la parte delantera de los pantalones, acariciándose un momento—. Joder. Estoy duro. Siempre estoy duro por ti.
La brusca inspiración de ella fue su recompensa.
—Tus gemidos me dan ganas de hacer cosas malas. Sube a la cama.
Ella obedeció rápidamente, deslizándose hacia el centro del colchón y recostándose sobre las manos.
—Abre las piernas.
Las abrió ligeramente.
—Más —ordenó él.
Se mordió el labio inferior, pero obedeció.
—Así está bien —gruñó él, asintiendo con aprobación—. ¿Te sientes expuesta?
—Mucho.
—Concéntrate en cómo te sientes, en el aire sobre esa piel sensible. —Se subió encima de ella y le mordisqueó el cuello antes de pasar la lengua por la zona—. ¿Dónde voy a tocarte primero?
Se incorporó, tomó su tobillo y lo llevó hasta su hombro, acariciándole la pantorrilla enfundada en seda hasta llegar a la liga y, con un solo tirón, deshizo el lazo. Mientras le bajaba la media, prácticamente no había diferencia entre la textura del tejido y el tacto de su piel.
—Eres tan suave. —Se inclinó para besar el lateral de su pierna antes de repetir la acción en el lado opuesto.
Con las piernas de ella apoyadas en sus hombros, se agachó.
—¿Sabes qué voy a hacer ahora?
Ella pestañeó; su «no» fue tan suave que casi no se oyó.
—Voy a abrirte como un regalo.
Se inclinó y empezó a desabrocharle el corsé hasta que quedó desnuda, los pechos redondos culminando en pezones de un tono oscuro.
Joder. Apenas podía respirar, mucho menos pensar con claridad. Pero tenía que mantener el control.
—Quédate quieta. ¿Puedes hacer eso?
Ella asintió levemente, con los labios entreabiertos y el rostro relajado.
—Quiero oírte prometerlo.
—Lo prometo.
Se inclinó, rodeando su pezón con la lengua, y ella se arqueó, curvando la espalda.
Él se apartó con una reprimenda fingida.
—Te dije que te quedaras quieta.
Ella medio rio, medio mostró los dientes.
—Quieres torturarme.
—Solo de las mejores maneras. Dijiste que querías que yo tomara las decisiones. ¿Sigues de acuerdo con ese plan?
—Debo de ser masoquista.
—No. Mírate. Estás ansiosa de placer. —Tuck se inclinó de nuevo, haciendo una pausa antes de volver a tomar su pezón endurecido en la boca y lamerlo—.
Pero no te preocupes, luego te dejaré moverte.
Por ahora, quiero que te quedes quieta, que mantengas cada gramo de ese cerebro ocupado centrado en mí.
—¿Por qué? —Los ojos de ella estaban vidriosos.
—Porque eres mía y nunca lo olvidarás.
Y entonces succionó. Con fuerza.
Esa vez ella se quedó quieta. Dios, le encantaba que aquella mujer pudiera y quisiera hacer lo que le diera la gana, y que confiara en él de ese modo. Quería que se concentrara y aquietara la mente, porque cuando empezara a subir de nivel sería mucho más placentero si estaba completamente presente.
Por lo general, le gustaba comprobar cómo se encontraba una nueva amante.
Hacer preguntas. «¿Te gusta esto? ¿Más fuerte?
¿Más rápido?». Pero ella no era una nueva amante.
Era Lizzy. Su Lizzy. Toda la concentración que había perfeccionado, la utilizaría con ella.
En lugar de seguir el movimiento del puck , seguía su respiración, su piel de gallina, sus pequeños gemidos y temblores.
No fue cauteloso ni vacilante con sus caricias y exploraciones; quería que sintiera ardor, tensión y calor.
Adoró su cuello, los lados sensibles de sus pechos, las curvas internas de sus brazos, la suave extensión de su vientre… y luego puso los dedos en su centro.
Lentamente, pasó los dedos alrededor del triángulo de vello, sintiendo su suavidad. Ella estaba tan húmeda que brillaba, pero aun así él le llevó los dedos a los labios.
—¿Qué? —preguntó Lizzy, frunciendo el ceño.
—Chupa —murmuró él.
Verla llevarse sus dedos a la boca casi lo llevó al límite allí mismo. Había algo tan erótico, tan jodidamente obsceno en aquella imagen.
—Eso es, chúpalos —jadeó él—. Haz que goteen.
Las mejillas de ella se hundieron mientras chupaba con más fuerza. Era demasiado bueno, mierda. A aquel ritmo, terminarían antes de empezar.
Retiró la mano y dejó que una gota de saliva cayera por sus dedos hasta el borde de sus labios internos, los pétalos rosados apenas visibles.
Ella se estremeció cuando él comenzó a hacer círculos con movimientos ligeros como plumas, suaves y constantes, trabajando hasta encontrar un ritmo que la hizo clavar los dientes en el labio inferior.
—Ahora voy a meter un dedo. Para ayudarte a adaptarte primero.
Ella agarró las mantas con los puños. Él la abrió con una mano, elevando ligeramente su clítoris y retirando el pliegue que lo cubría para intensificar la sensación.
Luego introdujo el dedo corazón, empujando con suavidad y deteniéndose, no muy adentro, solo hasta donde podía sentir las protuberancias de su punto G.
Cuando ella empezó a respirar de nuevo, él presionó mientras le acariciaba el clítoris con el pulgar, doblando el dedo en un gesto de invitación mientras ella se llevaba una mano a la boca y gemía contra su piel.
Estaba tan húmeda que era el momento de meter otro dedo, y luego uno más.
Su vientre subía y bajaba en breves espasmos.
—Lo estás haciendo muy bien quedándote quieta para mí. —Las mejillas de ella se pusieron rosadas como flores de melocotonero—. Pero quieres moverte, ¿verdad?
—Por favor. Por favor —suplicó ella—. Por favor.
—¿Te dejo moverte o te doy alivio?
—Ambas cosas. Todo. Dios, no lo sé. Es bueno. Tan bueno.
—¿Quieres saber qué lo hace aún mejor?
Ella levantó las cejas con mirada suplicante.
Sin romper el ritmo, bajó la boca hasta su clítoris, dejando escapar un sonido de placer ante su sabor salado y necesitado.
Sería mejor que ella se corriera para que pudiera relajarse antes de que él la penetrara.
Le succionó el clítoris y luego lo lamió.
El ritmo funcionó y no tardó mucho en correrse como una marea, sus olas internas rompiendo sobre sus dedos mientras él seguía trabajando, ahora más suavemente, asegurándose de que no se retirara demasiado rápido.
Levantó la vista: ella tenía la boca entreabierta, un mechón de pelo suelto pegado a una mejilla húmeda.
—Eso ha sido imposible —murmuró ella—. ¿Cómo puede ser tan bueno?
—Oh, nena. —Le besó el interior del muslo—. Apenas estamos empezando.