El despertar del lobo (Lobo) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—A la hora en la que el señor IbnSarîq fue atacado por el perro, su hijo dormía en su cuna.

El intervalo horario en el que sitúo la desaparición de su hijo es entre la una y las cuatro de la madrugada, aproximadamente.

Cierto que el señor IbnSarîq tuvo acceso al bebé a esas horas, pero su convencimiento de que es el culpable, no hay más que ver su brutalidad sobre él, requiere de un móvil.

Nadie comete un delito sin una motivación.

Si acababan de conocerse, ¿cómo explica tanta animadversión?

—Desea a mi esposa —respondió Gunnar, ciñéndome más contra él.

Elena abrió los ojos desmesuradamente. Muda de asombro, me miró e indagó en mi rostro; me derrumbé más, si acaso aquello era posible.

—¿Os habéis vuelto locos? —nos increpó casi al borde del histerismo.

Yusuf posó la mano derecha en su rodilla y la presionó ligeramente.

Elena lo miró envuelta en una neblina de indignación y confusión, que se acentuó cuando el hombre que amaba negó con la cabeza en completo abatimiento, pidiéndole silencio con su mirada.

Parecía decidido a asumir el peso del mundo entero sobre sus hombros.

—¡No pienso permitir más injurias contra él! —bramó Elena, poniéndose de pie con brusquedad.

El inspector hizo un gesto a su ayudante, y éste se acercó a Elena.

—¡Cálmese, señorita! Todo se aclarará, es una situación dura para todos, pero le ruego calma.

Hans Berg estudiaba cada uno de nuestros gestos, buscando en nuestro silencio las respuestas que no dábamos.

Pero ¿cómo explicarle a ese hombre nuestro pasado?

¿Cómo contarle que el amor era capaz de traspasar la mortalidad, que prevalecía a través de los tiempos, pero que tras él habían viajado también sentimientos ponzoñosos y vengativos?

La reencarnación no sólo estaba supeditada a almas nobles, no, la maldad viajaba, obcecada en su objetivo de tortura y rencor.

Unas almas buscaban purificarse a través de distintas vidas, otras se enquistaban, sorteando de alguna manera el supuesto infierno de los condenados, para perfilarse en una maldad perpetua.

Recordé una creencia del hinduismo sobre este tema que decía que las reencarnaciones sucesivas estaban regidas por la ley del karma, acumulación de méritos y deméritos a través de las encarnaciones precedentes.

Éstas no cesarían hasta que se rompiera la cadena de los efectos y las causas.

El alma tiene que liberarse del samsára descubriendo finalmente la verdad, sólo entonces vendrá la liberación, la bienaventuranza, el samadhi .

En la fe cristiana, la resurrección es símbolo de purificación, la reencarnación compartía ese punto, sólo que además se le añadía otro más esperanzador, una nueva oportunidad para enmendar los errores o consagrarlos.

¿Qué buscaba Rashid? ¿Atarme a él? ¿Por eso había raptado a mi Khaled? ¿Venganza? ¿Qué, en nombre del cielo?

—Eso no se sostiene, señor Jensen —masculló impaciente el inspector, pasándose la mano por el cabello—.

No hace ni veinticuatro horas que llegaron a su casa, y ya cree que siente una atracción enfermiza por su mujer y que a consecuencia de eso ha secuestrado a su hijo.

—Bufó exasperado—. Miren, no sé qué esconden, sólo sé que, si no me da una razón de peso para que sospeche en firme de este hombre, no puedo hacerlo.

Gunnar no replicó, aparentemente permanecía tranquilo y atento, sólo yo sabía que su interior era un caos de emociones retenidas a duras penas, como si vientos de distintas latitudes convergieran en un mismo punto, formando una incipiente tormenta que tarde o temprano estallaría sin piedad.

—No podrán salir de la propiedad hasta nueva orden, y más le vale que no vuelva a tocar al señor IbnSarîq, porque me obligará a actuar de oficio, ¿entendido?

Gunnar asintió con semblante inexpresivo.

Un ingente desfile de agentes uniformados entraban y salían de la casa, entre susurros y órdenes quedas. El último se dejó la puerta abierta; justo en ese momento una mole negra y extremadamente rápida surgió del pasillo de la cocina y se precipitó al exterior entre ladridos agudos.

