Capítulo 1 #2
En una única y violenta embestida, me penetró completamente y, sin moverse de mi interior, siguió devorando mi boca cómo si de ella manara ambrosía.
El placer me sacudía; mi cuerpo luchaba por moverse, pero el enorme cuerpo de Gunnar me inmovilizaba contra el colchón.
Me había convertido en su presa, pero no sería el único que iba a disfrutar del festín.
En busca de oxígeno, Gunnar se separó apenas, para clavarme una flamígera y enardecida mirada felina. Vio en mis ojos tal desesperación que su locura aumentó, oscureciendo su semblante.
Mi león salió lentamente de mí; la tensión de su rostro mostraba claramente la contención y el placer que lo desgarraban. De nuevo, se hundió en un solo y brusco movimiento. Gruñó, grité.
Sujetó mis muñecas por encima de mi cabeza y mordió mi garganta, como una alimaña enloquecida.
Salía lenta y sufridamente de mí, mientras se sumergía en mis ojos, para luego encajarse bruscamente, permaneciendo un instante en mi interior, al tiempo que devoraba mis lastimados labios.
Continuó aquella dulce tortura, convirtiendo mi sangre en lava candente, incluso pensé que mis huesos se fundían. El tórrido placer que me sacudía en oleadas de fuego me elevaba a una agonía electrizante, amenazando convertirse en una verdadera ciclogénesis explosiva.
Desesperada por que acelerara el ritmo, me debatí contra él. Gruñí furiosa, luché contra aquel gigante enloquecido y cruel que me sometía a un placer desesperante. El lobo clamó por el control.
Cuando ya se inclinaba de nuevo en busca de mis labios, sorteé rauda su boca y mordí su hombro.
Gritó asombrado, no tuvo tiempo de más.
Lo empujé con todas mis fuerzas, apartándolo lo suficiente como para escapar de la prisión de su cuerpo. Se volvió para apresarme, y en ese momento logré ponerme sobre él y, a horcajadas, lo tomé como mío.
Gunnar exhaló un largo gemido sofocado de asombro y placer.
Ahora yo lo gobernaba. Incliné la cabeza hacia atrás y cabalgué melosa y lánguida sobre sus poderosas caderas. Sentía su dureza palpitando en mi interior, su cálida tersura deshaciéndome las entrañas, sus manos amasando mis pechos, y gemí incesante.
Impuse un ritmo lento y pausado, en venganza, hasta que mi propia urgencia dominó la situación.
A punto de explotar, sumergida en el refulgir esmeralda de sus atormentado ojos, saboreé cada gesto, cada gruñido, cada exhalación y, advirtiendo una incipiente culminación, me incliné sobre su impresionante pecho jadeante y lo besé con saña sin dejar de danzar mis caderas.
Un grito aliviado surgió desde lo más profundo de su garganta.
Una de sus manos se aferró a mis nalgas, oprimiéndolas con ferocidad, mientras la otra apresaba mi nuca.
El beso fue casi un acto de auténtico salvajismo.
Nuestros dientes chocaban, nuestros lenguas ondeaban enloquecidas, nuestros labios se oprimían con desespero.
El clímax más exacerbado envaró mi cuerpo, me sacudí abruptamente como sometida por cientos de descargas eléctricas, presa de un orgasmo desgarrador.
Nuestros gritos libertadores rompieron la penumbra de un amanecer frío, quebrando el silencio, atravesando los tempranos rayos de un sol desteñido.
Lánguida y trémula, dichosa y colmada, me abracé a su amplio y musculoso pecho con una sonrisa soñadora en mi rostro.
Adoraba escuchar cómo los latidos acelerados de su corazón bajaban de ritmo paulatinamente, sentir la calidez de su piel, el cosquilleo del escaso y seductor vello dorado que adornaba el centro de su fornido pecho, el sutil aroma almizclado que manaba de su cuerpo como un halo magnético que me impedía despegarme de él.
Me rodeaba con sus brazos, sus dedos acariciaban suavemente mi espalda. Aquél era mi paraíso, el que tanto busqué a través de los siglos.
—Nunca se acaba —murmuró pensativo, todavía con la voz rota teñida de deseo—. Da igual las veces que te posea, este maldito deseo me sigue quemando las entrañas como la primera vez que te tuve entre mis brazos.
Alcé el rostro hacia él, encontrando una mirada conmovida.
—En aquel knörr , en mitad del océano —recordó con una sonrisa nostálgica—, rodeados por mis hombres, apenas ocultos tras el velamen.
Sentada sobre mis rodillas… —suspiró; su expresión adquirió gravedad—.
Ésa fue la primera vez que me desnudé ante ti, pero estabas tan centrada en tu determinación de dominarme que no reparaste en todo el amor que ya sentía por ti.