Me incorporé como accionada por un resorte. A mi mente acudió la inquietud de Thor la noche anterior: ya antes de que yo llegara buscándolo, él parecía nervioso junto al acantilado.

Sin poder articular palabra, con el corazón atronando violentamente en mi pecho y una plegaria repetitiva flotando en mi mente, salí tras él a la carrera. Oí mi nombre, pero no me detuve.

Corría jadeante tras el animal, pero su silueta negra ganaba distancia; apreté los dientes y aceleré todo lo que pude.

Me dolían los pechos, que, llenos, se sacudían pesados, enviándome punzadas lacerantes; la bata de seda se abrió y comenzó a escurrirse por mis hombros, estiré los brazos hacia atrás y dejé que el viento me la arrancara.

Perdí una zapatilla, y me deshice apresuradamente de la otra agitando el pie.

Thor se dirigía hacia el mismo lugar.

Tras de mí, varios hombres corrían; supe de quién eran los pasos que me seguían más de cerca.

El animal esta vez no se detuvo en el borde del acantilado, se agachó y forcejeó bajo la cerca de madera; poco a poco comenzó a escurrirse entre el suelo y el tronco que aprisionaba su enorme mole.

La fragante hierba, húmeda de rocío, le ayudó en su empresa.

Justo cuando le daba alcance, el perro desapareció ante mis ojos.

— ¡¡¡Thor!!! —grité presa de la angustia.

Me asomé resollando al acantilado, apoyé mis manos en el suave y pulido tronco de arce e, impertérrita, descubrí al animal deslizándose agachado descendiendo con sumo cuidado por un latera del barranco. No me lo pensé.

Franqueé la valla. Ya tanteaba con la punta de mis pies descalzos un punto de apoyo para descender el angosto sendero que había elegido el perro cuando unas fuertes manos me apresaron los brazos. Fui elevada como una ligera muñeca de trapo y estrechada contra un amplio pecho cálido y jadeante.

—Iré yo, ni se te ocurra seguirme —ordenó con voz estrangulada.

Observé la expresión determinada de Gunnar; sus ojos reflejaban la angustia que había sentido viéndome saltar la cerca.

Saltó el vallado y comenzó el descenso.

—¡Ten cuidado!

Alzó el rostro hacia mí; en el verdor brillante de su mirada vi la firmeza de un guerrero, la angustia de un padre y el amor de un esposo.

De todas las penurias vividas en otro siglo, lo que ahora devastaba mi interior no tenía parangón con nada de lo sentido.

Jamás un terror tan primario me había asolado de aquella forma; mi presión arterial amenazaba con reventarme el corazón, las náuseas me azotaban inclementes, escalofríos violentos erizaban mi piel, se me había cerrado la garganta y un escalofriante cosquilleo me recorría la espina dorsal.

Con todos mis sentidos alerta, inclinada peligrosamente sobre el tronco del cercado, observaba a Gunnar aferrarse a piedras, a matojos, buscando puntos de apoyo seguros para avanzar.

Al instante, aparecieron varios policías y el inspector Berg.

—¡Joder, debía haber esperado! —exclamó el inspector. Tras aquel exabrupto, se dirigió a uno de los agentes—. ¡Que traigan de inmediato una cuerda!

El aludido corrió como alma que lleva el diablo.

—Es una temeridad, una locura, puede despeñarse por ese barranco. ¡Mierda!

Se quitó la chaqueta y la corbata con movimientos acelerados, mientras me observaba ceñudo.

—Será mejor que espere la cuerda —aconsejé en un mortecino hilo de voz.

—Siempre dando órdenes —masculló airado.

Lo miré sin entender sus palabras, no me conocía de nada. En su azul mirada brilló una extraña familiaridad, que me desconcertó aún más.

Ignorando mi consejo, atravesó la valla y estudió el terreno antes de aventurarse en el descenso. Cuando volvió a mirarme, se embebió de mi rostro con una expresión anhelante, algo de frustración, pero sobre todo con una firme decisión.

—Tranquila, lo traeré de vuelta, esta vez sí.

¿Esta vez sí? No me dio tiempo a replicar, descendió ladera abajo con bastante soltura.

Asomada a aquel barranco, sentí más angustia, inseguridad y temor que si bajara por él. Gunnar había desaparecido de mi vista, y el inspector Berg recorría con extremada precaución el mismo trayecto.

Mi mente sólo era capaz de procesar un ruego, con desesperante insistencia…

«Por favor, por favor, Dios mío, devuélvemelos…

» Y entonces mi mente traidora y cruel trajo a mi memoria el recuerdo de las pesadillas de la noche anterior, sometiendo mi dolor a una tortura apenas soportable.

La visión de las dos lápidas pesó como una losa sobre mí.

Gemí, me aferré a la valla, la vista se desdibujó, me mareé, las rodillas comenzaron a flaquear, mi estómago se convulsionó.

—Apártese, señora —ordenó una voz.

Cuando abrí los manos y me separé de la cerca, no me sostuve, caí de rodillas, hundí los hombros y sollocé, mientras el policía ataba una cuerda al tronco y lanzaba toda la longitud de la soga hacia el abismo.

Me dije a mí misma que tenía que ser fuerte, que todo saldría bien, que debía mantener la serenidad, pero la pesadilla estaba tan fresca en mi mente, tan vívidamente espeluznante, que me era imposible borrarla para recuperar el control.

No. Otra vez las pesadillas, aquello era más de lo que podía soportar.

—¡Vicky!

Elena se abalanzó sobre mí y me cobijó entre sus brazos. Lloramos juntas un dolor difícilmente soportable; en memoria del inmenso cariño que nos profesábamos, ambas olvidamos momentáneamente reclamos y preguntas, en honor a la amistad que compartíamos nos dimos consuelo mutuo.

—Lo encontrarán, amiga, lo sé, confía en ello, no puedes hundirte, no lo permitiré, ¿me oyes?

Se separó de mí, me secó las húmedas mejillas con el dorso de la mano y me acarició con infinita dulzura.

—Debo obligarme a pensar eso… o me volveré loca —admití trémula.

Elena asintió y forzó un amago de sonrisa.

—Hildur ha llegado, está prestando declaración al ayudante del inspector, el señor Jacobsen; asegura que su prima no durmió anoche en casa. Britta, Knute, Sven y Lisbet también están aquí, están… afectados por la noticia.

Ingrid, pensé, ¿era posible que ella…? Debía hablar con Hildur.

—Volvamos a la casa —sugirió Elena, ayudándome a levantarme.

Negué con la cabeza, no hasta que Gunnar regresara a mi lado.

A lo lejos oí el silbido monótono de las sirenas de los coches policiales. Rastreaban la zona.

De pronto, otro sonido se sumó a la batahola que flotaba por el valle resquebrajando su habitual armonía: un ladrido apagado, proveniente del fondo del barranco; seguidamente, un grito masculino y voces pidiendo ayuda.

Se me encogió el corazón.

Varios policías se inclinaron sobre la cerca, uno de ellos la cruzó y se deslizó por la cuerda.

Me precipité de nuevo sobre el cercado, desde otro punto, y me incliné desesperada por captar algún movimiento.

Una voz opacada gritó una frase que me heló la sangre, reconocí en ella al inspector.

—¡¡¡El señor Jensen se ha despeñado!!! ¡Necesitamos más efectivos, y una unidad de urgencias médicas! ¡Pidan un helicóptero de rescate, aprisa!

Sentí que la cabeza me daba vueltas, apoyé todo mi cuerpo sobre el tronco de arce y, de puntillas, con el alma en vilo y el corazón sangrando, me asomé todo lo que pude. Un grito escapó de mi garganta:

—¡¡¡¡¡Guuuunnnnaarrrrr!!!!!!

Un crujido me sobresaltó; la cerca se desplazó, no me dio tiempo a recuperar el equilibrio y caí al vacío.

Grité presa de un terror que despertó cada terminación nerviosa apresando todos mi sentidos en una agonía sin igual.

Noooooooooo... Mi garganta se cerró y una imagen me acompañó en la caída: Gunnar sosteniendo a mi bebé; no vi nada más… sólo negrura…

¿FIN?