—Tal vez no conscientemente —repuse— pero, desde luego, en cada uno de nuestros encuentros plantabas una semilla que fue germinando hasta convertirse en una planta monstruosa.
—¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja! —Su pecho se sacudió con la carcajada y a mí con él—. Monstruosa, ¿eh?, ya te voy a dar yo monstruo.
—Ni se te ocurra volver a tocarme por hoy —me quejé entre risas—, o esta noche iré dando traspiés en la fiesta como un animal malherido.
—¡Ja, ja, ja, ja, ja!, lo que eres.
Lo empujé burlona y me separé a regañadientes.
—Aarrrggggg, ¡ja, ja, ja, ja, ja!, no subestimes el poder del lobo.
—No soy tan audaz —replicó con una amplia y socarrona sonrisa que me tentó de volver a sus brazos.
Me levanté de la cama y, desnuda, recogí la ropa de la noche anterior, diseminada por el suelo de la habitación.
—Mmmmmm… —ronroneó, mientras me observaba—, si tu intención es ir sola a la ducha, deberías privarme de este espectáculo, no querrás despertar al… monstruo.
Le lancé mi sostén y lo cogió al vuelo entre risas.
—No necesitas esto: aunque ahora tus pechos estén más llenos, siguen tan altivos y espléndidos como siempre.
—Mi espalda no opina lo mismo; si no fuera por él, creo que andaría encorvada.
—Ven, pobre loba, te daré un masaje para calentarle la comida a mi lobezno.
Negué sonriente con la cabeza.
—Ambos sabemos en qué acabaría eso.
Un punzada tensionó mis opulentos pechos y, como si estuvieran sincronizados, un lamento agudo e iracundo surgió del receptor móvil que había sobre la cómoda.
Ambos sonreímos.
—La llamada de la selva —musitó Gunnar divertido—. Si la potencia de los pulmones es indicativo de salud, nuestro cachorro es un roble.
Asentí, le lancé un beso, me envolví en mi bata de seda púrpura y salí rauda de la alcoba.
Conforme avanzaba por el pasillo, el llanto crecía en intensidad y ganaba dinamismo. Mi pequeño y hermoso Khaled era un impaciente glotón.
Abrí la puerta y me dirigí presta hacia la cuna.
Tomé en brazos a mi hijo, un rollizo bebe dorado de apenas cuatro meses, y me senté en la mecedora.
Abrí la bata y el gorgojeo ansioso de mi pequeño me arrancó una sonrisa embobada; lo puse en mi pecho.
Su boquita hambrienta se cerró con una fuerza sorprendente en torno a mi pezón, e instantáneamente comenzó el proceso de succión, llenándome de una sensación extraña, una mezcla de alivio, cosquilleo y tirantez.
—Eres un pequeño bárbaro, ¿eh, cariño? —Sonreí presa de una emoción maravillosa—. Como tu padre.
El pequeño cerró los ojos concentrado en alimentarse, mientras yo acariciaba con el dorso de mi pulgar su sonrosada mejilla redondeada y sedosa.
Era mi niño dorado como el sol y brillante como la luna.
Su cabello claro, y sorprendentemente espeso, se rizaba, como el de Cupido, en brillantes ondas.
Sus ojos sesgados eran claros, pero de un color inconfundible ya: ámbar, como los míos y como los de mi padre en otro tiempo, de quien llevaba el nombre.
Si hubiera sido niña, se hubiese llamado Eyra.
Y Eyra llegaría, no albergaba ninguna duda.
Gunnar adoraba a los niños, también yo, y hacerlos era nuestra perdición.
Volví a sonreír. No, nunca se acababa, pensé; ese deseo inagotable nos consumía a cada instante creciendo en lugar de aplacarse.
¿Por qué? No lo sabía, tal vez fuera el deseo de siglos acumulados.
Un levísimo chirrido captó mi atención hacia la entornada puerta de la habitación.
Gunnar estaba allí, asomado, observando con semblante enamorado la escena, semidesnudo, con el cabello revuelto y la dulzura en los ojos.
Le sonreí dichosa y orgullosa, embargada por la misma emoción.
Por fin el fruto de nuestro amor había logrado nacer; por fin mi cuerpo no sólo fue receptor de vida, sino que consiguió traerla al mundo.
Por fin las lágrimas que había derramado por los hijos arrebatados eran compensadas con creces, en una felicidad única y mágica, que colmaba mi pecho de manera continua, hasta a veces pensar que me reventaría el corazón de júbilo, por cada momento vivido.
Gunnar abrió la boca y pronunció en silencio una frase.
—Os amo.
Y se alejó rumbo a la ducha, dejándome con la mirada húmeda y una expresión de plenitud y dicha indescriptible. Yo pronuncié otra.
—Gracias, destino.